jueves, 3 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 1

Sentada en la mesa del café, miré al hombre que estaba sentado un poco más allá, tenía unas marcas de quemaduras en su mejilla izquierda, lo que me recordó a un amigo cuyo rostro quedó desfigurado por salvarme de una muerte horrible. Pero él no soportó vivir así y poco tiempo después se suicidó. Yo hubiese preferido que no me salvara. Nelson era mi mejor amigo. Y por mi culpa se había muerto.
Volví a la realidad en el momento en el que me encontré con los ojos de ese hombre que me miraba con tanta fijeza como yo le estaba observando. Aparté la vista de inmediato y me concentré en mi café. Pocos segundos después alcé la vista para disculparme o algo así, pero ya no estaba. Su mesa estaba vacía, su café a medio tomar y su medialuna a medio comer. Lo había hecho sentir mal. Genial. A todas las culpas de mi vida, había sumado una más. Porque creo que no existe en el mundo mujer más culposa que yo.
Me fui a la oficina sin mucho ánimo. No me gustaba ese trabajo, pero no podía dejar de trabajar, mi mamá y yo éramos solas y necesitábamos ese dinero. No ganaba mucho, pero nos alcanzaba para vivir relativamente bien.
Nada más entrar, me avisaron que mi jefe me esperaba en la oficina. ¡Viejo idiota! Él siempre estaba acosándome de una forma solapada, aunque el día anterior había sido más explícito y me dijo que, o me acostaba con él o me despediría. Pues bien, cuento corto, me despidió.
―Es porque no quise acostarme con usted, ¿cierto? ―increpé.
―¿Qué crees?
―Que si es así, tendría todo el derecho a demandarlo.
―Pues no, señorita Muñoz, esto es por reducción de personal.
―¿Reducción de personal? ¿Cuántas personas se van de la empresa?
―Solo tú.
Reí con amargura. No me gustaba el trabajo, pero tampoco podía darme el lujo de perderlo.
―Es un cerdo ―murmuré.
―No me insultes, puedes terminar muy mal.
―Agradezca que no voy a hacer un escándalo, porque si yo dijera de sus acosos, el que terminaría muy mal sería usted. Así que no me amenace.
―No hay que hacer un escándalo, se le pagará todo lo que corresponde y más. Ya está todo listo con Rosita.
―Bien, voy a Recursos Humanos a firmar mi finiquito.
―De todos modos, sabes que podría haber una solución, ¿no? ―me indicó antes de que yo saliera.
―¿Acostarme con usted? No, gracias ―respondí y salí con las piernas como gelatina.
Siquiera fuera atractivo, pero era un hombre viejo, panzón y asqueroso.
De la notaría salí casi a las diez de la mañana. Como había dicho mi jefe, todo estaba listo.
Me dirigí de nuevo al café, me quedaba cerca de allí y necesitaba relajarme. El día había partido bastante mal.
Al llegar, lo vi de nuevo. Al hombre de las marcas. Me senté en una mesa de espaldas a él. No pasaría de nuevo la vergüenza de quedarme pegada mirándolo, recordando mi pasado. Un pasado que quisiera olvidar.
Me llegó mi café y con lo nerviosa que estaba, lo di vuelta y me mojé el pantalón. Por suerte, no estaba tan caliente, aunque sí sentí el calor a través de la tela. Luis, el chico que me atendió, llegó de inmediato a ayudarme. Me ofreció papel secante de cocina, me preguntó si estaba bien, a decir verdad, estaba bastante preocupado.
―¿Está segura que está bien? ―preguntó por enésima vez.
―Sí, sí, dame la cuenta, por favor.
―No se preocupe.
De todos modos, le entregué el costo del café y me fui. Sentía mi cara roja por la vergüenza.
Caminé por calle Latorre hacia el sur, iría a la Avenida Brasil.  Necesitaba relajarme y pensar en lo que haría después de aquel día. Decirle a mi mamá que había quedado desempleada no era una opción.
En Orella iba a cruzar la calle y, mientras esperaba el verde del semáforo, un automóvil se detuvo ante mí y tocó la bocina. 
―¿Quieres que te lleve a tu casa? ―preguntó el hombre de la cafetería a través de la ventanilla.
―No, gracias, no se preocupe ―respondí un poco brusca, de lo que me arrepentí en el momento.
―¿De verdad? ―insistió.
―De verdad, todo está bien.
Miré mi reloj, si iba a mentirle a mi mamá de lo de mi trabajo, entonces no podía llegar tan temprano, aunque tampoco me agradaba la idea de quedarme con el pantalón manchado todo el día.
El hombre aceleró el auto y se fue. Así, sin más. Por una parte me sentí aliviada, pero por otro lado me sentí mal, pensé que quizás había sido demasiado maleducada con él. Lo dejé pasar. No era el momento para pensar en eso.
Crucé y seguí caminando rumbo a la Avenida Brasil. Allí descansaría un rato y pensaría en qué hacer.
Como cualquier día de semana, el lugar estaba casi vacío, salvo algunos jóvenes que habían hecho la cimarra, eran pocos, así que eso me tranquilizó. Me senté en una banca y allí me quedé mucho rato, pensando en todo y haciendo nada. Caminé otro rato hasta llegar al Balneario. Allí me tiré a la arena y me quedé otro rato. No sabía qué pensar, no sabía qué hacer.
Busqué en mi celular alguna oferta de trabajo, había algunas, pero la más llamativa era uno fuera de la ciudad.
"Dueño de fundo de la octava región necesita secretaria, sueldo conversable, se ofrece comida y alojamiento. Trabajo serio. Se requiere responsabilidad y compromiso".
¿Cómo será vivir en el campo?, me pregunté. Sin embargo, lo deseché de inmediato, no podría dejar a mi mamá sola en la ciudad mientras yo me iba a trabajar al campo.
Después de todo lo que recorrí, recién eran las doce y media, así que decidí irme a la casa. Por supuesto, al llegar, mi mamá se sorprendió, yo le expliqué que me había devuelto por lo del pantalón. No me gustaba mentirle a mi mamá, aunque tampoco quería que se preocupara innecesariamente.
Vivíamos las dos solas. Mi papá se había ido con otra mujer cuando yo tenía siete años y desde entonces, no lo habíamos vuelto a ver. Mi mamá comenzó a lavar ropa ajena, hacía planchados, aseo por horas, para mantenernos. Estudié secretariado en un liceo técnico y comencé poco después a trabajar en diversos lugares. Hacía unos meses, había encontrado este en la oficina de cobros en la que acababan de despedirme.
Por la tarde salí; necesitaba encontrar trabajo. Con lo que me habían pagado, supliría el mes siguiente, sin embargo, después de eso, si no encontraba trabajo, no sabría qué hacer.
En el centro comercial dejé algunos currículums, no me importaba el tipo de trabajo que tendría que hacer, lo único que me importaba era que no quería que mi mamá volviera a trabajar lavando ropa ajena.
Me senté en una banca afuera del mall, mirando el mar; faltaban diez días para fin de mes y necesitaba encontrar trabajo antes de esa fecha, para que, al mes siguiente, pudiera tener un sueldo completo.
Mi mente daba vueltas en todas las posibilidades habidas y por haber a la situación que estaba viviendo. A ratos pensaba que me estaba ahogando en un vaso de agua, en otros que la situación era catastrófica y que nos moriríamos de hambre con mi mamá, y en todas las posibilidades intermedias.
Al cabo de un rato me dio frío y las nubes negras que creía vendrían sobre nosotras, se hicieron más reales en el cielo.
Me levanté con brusquedad y al girar para entrar, choqué con un hombre que me abrazó por la cintura.
―Disculpe ―dije por inercia, me iba a apartar, pero él no me soltó, lo miré, el tipo me miraba con ganas―. Suélteme.
―Pero no te vayas todavía, ¿estás bien, preciosa?
―Suélteme.
―Hey, no seas arisca.
Lo pisé y el tipo me soltó.
―Imbécil ―farfullé y me fui apurada al interior del edificio, procurando no volver a chocar con nadie.
Era definitivo, hoy no debí levantarme.

&&&
“Querido diario: son las tres de la mañana y no logro dormir. Pienso y pienso y pienso en todo lo que se viene y me da miedo. ¿Por qué siempre mi mamá y yo lo hemos pasado tan mal? Desde que se fue mi papá las cosas cambiaron para peor. Mi abuela paterna no quiso saber más de nosotras y la mamá de mi mamá... Ni sé lo que pasó con ella. Nos quedamos solas. De vez en cuando para fechas especiales recibía regalos de ellas, pero yo ni siquiera los abría, si no querían a mi mamá, no me querrían a mí tampoco, y por más que mi mamá no estuviera de acuerdo en eso, yo no transaba.
Pero eso tú ya lo sabes bien.
Ahora tengo que decir otra cosa.
Me quedé sin trabajo.
Y sí, te imaginarás que yo quiero ir y buscar a mi papá para exigirle todo lo que nos debe. Pero ni sé dónde se metió. Mi mamá dice que se fue al sur, que la mujer con la que se fue era de Salamanca, que no vale la pena buscarlo, que a fin de cuentas, él nos dejó la casa.
Pero yo no estoy de acuerdo.
¡Ay, diario! Como me gustaría que fueras un amigo, un verdadero amigo, uno de carne y hueso, que me diera consejo, que me reconfortara o, por último, que me retara por ser tan alharaca. Me siento tan sola que a veces en vez de veintitrés, siento que tengo cien Y me da rabia. Yo debería estar pololeando, en fiestas, con amigos... Pero no puedo. Nunca hay plata, siempre tengo que trabajar o mi mamá anda enferma.
Y otra cosa.
Hoy vi a un hombre. Tenía unas marcas en la cara, como si se hubiera quemado. Me hizo acordar a Nelson. Pero también me hizo acordar a Miguel. Quizás sea porque me siento un poco sola, un poco triste. Eso debe haber sido. No sé si será que los extraño demasiado o que me estoy volviendo loca. Supongo que si fueras persona me dirías que no te extraña, que pensar en Miguel es mi hobby favorito. Pero es verdad, ese hombre, a pesar de no verle bien la cara, tiene un cierto aire parecido a Miguel. Claro que Miguel no tiene marcas en su cara, ¿verdad? Además, ¡está tan lejos! Se fue y nunca más supe ni de él ni de Martina. Y echo tanto de menos a mi amiga.  
Bueno, mejor no pienso más. Me voy a acostar, a ver si puedo dormir.
Ya son las cuatro.
Buenas noches”.

Por suerte para mí, al otro día era sábado, así que no me levanté tan temprano. No tenía que ir a trabajar.
―¿Qué le pasa? ―me preguntó mi mamá―. Anda como rara.
―Nada, mami, es que anoche no pude dormir bien, me quedé dormida como a las cinco.
―¿Y por qué?
―No sé, no tenía sueño, me quedé dormida cerca de las cinco.
―Podría haberse ido a mi pieza.
―No, ya era retarde.
―¿Y cuál es el problema?
―Para la otra.
―Siempre dice lo mismo ―me regañó con cariño y paciencia.
Ya no volvimos a hablar, me preparó un café con leche y unas tostadas.
―¿Vamos a ir a la feria? ―me preguntó después de comer.
―Sí, ¿o no quiere ir?
―No, si yo dormí harto, pero, usted, ¿no está cansada?
Si era franca conmigo misma, no tenía ganas de ir, pero cada sábado íbamos a comprar las verduras para la semana a la feria Juan Pablo II y así nos ahorrábamos de comprar en los almacenes que era mucho más caro y ella no tenía que ir sola a comprar, porque aunque era cerca, no lo era tanto. Así que me armé de valor y nos fuimos. A decir verdad, fue muy entretenido, porque aprovechamos de ir a ver la mini Feria de las Pulgas que se ponía arriba, con muchas cosas de segunda mano, sobre todo, ropa y libros. Decidimos no hacer almuerzo y compramos unas empanadas nada más, aunque al volver a la casa, se me pasó el hambre.
Por la tarde, me puse a lavar ropa y a hacer aseo general mientras mi mamá dormía una siesta, ella insistió en que yo también durmiera, pero estaba segura que no podría, estaba preocupada y la actividad física impedía que me preocupara más de la cuenta.
A veces me preocupaba mi mamá, había días en que parecía que todos los años se le habían venido encima y otros en los que solo parecía cansada; aun así, cada día parecía más viejita y me daba miedo que un día su corazón no aguantara más y me dejara sola. Ella ya era mayor. Yo nací cuando ella tenía cuarenta y seis años y ahora bordeaba los setenta años, muy trabajados, como había sido toda su vida.
El ruido del tren que pasaba frente a la casa me sacó de mis cavilaciones. Sacudí la cabeza, no quería pensar en eso. Perder a mi mamá no estaba en mis planes.
Antes de que se levantara fui a comprar el pan. Menos mal que ese fin de semana Ale, la dueña del almacén, había abierto, así que solo tenía que cruzar la línea del tren y no tenía que ir más lejos a comprar. No tenía ganas de caminar.
Estaba lleno. Esperaba en la fila cuando lo vi. Al tipo del café. ¿Acaso me estaba siguiendo? Su mirada se encontró con la mía, pero apartó su rostro de mí casi de inmediato. Al primer impulso pensé que no quería que yo lo viera porque me seguía (yo y mi paranoia), pero luego me di cuenta que al parecer no le gustó verme allí y si eso era así, mala pata para él, ese era mi barrio desde siempre y, ese mi negocio, donde yo iba a comprar.
Una flaca pelirroja le entregó el papelito con el total de la compra para pagar y él no supo qué hacer. Ja. En ese momento quedó demostrado que era mi almacén, ni siquiera sabía qué hacer. La chica no me miró, en realidad ni me vio, yo solo vi su espalda.

―¿Qué se le ofrece, vecina? ―me preguntó Nicole, la chica que atendía el negocio. Yo me sorprendí, me había olvidado que estaba ahí para comprar.