viernes, 11 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 4

Cuando pensaba que el dolor o la tristeza no podían ser mayor, la realidad me daba un puñete en plena cara.
Volver a la casa vacía. Saber que ella ya nunca más me esperaría, que ya no tendríamos aquellas largas conversaciones, que ya no iríamos a la feria juntas...
―¿Quieres que me quede contigo esta noche, amiga? ―me preguntó Martina después de almuerzo, que fue como a las cinco de la tarde.
―No, ya se han tomado demasiadas molestias por mí. Muchas gracias por todo lo que han hecho.
―No tienes nada que agradecer, yo me alegro de haber estado aquí, habrías pasado todo esto sola.
―Yo lo agradezco más, Martina, de no ser por ustedes no creo que hubiera sido capaz de soportar...
―Amiga...
Me abrazó. Yo quería llorar, pero ya no podía. No me quedaban lágrimas.
―Voy a ir a buscar mi ropa, mi pijama, y vengo para quedarme contigo ―indicó―. ¿Me acompañas?
Yo negué con la cabeza, no quería moverme.
―Yo te acompaño ―dijo Miguel.
―Vayan ustedes, yo me quedo con ella hasta que vuelvan ―ofreció Daniel.
Martina se agarró del brazo de su hermano y se fueron. Daniel puso una silla frente a mí y tomó mis manos.
―Escucha, Cris, puedes contar conmigo para lo que quieras, yo voy a estar un tiempo más aquí antes de volver al sur.
Yo bajé la cabeza, sabía que ese momento llegaría en algún minuto, pero no quería pensar en ese momento.
―¿Por qué no te vienes con nosotros? ―volvió a hablar―. ¿Qué te vas a quedar haciendo aquí sola?
―Gracias, Daniel, te agradezco tu apoyo, pero yo no conozco el sur, no conozco a tu familia.
―Pero me conoces a mí y a mis hermanos, que es lo mismo.
―¿Y qué haría yo allá?
―No quedarte sola aquí.
―No sé, apenas me conoces...
―Sí, pero mira.  Te voy a hablar claro, Cristi, tal vez no es el momento adecuado, a lo mejor me vas a mandar a freír monos al África, pero tengo que decírtelo. Tú me gustas, mucho, y no quisiera que te quedaras sola aquí, quiero apoyarte, estar contigo en estos momentos tan difíciles para ti. Quiero ser tu amigo...
―Daniel ―rogué, yo no estaba para eso en aquel momento.
―No tienes nada que decir, no ahora, piénsalo, yo te quiero bien.
¿Quiero? Me conocía hacía dos días, ¿y ya me quería? Fue lo primero que pensé al escucharlo hablar así y no supe qué decir.
Se acercó como para besarme.
―¿A ver? ¿Qué pasa aquí? ―preguntó Martina entrando.
―Nada, solo hablábamos ―se apresuró a contestar.
―Ah, ya ―replicó Martina con algo de censura.
―Deberíamos irnos ―habló Miguel―, han sido días largos y hay que descansar.
Me largué a llorar sin querer. No quería quedarme sola. Martina se quedaría aquella noche, ¿y las otras? Además, igual las dos solas...
―¿Quieres que me quede a acompañarlas? ―ofreció Daniel.
―Podrían quedarse los dos. Pero duermen en la sala ―aclaró Martina.
―Obvio, si es solo para cuidarlas ―accedió Daniel.
―Es que no tengo más camas, solo la de mi mamá.
―No te preocupes, traemos unos sacos de dormir de la casa.
―Mejor un colchón que es más cómodo ―propuso Miguel no de muy buena gana.
―No tienen que quedarse ―dije para liberarlo de la carga de acompañarme―. Ya han hecho demasiado por mí.
Miguel levantó la cara y me miró con una expresión extraña que no pude definir.
―No te preocupes, no te dejaremos sola, sabemos lo que estás sintiendo, aunque es diferente, porque mal que mal, con mi hermana nos teníamos el uno al otro.
―Tú estás sola, amiga ―agregó Martina.
―No sé cómo podré agradecerles todo esto que están haciendo por mí.
―No tienes nada que agradecer―afirmó Miguel―, hemos sido amigos toda la vida.
Sonreí y recordé cuando su hermana y yo éramos chicas.
―Bueno, no era que tú nos tuvieras mucha paciencia ―acoté.
Los tres nos echamos a reír. A decir verdad, nosotras éramos bien odiosas y siempre lo estábamos molestando.
―Yo les tenía mucha paciencia, pero ustedes me llevaban al límite. Eran odiosas hasta decir basta ―explicó risueño.
―Agradece que crecimos y no te molestamos más ―dijo su hermana.
―Menos mal, porque ahora no les tendría paciencia.
―Sigues teniendo paciencia, sino, no estarías aquí ―expresé con agradecimiento.
Me devolvió una dulce sonrisa.
―Esto no es paciencia, Cristi, yo te dije, tú eres nuestra amiga de toda la vida y no te dejaremos sola.
Yo correspondí a sus palabras con un abrazo. Miguel siempre representó, para mí, mi hermano mayor, un refugio, un verdadero amigo... Y algo más.
―Bueno, creo que debemos ir por el colchón, primo ―nos interrumpió Daniel.
―Sí, claro ―contestó Miguel.
Martina y yo quedamos en la casa, apartando los muebles para que los hombres se acomodaran. A decir verdad, a mí me daba vergüenza que ellos tuvieran que quedarse conmigo, pero prefería pasar la vergüenza antes que quedarme sola.
―Listo, trajimos un colchón y algunas frazadas ―anunció Daniel entrando.
―Bueno, será hasta mañana, entonces ―dijo Martina.
―Claro. Buenas noches, que amanezcan bien ―se despidió Daniel.
―Si necesitan algo, solo llamen ―indicó Miguel.
―Buenas noches ―atiné a decir.
La noche pasó lenta. Apenas pude dormir. Despertaba cada cuarto de hora. Echaba de menos a mi mamá y pensaba en que no quería que llegara el día en que quedara sola, porque Martina y Miguel no podrían seguir siempre conmigo, peor todavía, ellos tenían que volver al sur. Y ahí sí que quedaría sola.
Pasadas las cinco me levanté a tomar agua. Había despertado llorando, soñé con mi mamá y ya no quería volver a dormir.
―¿Te sientes bien? ―Daniel estaba sentado a la mesa de la cocina.
―Sí, vine a tomar agua, no más.
―Ya. ¿Te vas a acostar de nuevo?
―Es temprano todavía ―dije sin convencimiento.
―¿Por qué no conversamos? No tienes cara de querer acostarte.
―¿Tú no tienes sueño?
―Estoy acostumbrado a levantarme a esta hora.
―Ah, claro, en el campo el día empieza mucho antes.
―Sí, hay que aprovechar las primeras horas de la mañana.
―Me imagino.
―¿Quieres un café? ―me preguntó.
―Sí, sí, voy a preparar.
―No te preocupes, yo lo hago. ―Fue muy diestro en preparar café, ni siquiera me preguntó dónde estaban las cosas; claro, él y sus hermanos se hicieron cargo de todo en el velorio de mi mamá. Luego de servirlo, se sentó a la mesa conmigo.
―¿Cómo dormiste?
―Mal. Tuve pesadillas toda la noche.
―Es normal, dadas las circunstancias.
―Sí, lo sé, pero es tan difícil.
―Cristi... ―Tomó mis manos―. Yo sé que no es el momento, tú ya me lo dijiste, pero ¿qué vas a hacer después que nosotros nos vayamos?
―No sé, Daniel, no tengo idea ―la voz se me quebró, ese era mi mayor temor.
―La semana que viene nos vamos y ¿qué vas a hacer?, ¿te quedaras aquí sol, llorando por los rincones? ―indicó con aplastante sinceridad.
Yo me quedé callada. ¿Qué podía decir? Yo no quería quedarme sola, pero tampoco me sentiría cómoda si me fuera con ellos.
―Tú eres especial, Cristi, por eso no quiero dejarte sola.
―Apenas me conoces ―repliqué, él seguía insistiendo con lo mismo.
―Lo tengo claro, pero eso no quita que te vea como alguien especial. Ven con nosotros al sur.
―¿Al sur? ¿A qué?
―Para que no te quedes sola, además, así nos podemos conocer más y tú y yo, tal vez... podamos iniciar algo.
―No lo sé, Daniel, no estoy en este momento para pensar en estar con alguien, además, ¿qué haría yo allá? Tengo que trabajar y de campo yo no sé nada.
―Allá siempre hay trabajo y si no, pues tú serás mi invitada.
―No sé, Daniel, no niego que es una invitación muy tentadora, pero no creo que deba hacerlo, no quiero darte falsas esperanzas.
―¿Estás enamorada de alguien más? ―preguntó sin molestia.
―No ―mentí― y no quiero enamorarme.
―No te pido que te enamores, solo quiero una oportunidad.
Suspiré. Él tomó mi mano y la acarició con sus dedos.
―Daniel...
―Tranquila, Cris.
Yo sabía que no debía estarlo. Lentamente, se fue acercando a mí para besarme. Yo me aparté.
―No, Daniel.
―Déjate llevar, todo está bien.
―No... ―Pero no pude evitar sentir esa cosquilla en el estómago.
―¿Y ustedes? ―Martina estaba parada en la puerta de la cocina.
Yo me levanté, necesitaba apartarme de Daniel.
―Nada. Ninguno de los dos podía dormir. Bueno, yo me desperté temprano cómo es mi costumbre y tu amiga no podía seguir durmiendo.
―Me voy a tomar un café ―dijo sin más, encogiéndose de hombros.
Entró a la cocina y puso a calentar el agua del hervidor. Parecía molesta.
―¿Y mi primo todavía duerme?  
―No está, ¿no lo vieron salir?
―No, ¿no está en el baño?
―No, yo vengo de allá.
―Qué raro, no lo oímos y yo cuando me levanté, él seguía durmiendo.
Yo me mantuve callada, segunda vez que Martina llegaba justo antes de que Daniel me besara y eso me hacía sentir incómoda, como si estuviera abusando de su ayuda.
Miguel apareció en ese momento con el pan.
―¿Y tú? ¿Te habías perdido? ―lo interrogó Martina en cuanto lo vio.
―No, fui a bañarme y a cambiarme de ropa, pasé a comprar el pan para tomar desayuno. Tengo que salir más tarde ―se excusó.
―Tomemos desayuno entonces ―acepté yo.
La verdad es que el desayuno transcurrió muy agradable. Yo quería salir a buscar trabajo, pero no me sentía con ánimos.
―Me voy, vuelvo a la hora de almuerzo, ¿van a cocinar aquí o quieren que vamos a otra parte? ―preguntó Miguel antes de irse.
―No sé, me da lo mismo ―contesté.
―Vamos a otro lado, ¿te pasamos a buscar? ―propuso Martina.
―Bueno ―aceptó Miguel―. ¿Nos encontramos en el Café del Centro?
―Supongo que si nos invitas, es porque tú pagas, hermanito ―preguntó mi amiga, melosa.
―Por supuesto.
Yo salí de la cocina. Me sentí sola. Cuánto deseaba en ese momento tener un hermano como Miguel. A alguien que estuviera a mi lado, a alguien permanente, porque ellos estaban conmigo, pero como me había dicho Daniel, en una semana se irían y yo me quedaría más sola que nunca.
Miguel puso sus manos sobre mis hombros, por mi espalda.
―¿Qué pasa? Si no quieres salir, no hay problema, podemos venir para acá.
―No, no es eso.
―¿Entonces?
―Nada.
Me giró para que lo mirara.
―Cristi, dime la verdad, somos amigos desde siempre y eso no cambia porque nos separamos por un tiempo.
―¿Qué quieres que te diga?
―Que no quieres salir conmigo ―respondió apuntándose la cara.
Yo negué con la cabeza.
―¿Crees que me molestan tus marcas?
―No serías la primera.
―Tú mismo dijiste, somos amigos de toda la vida y ambos fuimos amigos de Nelson y fuimos testigos de lo que pasó.
―No te niego que a veces me dan ganas de seguir sus pasos.
―¡No lo digas ni en broma! ―exclamé con reproche―. Nelson se quemó por salvarme y luego se suicidó. ¿Cómo crees que me he sentido todos estos años? Todos sus amigos lo extrañamos, lo lloramos mucho tiempo, ¿o se te olvidó? ―Las lágrimas amenazaban salir a chorros de mis ojos.
―Lo siento, perdona, si no lo hago es precisamente por él.
―No vuelvas a decir eso, ¿quieres?
Me abrazó a él, en tanto yo intentaba controlarme para no llorar.
―Nunca, jamás, te lo juro ―respondió con sus brazos y manos cubriendo casi todo mi cuerpo.
―¿A qué hora tienes que irte, primo? ―nos interrumpió Daniel―. ¿Me voy contigo al centro? Tengo que comprar algunas cosas.
―Sí, sí, ya me tengo que ir. ―Me soltó no del todo y me miró―. ¿Estarás bien?
Asentí con la cabeza.
―Nos vemos a la hora de almuerzo.
―Claro ―articulé apenas.
Me dio un beso en la frente, se despidió de su hermana con un beso en la mejilla y salió. Daniel le dio un beso a Martina en la cara y luego tomó mi cara entre sus manos.
―Tranquila, ¿sí? Las paso a buscar a las doce y media.
―Ya ―respondí en un murmullo.

Me besó muy cerca del labio y se sonrió. Cristina miró con reprobación en su mirada.