lunes, 28 de agosto de 2017

¿Qué esperabas? Epílogo

Epílogo

Era diez de septiembre, el cumpleaños de mi esposo. Con Daniel nos casamos en febrero y de Luna de miel nos fuimos a Antofagasta. Vendí mi casa y aprovechamos de pasear y volver a recorrer aquellos lugares que habíamos frecuentado cuando nos conocimos.
Luis, el chico del Café del Centro todavía se acordaba de mí y me dijo que me había echado de menos, le conté a grandes rasgos lo sucedido y que me volvía a ir, así que al cancelar la cuenta, nos dimos un abrazo. Eso me gustaba de ese lugar, era como estar entre amigos.
Me despedí de la ciudad. Daniel quería trasladar a mi mamá del cementerio, pero yo le dije que no, a fin de cuentas, no estaba allí, además, sería bueno tener a alguien a quien visitar en Antofagasta.
Aquel día, que era su cumpleaños y, además, cumplíamos siete meses de casados, le tenía un regalo muy especial que solo sabíamos Julieta y yo.
A él nunca le gustó celebrar su cumpleaños, vaya a saber por qué, pero desde que nos conocimos sí lo quiere festejar... Pero esta vez, solo con su familia. Y eso a mí me viene muy bien.
Mi suegra le hizo una torta exquisita; mi suegro, un asado; sus hermanos se encargaron de las bebidas, y Julieta y yo de los adornos.
Al rato, decidimos que ya era hora de abrir los regalos. Abrió todos los que estaban allí, sin embargo, no había ninguno mío.
―Cuñada, ¿no le hiciste ningún regalo a tu marido? ―me reclamó, sin enojo, Carlos.
―Le tengo un regalo, pero quería que lo viera al final, por eso no lo dejé con los demás.
―A ver...
―¡Que lo abra, que lo abra! ―comenzaron a gritar todos, entre risas.
Abrió la cajita que le entregué y sacó un test de embarazo y un osito de bebé. Me miró con lágrimas en los ojos.
―Mi amor... Mi niña... ¿Es lo que estoy pensando?
―No sé qué estás pensando ―dije haciéndome la desentendida.
―¿Estamos embarazados?
―¡Siiiiii! ―respondí feliz y él me abrazó a lo bruto, como era su costumbre.
―Perdón, perdón. ―Se apartó de mí―. Perdón, ¿te hice daño? ¿Le hice daño al bebé?
―No, tontito.
Nos besamos. Todavía podía sentir esa magia cuando me besaba, como si nadie más en el mundo existiera. Lo amaba. Estaba segura de eso.
Todos nos felicitaron por la hermosa noticia. Un nieto más venía en camino y eso hacía muy felices a mis suegros.
Cerca de las ocho, apareció Martina con Miguel. Hacía un año que no lo veía. Mi marido y su familia, sí. Había estado en tratamiento y se suponía que ya estaba a punto de dejar las pastillas bajo supervisión médica. Él tenía una depresión por todo lo sucedido, desde el maltrato de su padre hasta tener que hacerse cargo de todo, pasando por la muerte de su madre y el incendio que dejó marcado su rostro. Y todo eso sin contárselo a nadie, sufriéndolo en silencio.
―Buenas noches, disculpen que vengamos así ―comenzó a decir Miguel―, pero veníamos a saludar a Daniel. Martina insistió en venir.
―Claro, claro, pasa ―aceptó el dueño de casa.
El ambiente se tornó raro, no mal, pero sí raro.
Daniel avanzó hasta donde estaba él. Los primos se saludaron con un apretado abrazo y algo le dijo Miguel a mi esposo, este también le contestó, pero no sé qué le diría.
Luego, saludó al resto. Cuando llegó mi turno, solo se paró frente a mí y sostuvo mi mirada unos segundos.
―Quería pedirte perdón, sé que lo que hice no tiene perdón de Dios, yo... yo no sabía lo que hacía. ―Sus ojos se aguaron. Creo que los míos también.
―Sé que estabas pasando por un mal momento.
―Perdóname, por favor, te lo suplico.
―No hay problema, Miguel, no te preocupes.
―Gracias.
Se iba a dar la vuelta cuando vio en la mesa el regalo que yo le había hecho a mi esposo. Y me miró. Yo sostuve la respiración.
―¿Estás embarazada?
Asentí con la cabeza, debo confesar que tuve mucho miedo y me llevé las manos a mi vientre, protegiéndolo.
―Felicidades, te mereces toda la felicidad del mundo.
―Gracias ―musité apenas.
Me dieron ganas de llorar. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil? Daniel llegó al lado mío y me abrazó a su costado de modo protector.
―Felicidades, primo ―lo saludó con tristeza―, les deseo toda la felicidad del mundo.
Ambos asentimos con la cabeza sin decir nada. A mí por lo menos, no me salían las palabras.
―Bueno, me voy, Martina se puede quedar, ¿cierto? Yo tengo que ir a ver a mi hijo, Hilda me llamó que está con fiebre y voy a ver si lo llevamos a médico.
―Claro, claro, hijo ―aceptó don Carlos―, anda tranquilo, Martinita se puede quedar aquí o si se quiere ir, no faltará quien la vaya a dejar.
―No te preocupes, primo, ella estará bien aquí ―indicó Carlos.
Ella había terminado con Mauro hacía una semana y había vuelto al fundo. Ya me contaría su historia, porque no habíamos tenido oportunidad de hablar desde su llegada. 
―Gracias. Chao ―se despidió Miguel―. Que estén bien.
Se subió a su camioneta y se fue despacio. Daniel me abrazó a su pecho.
―¿Cómo estás? ―me preguntó en el oído.
―Con una mezcla de sensaciones, de recuerdos. Y el embarazo no ayuda mucho ―confesé echándome a llorar.
Me apartó y puso una mano debajo de mi mentón.
―¿Debería preocuparme?
―No. ¿Por qué?
―¿Sientes cosas por él todavía?
―¿Aparte de miedo? No. Fue algo muy raro. Le tuve miedo, me acordé de lo que pasó el año pasado; pero a la vez los recuerdos de cuando éramos chicos también llegaron a mi mente y... Y también me dio pena, se veía muy triste, ¿o fue idea mía?
―No, no fue tu idea, a mí también me conmovió, sobre todo cuando vio tu regalo.
―Sí.
―Quizás pensó que podría haber sido suyo.
―Él nunca quiso. ¿Qué esperaba después de todo lo que pasó? ―Me encogí de hombros―. Será mejor que me vaya a lavar la cara, no quiero estar fea en tu día, además, que mañana ―le dije poniendo mis dos manos sobre su pecho de modo coqueto― vamos a ir a conocer a nuestro bebé.
―¿De verdad? ¿Lo veremos en esas pantallas?
―Sí, sí, y vamos a ver cómo está, de qué porte...
―¿Y sabremos si es niño hombre o niña mujer?
Me reí.
―No, todavía es muy pronto.
―Te amo, mi niña, te amo como no te puedes imaginar.
Nos besamos. No nos importó que estaba la familia mirando, tampoco que mis lágrimas buscaban nuestros labios. Nos besamos con todo el amor que sentíamos.
―No sabes cuánto te agradezco este regalo que me hiciste, por tu amor, por todo lo que me das día a día ―susurró, abrazándome fuerte contra él.
―¿Qué esperabas? ―le pregunté―. Después de todo lo que me has dado, enamorarme fue fácil... Aunque seas un poco bruto y me aplastes cada vez que me abrazas ―me quejé.
Me soltó un poco y largó una risotada tan propia. Secó mi cara con su mano y me besó en la frente.
―Tendré que tener más cuidado.
―Te amo ―expresé con todo mi sentimiento.
―Y yo a ustedes ―me contestó de igual modo antes de volver a besarme con todo el amor, brutalidad y dulzura que siempre lo hacía.


¿Qué esperabas? Capítulo 46

Capítulo 46

Desperté en una sala de hospital, rodeada de gente. Daniel, sentado a mi lado, me miraba expectante, como si supiera que iba a despertar. O quizás, ya llevaba tiempo allí esperándome.
―Hola, mi niña ―me saludó feliz y dulce.
―Hola ―respondí a su saludo, aliviada, si me encontraba allí era porque ya estaba fuera de peligro.
Mi pololo me dio un suave beso en los labios y me ardió.
―¿Te duele?
Me fui a tocar, pero tenía la mano atada a la camilla. Me aterré. ¿Y si todos en esa familia eran psicópatas? Me quise soltar, pero todos mis esfuerzos eran inútiles.
―Tranquila ―me dijo Daniel afirmándome con firme suavidad―, no te muevas. Te tuvieron que amarrar porque querías sacarte todo, estabas desesperada; el doctor dijo que por la experiencia traumática que viviste, pudiera ser que quisieras soltarte de las mangueras.
Me calmé.
―Si me prometes que te quedarás tranquila, te suelto.
―No quiero estar amarrada ―gemí.
―No pasa nada ―me tranquilizó y enseguida me soltó y me dio un beso en la comisura del labio, donde no dolía.
Me toqué el labio, lo tenía hinchado, seguramente por el golpe de Miguel.
―¿Ya puedo saludar a mi cuñadita? ―interrogó Julieta con ambos brazos en jarra.
―Claro, te cedo mi puesto un ratito ―concedió su hermano.
La niña casi se me tira encima de puro contenta.
―Me diste un susto de terror, cuñadita ―me decía mientras me daba un montón de besos en la cara. Ella creía ser grande, pero seguía siendo una niña, bueno, con dieciséis años, era una niña.
―Pero ya estoy bien.
―Sí, no sabes cuánto me hiciste llorar.
―Pucha, perdón.
―Pero ya estás bien y dijo el doctor que mañana a lo mejor te puedes ir a la casa.
Le sonreí, me sentía cansada.
Julieta se salió de la cama y la señora Rosa se acercó a mí y tomó mi mano.
―¿Qué quiere comer mañana para cuando llegue a la casa? ―me preguntó, ella es de las personas que demuestran su cariño con comida.
―No sé, lo que quiera.
―No, pues, dígame usted ―insistió con suaves caricias en mi pelo.
Miré a todos, la familia en pleno estaba allí conmigo.
―Lo que quieran ―musité y me dormí con los cariños de esa mujer que se parecía tanto a mi mamá y que me trataba como si yo fuera su propia hija.
Al despertar, solo Daniel me acompañaba.
―¿Todavía aquí? ―Fue mi saludo.
―¿Tú crees que te voy a dejar sola de nuevo?
―Perdóname.
―¿Qué tengo que perdonar?
―Eché a perder la celebración.
―No, mi niña, tú no echaste a perder nada. No fue tu culpa.
―Tuve mucho miedo.
―Me imagino. Fue muy rudo contigo.
―¿Qué pasó con él?
―Está al otro lado del pasillo ―respondió algo incómodo.
―¿Por qué?
―Estaba muy mal, estaba como loco. Le pusieron un sedante. Tiene algunos trastornos, lo atenderá un psiquiatra, porque llegó enajenado, con síntomas de psicosis, pero deben analizar si debe quedar internado o no, puede que tenga una depresión o algo así.
―Estaba muy mal, ¿tú sabías que su papá les pegaba?
―Me acabo de enterar y mi papá también. Estaba muy enojado con su hermano y con él mismo por no haberse dado cuenta y no haber defendido a sus sobrinos. Martina también lo sufrió, no en la misma medida, pero no salió libre del maltrato.
―Sí, ahora entiendo muchas cosas, él tiene muchas cosas no resueltas de su pasado.
―Es verdad, pero dime, eso no significa que querrás volver con él, ¿o sí?
―No, tontito, me da pena él, es muy triste lo que pasó con su familia, si quizás él hubiese confiado en mí, si me lo hubiera dicho, yo podría haberlo apoyado, pero ahora ya no, ya no podría volver con él; como te digo, es una lástima, pero ya no siento amor por él, ahora solo queda el cariño que sentía por el hermano de mi amiga.
―Te amo ―susurró en mi boca y me dio un suave beso, apenas rozando mis labios―. Mañana te podrás ir. Mi mamá dijo que te iba a esperar con pan amasado, con empanadas, que ni alcanzaste a comer, y con pastel de papas.
―¡Qué rico! Ya quiero irme ―expresé emocionada.
―Te quedan unas poquitas horas, mi niña, mañana volveremos.
―¿Qué hora es?
―Las dos de la mañana.
―Es tarde.
―Es que tenías que dormir. ¿Tienes hambre? Mi mamá dejó algunas cositas, el doctor dijo que no había problema en que comieras.
―¡Ya! ―respondí con entusiasmo, la verdad es que tenía mucha hambre.
Comí varias cosas ricas que me habían llevado y, aunque Daniel me miraba con atención, igual comí como si el mundo se fuera a acabar.
―Mientras dormías, pensé en algo: tendré que buscar nueva secretaria.
Me puse seria.
―¿Qué? ¿Por qué? ¿Ya no me quieres en tu casa? ―apostillé nerviosa.
Largó una risotada.
―No, mi niña, ¿cómo se te ocurre pensar siquiera en eso? ¡No! Yo te quiero ahí, pero cuando nos casemos y tengamos hijos, ¿con quién se quedarán? No me gustaría que otra persona los viera, al menos cuando sean pequeñitos, necesitarán de su mami.
Sonreí llena de felicidad.
―¿Me estás proponiendo matrimonio?
―No.
―¿Entonces?
―Te estoy haciendo una pregunta práctica.
―Ah, en ese caso, no sé, tendría que estar en la situación ―repliqué indiferente.
―En ese caso...
Se levantó y tomó su chaqueta que estaba encima de un sofá y sacó algo. Mi corazón se aceleró. Volvió conmigo y abrió una cajita con un hermoso anillo.
―Cristina Muñoz, ¿quieres casarte conmigo? Me arrodillaría, pero desde la camilla no me verías.
―Tontito, no tienes que arrodillarte. Y ¡claro que quiero!
Nos besamos, no me importó el dolor ni mis malestares, a pesar que debo admitir que él fue muy cuidadoso.
―Te amo, mi niña, no sabes cuánto y hoy ha sido el peor y el mejor día de mi vida.
―No pensemos en lo malo.
―Tienes razón.
Nos volvimos a besar. Me colocó el anillo, me quedaba a la perfección.
Se acostó a mi lado y así nos dormimos, abrazados. Yo me sentía segura en sus brazos y él no quería apartarse de mí.
Al amanecer despertamos a la vez. Abrí los ojos en el mismo instante en que él los abrió.
―Buenos días ―me saludó.
―Buenos días ―contesté.
Nos dimos un corto beso, mi labio ya no dolía.
―Hoy nos iremos ―me dijo, contento.
―Sí. Ya quiero estar allá.
―Yo también te quiero allá ―repitió con dulce burla.
A las once nos dieron el pase para irnos, me preguntaron si quería quedarme a almorzar, ni loca para aceptar comer comida de hospital, sabiendo que me esperaba un exquisito pastel de papas en familia.
Y así fue. La tarde la pasamos conversando entretenidos. Nadie mencionó lo sucedido con Miguel. Solo el padre, casi al llegar la noche, se acercó a mí, todavía caminaba con dificultad y se sentó a mi lado.
―¿Cómo se siente, mija? Yo siento harto no haberme dado cuenta que mi sobrino quería hacerle tanto daño.
―No, don Carlos, no fue su culpa ni de nadie. Él estaba mal, pero nadie podía saberlo, él no quería hablar de eso, tal como la tía Marisa, se callaron todo eso y ahora explotó. Miguel no es malo, solo está muy dañado y creo que como familia tienen que apoyarlo. Yo, obviamente, no podría hacerlo, no mientras no esté segura que puedo volver a confiar en él. Claro que igual apoyaré desde aquí, donde esté segura ―terminé con un tono de humor.
―No tiene que hacerlo.
―Miguel fue muy importante en mi vida, don Carlos; como hermano de mi amiga, crecí con él, él nos cuidaba en la escuela, cuando algunos chicos me molestaban por ser pobre, él me defendía; él nos acompañaba a las fiestas para que nuestros padres nos dieran permiso; él era un hermano mayor para mí. Ahora comprendo que confundí las cosas y en realidad fue como siempre me decía él mismo: lo que yo sentía era el amor que se puede sentir por un profesor, un amigo mayor, el hermano mayor de la amiga; así que si puedo ayudarlo, lo haré. Pero segurita aquí.
―Claro que sí. No sabe el susto que nos dio cuando Daniel nos dijo que usted no estaba y Miguel tampoco. No sabíamos dónde podía habérsela llevado. Pensamos que en su casa, pero era demasiado obvio. Claro que al no tener claridad de otro lugar... ―Meneó la cabeza en un gesto de desesperación.
―Ya pasó, don Carlos, ahora todo está bien, al menos terminó bien. O mejor de lo que podría haber terminado. No se preocupe usted, que también tiene que estar tranquilo.
Nos tomamos de las manos y él vio mi anillo.
―¿Y esto? ―me consultó, yo no usaba joyas.
―Le pedí matrimonio ―respondió Daniel por mí.
―¡Cómo se guardan una noticia así! ―exclamó con la cara llena de emoción―. Felicidades, ahora sí será mi nuera oficial, aunque para mí siempre será mi hija y si su futuro marido se porta mal, usted me dice nomás y yo lo pongo en línea altiro.
Me dio un abrazo bruto, como los de su hijo.
La mamá también se acercó a abrazarme, feliz por la noticia y también me dijo palabras llenas de cariño maternal.
Para qué decir Julieta, era la más feliz con la noticia; lo mismo los hermanos de mi ahora prometido. Y mis sobrinos no entendían mucho, pero igual me abrazaron. Eran muy especiales.
Deseé que mi mamá estuviera allí y su aroma llegó hasta mí y se fue, como una caricia, y supe que ella, donde estuviera, me cuidaba y estaba feliz por mí.




¿Qué esperabas? Capítulo 45

Capítulo 45

Me subió a su camioneta, ¿tenía todo preparado desde antes? Con razón Daniel no llegó a buscarme, debe haberlo entretenido con algo, de otro modo, estaba segura que habría estado esperándome fuera del baño.
―Miguel, ¿qué vas a hacer? ―le pregunté cuando terminó de subirme a la camioneta y me amarró al asiento con el cinturón de seguridad.
En lo que él daba la vuelta me zafé de un brazo, pero al intentar abrir la puerta, esta no se abrió.
―Tiene seguro de niños, no puedes salir ―me dijo con dureza mientras subía a la camioneta.
―Miguel, estás actuando como un psicópata.
―No, estoy actuando como un hombre enamorado que se niega a perder a la mujer de su vida.
―Esto no es normal, hay otras maneras.
―¿Otras? Pues tú no has querido otras maneras, Cristi.
―Miguel, por favor, sabrán que me secuestraste.
―¿Te secuestré, Cristi? ―interrogó al momento de echar a andar el vehículo―. No es secuestro, mi amor, nos escapamos juntos. Ya te darás cuenta que todavía me amas y seremos felices para siempre.
―Pero no de esta forma, Miguel, por favor, déjame volver.
―Tranquila, mi amor, todo estará bien ―me dijo y buscó mi mano, la que tomó con suavidad, pero una suavidad contenida, como si solo esperara que volviera a confiar en él para dar otro zarpazo.
Y se me ocurrió que quizás si hacía lo que él me decía, si le hacía creer que seguía queriéndolo, podría ganar tiempo para escapar. Pero luego lo pensé mejor y si lo hacía, él podría tomarlo de otra manera y ser peor.
Miré hacia afuera y lloré en silencio. Pensé en Daniel, seguramente ya debía estar buscándome, preocupado. Quizás también se había dado cuenta de la desaparición de su primo y más nervioso estaría. ¿Por qué fui al baño sola? Debí dejar que me acompañara. Esperarlo, porque estaba bailando con una vecina cuando aproveché para ir. ¡Qué rabia! Miguel no tenía ningún derecho a hacer eso. ¿Qué se creía? Estaba loco. Eso era seguro. Se había trastornado. Algo le había hecho cambiar. Ya no era el Miguel que yo había conocido.
Llegamos a su casa. Me hizo bajar de la camioneta y me obligó a entrar con él. Ya no rogaba, sabía que no serviría de nada. Esperaba que al estar seguro que no me iba a poder escapar, se tranquilizara y me escuchara para entrar en razón.
―Esta es tu nueva casa, mi amor, ¿te gusta? ―me dijo como si fuera lo más natural del mundo.
―Es muy linda ―halagué con sinceridad, si no hubiese estado de por medio el secuestro, hasta podría haber disfrutado de ese lugar.
―Ven, ¿quieres algo? ―me preguntó.
“Escapar”, contesté en mi mente.
―Nada ―respondí en voz alta.
―Mi amor, no te sientas incómoda, esta es tu casa y puedes hacer lo que quieras.
Me llevaba abrazada, mejor dicho aferrada a él, y todavía no me soltaba, lo cual hizo luego de cerrar la puerta con llave.
―¿De verdad no quieres tomar algo?
―De verdad, gracias, ya tomé demasiado.
―Pero hubieras seguido tomando de seguir en la fiesta, ¿no? ―me dijo con recriminación.
―No, ya no quería seguir comiendo ni tomando nada más.
―Como digas.
Miguel se apartó y caminó hasta un mueble bar donde guardaba varios tipos de licores, esperaba que no se pusiera a tomar; si bueno y sano parecía un loco, borracho no me lo quería ni imaginar.
―¿Estás segura que no quieres un ron-cola para relajarte? Estás un poco tensa.
―No, no, gracias ―tartamudeé.
Se volvió a acercar a mí y tomó mi cara entre sus dos enormes manos.
―Tranquila, todo va a estar bien, yo sé que debes estar nerviosa, pero ya verás que muy pronto te sentirás en casa, como debe ser.
Me dio un pequeño beso en la boca y se volvió a separar de mí.
―Miguel, tú sabes que nos van a venir a buscar, ¿cierto?
―No tienen por qué.
―Por favor... ¿Qué te pasa? ¿Qué quedó del Miguel que conocí de niña, con el que crecí, el que me cuidaba, el que me retaba, al que molestaba y no se enojaba?
Se devolvió con celeridad y volvió a tomar mi cara.
―Sigo siendo el mismo, Cristi, sigo siendo el mismo. Es solo que no soporto que te hayas ido con Daniel. Él no te merece, él anda con una y con otra, ¿cuánto crees que le va a durar la calentura por ti? Después te dejará llorando y peor de lo que estas. Él sabe cómo hacer que las mujeres crean en él, él sabe cómo conquistarlas, y ¿sabes qué es lo peor?, que él siempre ha querido lo que tengo yo y por eso te quiere a ti.
―Eso no es verdad.
―Sí lo es, ¿por qué crees que se enamoró de ti tan perdidamente desde que te vio? Porque él sabía lo que yo sentía por ti, sabía que tú también me amabas y se fue metiendo y metiendo hasta robarte.
―Si tú hubieras actuado como corresponde, él no hubiera hecho nada. Es más, no hizo nada, él respetó el amor que yo sentía por ti.
―¿Respetó qué? ¿Acaso me vas a decir que cuando fueron a Mejillones no pasó nada?
―¡No!
―No te creo.
―Es verdad, él quería subirme el ánimo por lo que había pasado contigo, él decía que tú no ibas a durar mucho tiempo lejos de mí.
―Yo no quería estar lejos de ti, pero él estaba metido todo el tiempo entre nosotros. Yo quería algo entre tú y yo, nadie más, pero él... él se metía y... ―Me dio un beso―. Mira, aquí estamos los dos solos, ¿no te parece maravilloso? Sin esa gente chismosa que lo único que quiere es hacerle daño a las parejas enamoradas y felices como nosotros. Ni Daniel ni nadie va a volver a interponerse entre nosotros.
No supe qué decir.
―Ya verás que lo mejor es ir poco a poco, que nos volvamos a conocer, y cuando ambos estemos seguros, mostrarle al mundo lo que nos amamos.
Me aparté de él con brusquedad.
―¡No, Miguel! No. Tú y yo no estamos enamorados ni somos felices; tampoco estoy encantada de estar aquí, estoy secuestrada; tampoco tu primo se metió, eras tú el paranoico y, ¿sabes qué?, por un momento sentí lástima, pensé que estabas delirando, no sé, que estabas mal de la cabeza, pero ahora veo que solo eres un idiota que no tiene idea de lo que es el amor.
―¡Cállate!
―No me callo, ¿sabes por qué? Porque tú a mí no me intimidas. ¡Viólame, pégame! Haz lo que quieras, pero ya nunca más te voy a volver a amar. Después de todo lo que me has hecho, de todo lo que me estás haciendo, ¿qué esperabas?, ¿que te siguiera amando? No. Imposible seguir amándote.
―No estás hablando en serio.
―Hablo muy en serio, y ahora déjame ir.
―No, tú te mueves de aquí.
―Esto no va a terminar bien si tú no dejas que me vaya. Daniel va a venir por mí.
―¡No lo menciones! ―gritó.
―Aunque te hierva la sangre, Daniel es mi pololo y lo amo. Y él me ama a mí.
―¡Cállate! ―amenazó con los dientes apretados.
―¡Yo amo a Daniel! Y tú no puedes hacer nada en contra de eso.
Me dio una bofetada horrible. Mi labio se partió y mi lengua se rajó por un costado.
―Perdón, perdón, mi amor, yo no quería hacerlo, tú me obligaste ―se disculpó desesperado y puso su pañuelo en mi herida.
―Déjame, psicópata, no me toques ―repliqué más enojada que asustada.
―Perdóname, tú me provocaste, yo no quería.
―Y te voy a seguir provocando, imbécil, porque hagas lo que hagas y digas lo que digas, métete bien esto en la cabeza: yo no te amo ―marqué una a una esas últimas tres palabras―. Y no te voy a amar nunca.
―No me sigas provocando.
―Mátame si quieres, pero no vas a escuchar de mi boca ni un solo “te amo” para ti. Eres un imbécil, no sé cómo no me di cuenta antes que eras un estúpido narcisista, que jamás has amado a nadie, que solo te aprovechabas de la situación.
―Eso no es verdad.
―Cuando te confesé que te amaba, ¿qué pasó? ¿Acaso no me abusaste bajo el muelle?
―No te abusé. Tú me incitaste.
―Yo no te incité, ni siquiera sabía bien lo que hacía.
―Agradece que no hice nada más, si mi papá no nos hubiese visto... ―Hizo un gesto de desagrado―. Ahora no te estarías quejando.
No entendí en un primer momento lo que quiso decir, pero lo entendí al segundo.
―¿Crees que yo quería tener sexo contigo en ese momento?
―Siempre has querido eso, y está bien, mi amor, eso hacen dos enamorados. Y hablando de eso...
Se acercó más a mí y rozó su boca con la mía. Quise apartarlo, pero su fuerza era mayor.
―No te resistas, hoy serás mía y nadie podrá evitarlo.
Me llevó al dormitorio en sus brazos. Yo pataleé, peleé, grité, supliqué; pero nada hacía que él desistiera de llevarme. Me lanzó a la cama y yo quise escapar, pero me agarró de la pierna y ató una corbata a mi pie y a su cama, luego agarró mi muñeca e hizo lo mismo. Yo peleaba, pero todos mis esfuerzos eran inútiles. De todas formas, no dejaría de luchar, si quería estar conmigo, sería a la fuerza. Durante muchos años lo esperé para ser una feliz pareja, no iba a permitir que viniera ahora a hacer lo que se le antojara. Yo no era más que un trofeo para él. Él nunca me quiso, nunca me amó.
Se quitó la camisa y se tiró sobre mí.  Con mi mano libre lo golpeaba, pero creo que ni lo sentía. Gritaba pidiendo auxilio a pesar de saber que era inútil.
―No sacas nada con gritar, nadie va a venir en tu ayuda. Además, sé franca, tú no quieres ser rescatada.
―Quiero irme de aquí ―dije entre dientes―. Me das asco.
―No hablas en serio.
―Mírate la cara, pareces un monstruo, ¿cómo podría amarte? ¿Cómo podría besarte sin sentir repugnancia por tu aspecto?
Se echó hacia atrás como un animal herido. Me sentí mal (mi complejo de culpa no podía aparecer en peor momento).
―Di que no es verdad lo que dices.
Dudé un solo segundo.
―No puedo, porque es la verdad. Me provocas náuseas. No podría estar con un hombre como tú.
―¡Te voy a marcar como yo a ver si sigues teniendo asco de mí y a ver si alguien más te va a querer volver a mirar! ―gritó como un demente y salió de la pieza.
Yo intenté quitar las amarras, pero no podía, estaban demasiado apretadas y con la mano izquierda tampoco era muy hábil.
Cada vez me desesperaba más al no poder soltarme y sabía que si Miguel había salido, no había sido para ir a dar una vuelta.
A punto estaba de soltarme, cuando apareció con una vela encendida.
El corazón se me paralizó por un momento. ¡Maldita la hora en la que se me había ocurrido ofenderlo de esa manera!
―Miguel... Basta, por favor, mira lo que estás haciendo, tú no eres así. ¿Qué diría tu papá?
―¿Mi papá? Viejo de mierda ese, todos lo adoraban, era un hombre tan correcto, tan amable, ¿no? Pero lo más bien que se encamaba con cuanta vieja se le cruzara en el camino y cuando yo lo vi y lo encaré, me sacó la cresta, me dejó todo moreteado. Y cuando me vio contigo en el muelle, a correazo limpio me quitó las ganas de estar contigo.  
―No sabía, nunca me lo dijeron y tu papá no parecía ser así de violento.
―Lo era y mucho. Mi mamá no sé por qué lloró tanto cuando se murió si él le sacaba cresta y media por cualquier cosa. ¿Sabes por qué a mi mamá le dio cáncer a los pechos? Por los golpes de mi querido papito. Por eso ella nunca usaba ropa corta, por las marcas que le había dejado mi papá.
―Por lo mismo, Miguel, suéltame, no hagas esto, ¿qué diría tu mamá?
―¿Qué diría? Ella quería que estuviéramos juntos, siempre supo que yo estaba enamorado de ti, pero mi papá decía que no, que un amor echaría por tierra toda la amistad que por años habíamos construido, que yo era un tarado por haberme fijado en ti.
―Dudo mucho que tu mamá querría verme así, atada, asustada, amenazada por ti ―susurré con tristeza.
―Tú me provocaste.
―No hagas lo mismo que hacía tu padre, por favor. No seas como él.
―Tú me amarás.
―No así.
―Mi mamá amaba a mi papá a pesar de todo.
―Eso no era amor. Y hoy las cosas son diferentes. Miguel, si te pillan aquí, te meterán preso. Suéltame.
―¿Para qué, para que te vayas?
―Por favor ―volví a suplicar.
Dejó la vela en la cajonera y se sentó en la cama.
―Déjame ir ―rogué llorando.
Soltó la amarra de mi brazo.
―Te amo, Cristi, siempre te he amado ―expuso con voz quebrada.
Alcé mi mano y acaricié su rostro, secando esa lágrima que rodaba tímida por su mejilla.
―Lo sé, pero amas mal, no aprendiste a hacerlo.
―Quédate conmigo ―me suplicó llorando con profundo dolor.
El corazón se me hizo trizas.
―No me pidas eso.
―No quería lastimarte.
―Lo sé.
―Perdóname.
―Puedo perdonarte, pero no me pidas que vuelva contigo, después de todo lo que has hecho.
―No puedo dejarte ir. Mucho menos con Daniel.
―¿Qué tiene él que te molesta tanto?
―¿Qué tiene? Todo, Cristi, lo tiene todo, ¿no lo ves? Tiene una familia que lo ama, que se ama; mujeres, las que quiere, y te tiene a ti.
Respiré hondo.
Él se apartó un poco y yo intenté llegar a mi pie.
―Me duele, está muy apretado ―le dije.
Lo soltó, pero con su mano apretó mi muñeca para que no escapara.
―Suéltame.
Un vidrio quebrándose hizo que Miguel me apretara más la mano y me tapara la boca con su otra mano.
―¡Cris! ―La voz de Daniel me tranquilizó, pero perturbó a Miguel, lo vi en sus ojos y tuve más miedo que antes.
La mano de Miguel sobre mi boca, me ahogaba. Con mis manos intentaba quitarlas, pero me era imposible.
Volví a llorar. Miedo era poco decir. Tenía pánico. Si Daniel venía solo, podía pasar cualquier cosa entre ellos, y si no, entonces sería peor.
―Dime que me amas ―exigió, pero no soltó mi boca. El aire cada vez me faltaba más.
―Miguel, ya sé que estás aquí ―gritó Daniel.
Yo gemí para intentar que me escuchara, pero Miguel colocó una almohada sobre mi cara y la aplastó para acallarme.
De ahí en más, mi único pensamiento era la muerte. El oxígeno apenas si llegaba a mis pulmones. Comencé a patalear, desesperada por la falta de ventilación.
―Suéltala ―demandó Daniel.
―Ella es mía.
―¡La vas a matar, Miguel, mírala!
―No me la vas a quitar.
Silencio. Ya mis pulmones casi no tenían aire.
―Me voy y los dejo tranquilos si le quitas esa almohada de la cara.
―Mentira, nunca la dejarás tranquila.
―Te lo juro, primo, la dejo tranquila, los dejo tranquilos a los dos, pero suéltala, por favor.
Yo dejé de patalear. Ya no me quedaban fuerzas para seguir luchando.
―¡Mírala! ¡La vas a matar! ―gritó Daniel desesperado y eso me dio fuerzas para seguir luchando un poco más.

Me logré zafar un poco, al menos para tomar un poco de aire, pero en la lucha por escapar, Miguel me golpeó y caí de la cama, pero antes de terminar de caer, me agarró el pie, por lo que caí de espaldas y me golpeé en la cabeza. Logré mirar a Daniel que me miraba con cara de espanto. Modulé un “te amo” y me dejé vencer.  

¿Qué esperabas? Capítulo 44

Capítulo 44

Obviamente, aquella noche no pasó nada más entre Daniel y yo. Nos acostamos cada uno en su habitación y al día siguiente, debo admitir, sentía un poco de vergüenza de salir de mi cuarto, pero la necesidad se hizo más fuerte y me fui al baño.
Al volver, me encontré a Julieta en mi cuarto.
―¿Cómo amaneciste, cuñadita? ―me preguntó muy amable y me dio un beso en la mejilla.
―Hola, mucho mejor.
―Sí, se nota. ¿Ya viste a Daniel?
―Anoche.
―¿Anoche?
―Sí, me levanté con hambre y ya todos estaban durmiendo, cuando volví me encontré con él.
―¿Y? Estaba muy preocupado por ti.
―Quedamos bien.
―¿Bien bien o bien más o menos?
―Bien, bien. Él me cree ―le dije con una feliz sonrisa.
―¡Yo sabía! Solo dudó hasta antes que te despertaras. Pero te despertaste y se dio cuenta altiro que Miguel te había tendido una trampa y que no se habían acostado; al menos no porque quisieras.
―¿Y Miguel no admitió que no había sido como él decía?
―No, pero cuando mi hermano buscó una clínica para averiguar por el examen de drogas, él se quiso ir y se puso más a la defensiva.
―Pucha, me da tanta vergüenza con esto que está pasando.
―No tienes por qué.
―Igual, yo no quiero que esto traiga problemas entre ustedes. Ustedes son familia y yo soy una allegada, una desconocida que invadió su casa.
―No digas eso, cuñada, sabes que yo te adoro, eres una hermana más y mis papás igual, ellos no te ven como una allegada, muchos menos como una invasora; para ellos eres una hija, alguien a quien quieren mucho. Es más, te aseguro que si mi papá hubiera estado en buenas condiciones, le hubiera pegado a Miguel, en todo momento él supo que tú no habrías hecho una cosa así.
―Ahora te juro que me da vergüenza y no sé si podré verlos de nuevo a la cara.
―No digas tonteras, cuñadita, ellos están esperándonos para tomar desayuno.
―De verdad, me da vergüenza.
―No seas tonta. Vamos.
Al igual que su hermano, me tomó de la mano con algo de rudeza y me tiró hasta llegar a la cocina.
―Miren a quien traje y no quería venir ―soltó Julieta con alegría.
―Por fin, yo ya tenía tanta hambre que la iba a ir a buscar yo mismo ―me dijo don Carlos sin enojo.
―Disculpen ―me excuse con timidez.
―Es una broma, mija, ¿cómo amaneció? ―me preguntó el padre de familia.
―Bien, gracias.
―Ya, siéntese, mijitlkra servirle el desayuno ―me dijo con cariño la señora Rosa.
Me senté. Debo decir que me sentía muy incómoda, mal que mal, el día anterior la familia me había visto acostada con Miguel en mi cama.
Daniel apareció en el momento en el que la señora Rosa estaba echando el agua en la última taza.
―Llegué justo a tiempo ―comentó feliz.
―Siéntese, le sirvo altiro tecito ―le dijo la mamá.
―Ya, mamita, gracias.
Se acercó a mí y me dio un corto y dulce beso en los labios.
―¿Cómo amaneciste?
―Bien ―respondí, creo que muy roja.
―Me alegra. ―Me dio un beso en la frente y se fue a saludar al resto de la familia.
―¿Cómo estaba todo? ―le preguntó el papá.
―Bien, todo normal. Ninguna novedad ―contestó Daniel―. ¿Hoy vamos a ir al fundo de los Briones?
―Sí, estamos invitados y no podemos hacer el desaire de no ir.
―Terminando el desayuno vamos a hacer las empanadas para llevarlas ―indicó la mamá―, ya tengo el pino hecho, falta hacer la masa y armarlas, ¿quién me va a ayudar?
―Yo amaso, mami ―se ofreció Daniel.
―Yo le ayudo a rellenar ―dijo Julieta.
―Yo no sé hacer empanadas, pero puedo ayudar en lo que sea ―dije yo.
―Ahora puede aprender, claro si quiere.
―Claro que quiero.
Terminado el desayuno, yo me puse a lavar la loza mientras ellos preparaban todo para empezar a hacer las empanadas, lo cual no fue tan difícil como pensaba. A las dos partimos todos al fundo donde iba a celebrarse la fiesta. Al llegar, Miguel Ángel, el hijo de Miguel, corrió a abrazarme.
―Hola, tía ―me saludó como si me conociera de toda la vida.
―Hola, mi niño, ¿cómo estás?
―Bien. ¿Quieres chocolate? ―Me enseñó un chocolate que sacó de su bolsillo.
―¡Qué rico!
―Ángel, hijo, no molestes a la señorita ―Hilda, la madre del niño, se acercó a nosotros―. Disculpe ―me dijo a mí.
―No hay problema, me iba a dar de su chocolate ―le expliqué.
―¿Usted es Cristina? ―me preguntó claramente sorprendida.
―Sí, nos conocimos a la entrada del supermercado hace un tiempo.
―Ah, sí, claro ―dijo―. Bueno, vamos, hijo, entrégale el chocolate que le trajiste y vamos a buscar a tu papá, que nos debe estar esperando. Permiso.
El niño me entregó el dulce y se fue algo triste de la mano con su mamá, que se notó molesta luego de saber quién era yo.
―Parece que se enojó ―le comenté a Daniel que estaba a mi lado.
―Así parece, ¿te importa?
―Ni la conozco, así que ¿por qué me importaría?
Me dio un beso por contestación.
La tarde la pasamos muy bien, Miguel no se apartó de Hilda; Rossana al parecer discutió con su amiga y después de eso, Miguel no la dejó sola, como si temiera que mi cuñada se volviera a acercar.
Daniel tampoco se apartó mucho de mí, solo me dejaba cuando alguien me sacaba a bailar; de todos modos, siempre bajo su supervisión, según él, para cuidarme de su primo.
No bastaron todos los resguardos; a la salida del baño, me encontré con Miguel. Quise pasar por su lado, sin tomarlo en cuenta, pero él me detuvo del brazo.
―Necesitamos hablar ―exigió.
―Yo no tengo nada que hablar contigo, por favor, déjame tranquila.
―Después de que te acostaste conmigo, ¿me dices que te deje tranquila?
―No me acosté contigo.
―Tú me amas, Cristi, yo soy el amor de tu vida.
―Ya quisieras.
Me zafé de su mano y quise irme, pero él me volvió a sujetar.
―Todo el amor que jurabas tenerme, ¿fue una mentira?
―No, no fue mentira, fue una tonta ilusión, una ilusión que tú te encargaste de tirar a piso.
―Yo te amo, Cristi.
―Pues no se nota, todo lo que has hecho ha sido hacerme daño, me dabas esperanzas y me las quitabas sin importarte nada.
―Eras tú la que no quería aceptar mi amor.
―¡Mentira!
Me apretó más el brazo y se acercó mucho a mí cara, amenazante.
―Tú me hacías daño al dejar que todo el mundo se interpusiera en nuestra relación. Tú eres mayor de edad, yo también, ¿por qué tenía que enterarse todo el mundo de lo nuestro?
―Suéltame, me duele.
―Dime, ¿cuál era el problema de vivir nuestro amor los dos solos?
―¿Para qué, para que tú vivieras con Hilda frente a todos y conmigo como tu amante?
―Hilda y yo no somos nada. Yo no la amo, nunca lo hice.
―Nada te costó tener un hijo con ella.
―Yo te amo a ti, siempre te amé.
―Déjame tranquila, Miguel, yo estoy con tu primo y estoy enamorada de él.
―¡Mentirosa! Tú me amas a mí, siempre me has amado, soy tu único amor.
―¡Ya no! No te amo ―recalqué mis palabras―. Ahora suéltame o grito.
―Grita todo lo que quieras, ¿crees que alguien te va a escuchar con la bulla que hay?
―Miguel, ¿por qué eres así? ―rogué―. Me asustas, por favor, suéltame. De verdad, me duele.
―No te voy a soltar hasta que confieses que me amas.
―No puedo hacer eso.
―Entonces, no te vas.
―Por favor... ―Ya me estaba entrando el pánico, me imaginé las peores cosas que podrían pasar.
―Dime que me amas, yo lo sé; tu relación con mi primo fue solo por despecho.
―No, Miguel, por favor, suéltame.
―Te voy a demostrar que me sigues amando.
Y me tomó por asalto en un beso profundo, duro, hasta diría doloroso. Quise apartarme, pero su mano en mi nuca me impedía cualquier movimiento, con una mano me afirmaba las dos mías. Odié que mis manos fueran tan pequeñas, pues cabían en una de sus manos sin ninguna dificultad. No podía más que gemir. Su fuerza me superaba por mucho y no podía pelear más, hasta mis piernas las tenía sujetas entre las suyas. Me tenía totalmente inmovilizada. Comencé a llorar.
Separó sus labios de los míos unos milímetros.
―Dime ahora que no me amas.
―Déjame, por favor.
―Yo sé que tú me amas, no podrías haberme olvidado en tan poco tiempo. Yo no te he podido olvidar. Te amo, Cristi, por favor, vuelve conmigo.
―No es amor, Miguel, lo que tú sientes es cualquier cosa, menos amor.
―Te amo y me estoy volviendo loco sin ti.
―Sí, ya me di cuenta que estás loco.
―Di que me amas, vámonos, escapémonos lejos de todo y de todos. Solo tú y yo. Solos.
―No, Miguel, yo no quiero escapar contigo.
―No me hagas sufrir así, Cristi, yo sé que tú me amas, solo estás dolida, pero no puedes haber dejado de amarme y si es por mi primo, debes saber que a él no le va a importar, ¿acaso crees que él te ama de verdad?
―Miguel, suéltame, déjame ir, me van a venir a buscar.
―No importa, que todos sepan que tú quieres estar conmigo y no con él.
―¡Yo no quiero estar contigo!
―Pero ¿por qué, Cristi? No puedes seguir con tanto rencor en tu corazón.
―¿Rencor? Yo no te guardo rencor, pero ¿qué esperabas? Si cada vez me haces más daño, cada vez te caes más ante mis ojos. Estuve muy enamorada de ti, pero tú lo único que hacías era romperme el corazón cada vez que podías. Tú mismo me lanzaste a los brazos de Daniel, ¿qué esperabas? ¡Dime, Miguel! Él estuvo conmigo cuando tú faltaste; él me respetó cuando tú lo único que querías era aprovecharte de mí; él me presentó ante todos con el mayor orgullo cuando empezamos a pololear, en cambio tú lo único que querías era ocultar nuestra relación; él me creyó que no quería acostarme contigo, tú algo hiciste para aparentar eso... ―Me largué a llorar―. ¿Y todavía quieres que siga enamorada de ti? No, ya no, no puedes esperar que yo todavía te ame.
―Yo sé que tú me amas, solo estás dolida, pero debes creerme cuando te digo que te amo y que no voy a permitir que me dejes. ―Lo último sonó a amenaza y me aterró más todavía.
―¿Qué vas a hacer?

Por contestación, me aferró a su cuerpo y me alzó un poco. Me llevó hacia el sector de la casa que estaba vacío. Grité, sí, pero de nada sirvió, la música estaba a todo volumen y entre eso y las conversaciones, nadie podría escucharme. 

¿Qué esperabas? Capítulo 43

Capítulo 43

Desperté a los gritos furiosos de Daniel. Había una bataola horrible en la casa. En mi pieza.
―¿Qué pasa? ―pregunté sin comprender y sentí un dolor de cabeza terrible.
―¿Preguntas qué pasa? ―me increpó Daniel.
Me senté en la cama y me agarré la cabeza con las dos manos, el dolor de cabeza era horrible. No sabía lo que pasaba. Toda la familia en pleno estaba en mi habitación y yo no entendía nada. Miguel estaba en un rincón con su hermana y con Carlos discutiendo en voz baja.
―Dime, ¿qué es lo que pasa?
―¡Despertaste en la cama con Miguel! ¿Y preguntas qué es lo que pasa?
―¿¡Qué?!
Me levanté de golpe y caí al suelo con un mareo y di un pequeño grito de dolor.
―¿Qué te pasa? ―Julieta se acercó a mí con preocupación.
―Me duele mucho la cabeza ―respondí apenas con un incipiente llanto.
―Cris. ―Daniel se acercó y se agachó frente a mí―. Si tú seguías enamorada de Miguel, debiste decírmelo, yo lo habría entendido, pero no así, ¿Por qué lo hiciste?
―No sé de qué hablas, tú sabes que yo estoy enamorada de ti.
―¿Y te acostaste con él porque estabas enamorada de mí?
Miré a Miguel, que seguía peleando con su primo.
―¡Diles que no me acosté contigo! ―exigí.
―No puedo, Cristi, tú te acostaste conmigo, y todos lo vieron.
―No puede ser. Yo no me acostaría contigo.
No dijo nada. Yo no podía creer que me había acostado con él. Intenté recordar lo que había sucedido desde que él se había presentado en mi habitación, pero mi mente estaba en blanco.
Me levanté despacio y me senté en la cama. Quería entender, comprender.
Una lágrima cayó por mi mejilla. Daniel me odiaba, lo podía notar en su mirada. ¿Qué haría? Explicar no serviría de nada, todo apuntaba en mi contra. Y Miguel testificaba que sí nos habíamos acostado. Eso era el fin de mi vida en ese lugar, ya no podría seguir viviendo allí, mucho menos podría seguir trabajando en el fundo.
―Yo no creo que hayas hecho eso ―me consoló Julieta.
―No lo hice ―repliqué.
―Miguel, tú debes decir lo que pasó en realidad ―pidió mi cuñada.
―Ya dije lo que pasó. Nos encontramos en el pasillo y no pudimos resistirnos. Yo la amo y ella me ama. Es algo natural entre un hombre y una mujer enamorados.
―¡Mentira! ―grité.
Me quise lanzar sobre él, pero el dolor de cabeza me impidió cumplir mi cometido y caí al suelo antes de llegar hasta Miguel. Daniel corrió a ayudarme y me tomó de los hombros.
―Yo no te engañé ―sollocé.
―Vamos a descubrir lo que pasó ―me respondió con ternura.
―Yo te amo.
―Ven aquí.
Me tomó en sus brazos y me volvió a acostar en la cama.
―Quédate aquí, te traeré algo para el dolor ―me dijo con suavidad y luego se giró hacia los demás―. Vamos, seguiremos esta discusión en la cocina. Julieta, ¿te puedes quedar con ella?
―Por supuesto, hermanito, yo cuido a mi cuñadita ―dijo con un leve tono mordaz.
―Gracias ―respondió de igual modo su hermano.
El silencio se hizo notorio en cuanto todos salieron. Miré a Julieta.
―Yo no sé qué pasó, pero no me acosté con Miguel, te lo juro.
―¿Qué pasó?
―No sé, no logro recordar nada. Mira, anoche nos despedimos con tu hermano como siempre, al rato, golpearon mi puerta, salí pensando que era Daniel, pero no, era Miguel. Después de eso, no recuerdo nada más.
―¿Te drogó?
―¿Cómo dices eso?
―Piensa, si no recuerdas nada y estás con ese tremendo dolor de cabeza... No sé, me suena a droga.
―Pero Miguel no haría eso.
―¿Tú crees? Dime que soy mal pensada, pero es que, ¿sabes qué?, yo te creo que tú no querías acostarte con mi primo, así que él debió hacer algo para que amanecieran aquí, acostados y que más encima, lograra que Daniel viniera a tu pieza. No, cuñadita, algo raro hay en esto y si mi hermano no lo descubre, lo haré yo.
―Gracias, Julieta ―articulé con dificultad y mis ojos se cerraron.
―Duerme.
―Me siento mal.
―Se te nota.
Marisa llegó con un vaso de agua y dos pastillas que me tomé de inmediato. Me costó tragar.
―Ahora duérmete, cuñadita ―me dijo Marisa―, las cosas se van a arreglar; no te conozco tanto, así y todo, pude ver tu mirada al mirar a mi hermano y eso no puede ser otra cosa que amor.
―Gracias por la confianza. Yo amo a Daniel. Yo lo amo y jamás lo engañaría.
―Lo sabemos. Hasta Carlos lo sabe. Él cree que Miguel abusó de ti, casi le saca la cresta.
―No tienen que pelearse con él por mi culpa. Él es su primo.
―No te preocupes tú de eso. Duérmete, tienes que descansar, no te ves nada bien.
Cerré los ojos. Las pastillas estaban haciendo su efecto y la cabeza ya no dolía tanto. No me di cuenta en qué momento me dormí, mucho menos en qué momento se fueron mis cuñadas. Cuando desperté ya era de noche y estaba sola. Me levanté, mi cabeza la sentía abombada, sin embargo, no dolía.
En la cocina no había nadie; me fui a la sala, tampoco había. La casa parecía vacía y el miedo estremeció todos mis nervios.
Ya era de noche, pero no sabía la hora. Volví a la cocina, miré la hora: las once y cuarto. ¡Debían estar todos durmiendo!
Me serví un vaso de leche y saqué un pan. Me senté a comerlo. Tenía mucha hambre, como si no hubiese comido en días.
Pensé en lo ocurrido, parecía surrealista, no estaba del todo segura que hubiera ocurrido lo de la mañana.
Terminé de comer y volví a mi cuarto, en el pasillo me encontré con Daniel. Nos quedamos mirando, sin saber qué decir.
―Daniel...
―¿Cómo te sientes?
―Mejor. ¿Y tú?
―Mejor que tú.  
―Daniel, yo... Yo necesito unos días para juntar mis cosas y comprar el pasaje para irme a Antofagasta... ¿Te molesta si me quedo aquí unos días más? Intentaré que sea el menos tiempo posible.
―No tienes que irte.
―Sí tengo. No puedo quedarme, no después de lo que pasó.
―¿Por qué te irías? ¿Sientes culpa?
Mis ojos se aguaron y mi garganta se cerró. Negué con la cabeza.
―No tienes que irte ―volvió a decir.
―No me voy por la culpa, porque no tengo idea de qué fue lo que pasó ni cómo fue que Miguel terminó en mi cama, de lo que sí estoy segura es que no habría podido engañarte, ¡mucho menos bajo tu techo! Me voy porque no puedo con el odio en tu mirada.
―No te odio.
―Me desprecias.
Ladeó la cabeza.
―No podría despreciarte.
Quise sonreír, pero estaba demasiado amargada.
―Me voy a acostar ―dije.
―Te amo, Cris ―dijo con la voz quebrada.
―Y yo a ti ―respondí ya con las lágrimas saliendo de mis ojos.
Él dio un paso y yo di los restantes. Nos abrazamos. Él cubrió mi espalda con sus brazos.
―No me importa si él se acostó contigo, si quieres seguir conmigo, es todo lo que me importa.
―No me acosté con él y si lo hice, no fue por querer. Ni siquiera sé cómo pasó.
―Julieta me contó lo que le dijiste.
―Ella cree que tu primo me drogó.
―Pues si es así, lo vamos a saber en unos días.
―¿Qué?
―Mientras dormías te hicimos un examen de drogas.
―¿Cómo? ¿Por qué?
―No sería la primera vez que Miguel te abusa.
Me aparté de él y lo miré sin comprender.
―La primera vez que te besó y te tocó, fue abuso, mi niña, aunque tú ni siquiera te dieras cuenta. Y lo sé porque si tu inocencia aún a esta edad es notoria, me imagino cómo debe haber sido hace seis años.
―Yo estuve mucho tiempo embobada con él. Había sido mi primer amor, el primero que me había besado y esperaba que volviera por mí, pero no era amor. Ahora entiendo cuando mi mamá me hablaba de los amores platónicos como algo que no debían ser llevados a la realidad, porque no eran amores verdaderos, supongo que ella sabía lo que me pasaba. Contigo sé lo que es. Contigo es diferente. Cuando me besaste la primera vez, fue magia, de verdad, me sentí como si no existiera nadie más en el mundo que tú y yo. Ese día del sillón, no entendí por qué te separaste, yo estaba sintiendo cada milímetro de mi piel de un modo que nunca jamás antes lo había sentido. Cada vez que me besas, es como si fuera la primera vez. Yo te amo y no tengo ni una sola duda de eso.
―¿Y cuando ves a Miguel?
―No significa nada. Me molesta un poco verlo, no porque sienta algo por él, sino que porque la situación se me hace incómoda con él y tú, no por otra cosa. Créeme, por favor.
Me observó con detenimiento, sentí que buscaba en mis ojos la verdad.
―Te creo, Cris, te creo aunque yo te vi con mis propios ojos ahí, durmiendo, abrazada a él, sobre su pecho. ―Y lloró como un niño.
―Te juro que no fue por mi voluntad. ¿Cómo crees que me iba a acostar con tu primo aquí, en tu casa, en la casa donde me han dado refugio, cariño, donde estás tú, el amor de mi vida?
―Mi primera polola lo hizo.
―¿Qué?
―Sí, ella se acostó aquí con Miguel, pero fue porque ella quiso.
―Yo jamás haría eso.
―Lo sé, eres demasiado honesta. Y eso es lo que me hace creer en ti.
―¿Cómo llegaste a mi pieza? Nunca entras.
―Nos levantamos y Martina buscaba a Miguel. Él dejó cargando su celular en la pieza de ella y la despertó una llamada. Bueno, no una, varias, pero Miguel no estaba por ninguna parte y luego de buscar por toda la casa, llegamos a tu pieza.
―A lo mejor se llamó a sí mismo.
―También lo pensé.
Daniel abrió la puerta de mi dormitorio y la cama estaba deshecha con las sábanas caídas, fiel testigo de lo mal que dormí.
Se acercó a la cama y la miró por un largo rato.
―No dormiste con él.
―Eso es lo que te estoy diciendo.
―Sí, pero ahora estoy seguro que no pasó nada entre tú y él.
―¿Cómo lo sabes?
―Mira tu cama.
La miré y no vi nada.
―¿Qué tengo que ver?
Me giró y me dio un beso profundo, lleno de amor.
―¿Y eso?
―No te das cuenta, ¿verdad? Eso es porque eres demasiado inocente todavía.
―¿Ya? ¿Qué viste que te hace estar seguro?
―Que no vi ―recalcó el “no”.
―¿Qué no viste entonces?
―Sangre.
―¿Sangre? ¿Y por qué habría de haber sangre?
―Eres virgen, mi niña, y lo sigues siendo.
Creo que los colores se subieron a mi cara. Él se rio de su especial forma.
―¿Sabes? Cuando te vi acostada con él, pensé que él te había endulzado con sus palabras y tú habías caído, sin embargo, cuando despertaste así, con dolor de cabeza, mareada, con los ojos desorbitados... Supe que algo no andaba bien, me di cuenta que no querías acostarte con él, pero en cierta forma tenía miedo que hubieras sido abusada.
―Tú siempre has confiado en mí.
―¿Cómo no hacerlo si eres transparente? No hay dobleces contigo. Eres inocente con una inocencia poco usual en estos tiempos.
―Y no me conociste antes.
―Me imagino. A pesar del poco tiempo que llevo conociéndote, me he dado cuenta de que has madurado, el hecho de haber perdido a tu mamá y haber quedado sola, te hizo madurar.
―Sí. Tuve que cambiar toda mi vida. No es fácil. Todavía me hace falta mi mamá.
El aroma de mi mamá volvió a llenar todo como hacía mucho tiempo no lo hacía.
―Tu mamá sigue acompañándote, mi niña, y lo hará siempre. Solo espero que me dé su aprobación para estar contigo.
El olor se hizo más fuerte.
―Debe estar de acuerdo ―expresé.
―Ojalá.
Y me volvió a besar, con un beso tierno, posesivo y dulce, muy dulce, que hizo que mi cuerpo quisiera saber cómo sería convertirme en un solo ser con él.



domingo, 27 de agosto de 2017

¿Qué esperabas? Capítulo 42

Capítulo 42

El domingo fue un día de flojera total. Yo me levanté cerca de las dos de la tarde. Almorzamos los papás de Daniel, Daniel y yo, los demás seguían durmiendo. Después, nos fuimos a la sala, encendieron la chimenea y nos acomodamos a ver películas. Daniel y yo nos acostamos en el sofá grande y nos cubrimos con una frazada. La verdad es que en menos de quince minutos estaba dormida, porque no recuerdo nada.
Al despertar, mi pololo dormía. Busqué a los dueños de casa, pero no estaban allí. La televisión estaba apagada, lo mismo que la luz.
No tenía idea de la hora.
―¿Te puedes quedar quieta? ―me pidió con voz somnolienta.
―Perdón ―dije.
Por respuesta, me abrazó y me apegó a él, todavía estaba adormilado, pero eso no fue impedimento para buscar mi boca para besarla.
―¿Tienes frío? ―me preguntó al sentir que me estremecía bajo sus besos.
―No ―respondí sincera.
Gimió y profundizó su beso y sus manos me envolvieron más, como si pudiera, o quisiera, cubrir todo mi cuerpo con ellas.
―Te amo ―susurró en mi boca.
Yo ni pude respirar. Con su lengua recorrió toda mi boca, sus manos me apretaban cada vez más contra él, su cuerpo estaba pegado al mío... Por primera vez entendí eso que decían de ser mujer. Cada neurona de mi cuerpo me lo gritaba. Cada terminación nerviosa parecía despertar a nuevas sensaciones nunca antes vividas.
Me soltó de repente y saltó del sillón como impulsado por un resorte. Yo me quedé como vacía. Defraudada. Confundida. En realidad, no lo sabría explicar, pero no me esperaba eso.
―Lo siento, Cris, perdóname; me dejé llevar, yo no quiero... ―tartamudeaba―. No es el momento ni el lugar... Yo... De verdad, te respeto... Mucho... Pero despertar así... Lo siento, por favor perdóname.
Yo me senté con calma, todavía algo confusa, no entendía muy bien lo que había pasado ni de qué se disculpaba.
―¿Estás enojada?
―No, Daniel, no estoy enojada, ¿Por qué tendría que estarlo?
Me contempló y percibí cierta lástima en su rostro, sin entender la razón. Caminé hacia él, a paso lento, parecía que me tenía miedo.
―¿Tú estás enojado? ―le pregunté.
―No entiendes, ¿cierto?
No, no entendía, pero no lo admitiría, el problema era que no sabía qué debía decir.
Avanzó el paso que faltaba para terminar de acercarnos y tomó mi cara entre sus manos, se agachó un poco para quedar con su rostro justo frente al mío y buscó mis ojos.
―Te amo, lo sabes, y te deseo, pero no quiero, ni apresurar las cosas, ni hacer algo que no corresponda, y esto, claramente, no corresponde y, por tu expresión, tampoco es el momento, si ni te enteraste de lo que pasó.
―¡Sí me enteré! ―protesté.
Me dio un beso suave, dulce, sus labios rozaban los míos con ternura, con cariño. Igual todos los vellos de mi cuerpo se erizaron.
―Vamos a la cocina a comer algo, si seguimos aquí, no respondo por lo que pueda pasar.
Me tomó la mano y me tiró hacia fuera de la sala, sin embargo, yo lo detuve. Se volvió y me miró.
―¿Me vas a dejar?
―¿Qué?
―Eso, ¿vas a hacer lo de tu primo? ¿Acaso no soy suficiente mujer?
Hizo un gesto de desconcierto.
―Cris ―articuló―. ¿No entendiste? Pude tocarte, aprovecharme, no creas que no quise hacerlo, y te juro que me costó mucho no hacerlo, pero no es mi estilo, mucho menos contigo. Te amo y no voy a pasar a llevar tu inocencia por una calentura mía. ―No me esperaba esa confesión y él lo notó―. Sí, te lo digo así porque veo que no entiendes nada. Tú eres demasiado mujer como para acostarme contigo en un sofá. ―Sonrió avergonzado―. Sí, quizás en un tiempo más un sofá será el lugar ideal, como podría serlo cualquier otro, pero no ahora.
Pausa. Yo no supe que decir, para variar, y él me contemplaba con una expresión de adoración. Sentí que lo que me decía era verdad, que no iba a ser como con Miguel, que se fue sin decir nada, simplemente desapareció de mi vida y, cuando volvió, parecía no acordarse de nada.
―No te voy a dejar. Ni ahora ni nunca si tú no quieres alejarte de mí ―susurró.
Yo, por respuesta, me acerqué y lo besé, despacio y sin tanta maestría como él lo hacía.
―Vamos, linda, tengo que salir de aquí ―dijo como en un ruego.
Fui yo quien le tomó la mano y lo saqué de allí, segura que no era que no le había gustado besarme, al contrario, se tuvo que retener para no terminar en algo para lo cual yo no estaba preparada. En eso tenía razón.
En la cocina, los padres de Daniel tomaban mate y comían un pan amasado que desprendía un olor delicioso. Nos sentamos a la mesa. Carlos llegó justo después de nosotros. Rossana y Julieta lo hicieron poco después.
―Nosotros tomamos once y nos vamos, mañana hay que levantarse temprano ―anunció Carlos.
―Claro, hijo, lo sabemos.
―¿Qué hora es? ―pregunté, pues todavía no tenía idea, estaba oscuro ya.
―Las ocho y media ―respondió don Carlos.
―Yo pensé que era más tarde ―comenté.
―Es que dormiste toda la tarde ―se burló Julieta y solo bastó ese comentario para que comenzara el bullying hacia Daniel y a mí, hasta que llegó la hora de que mis cuñados se volvieran a la ciudad.
―Bueno, yo me voy a acostar ―indicó el padre y su esposa lo imitó.
Nosotros, como cada noche, acompañamos a Julieta a fumarse su cigarro. Al terminar, nos fuimos a dormir, pero yo no pude conciliar el sueño, en realidad, como había dormido toda la tarde, me daba vueltas y vueltas sin poder cerrar un ojo.
A la mañana siguiente, me desperté tarde, así que crucé apurada al baño y me di una ducha rápida. Al salir, Daniel venía saliendo de su cuarto.
―¡Me quedé dormida! ―le dije innecesariamente.
―Ya me di cuenta, pero si tenías sueño, podrías haberte quedado un rato más en la cama ―me dijo acercándose a darme un beso.
―No, no. Tú mismo dijiste, trabajo es trabajo.
―Sí, pero a veces cuando Sonia no se sentía muy bien, se quedaba acostada un rato más y después se iba a trabajar.
―Pero yo no soy así, no me gusta ser irresponsable, así que vamos, ya estoy lista.
Me fui a paso apresurado a la cocina.
―¿No vas a tomar desayuno? ―me preguntó.
―No. No. ―Ya era hora de irse y no podía hacerlo atrasarse más.
―¿Estás segura? Te puedo dejar las llaves de la camioneta y te vas más tarde.
―¿Sola? ―dije espantada.
―Pero si ya sabes manejar, todos los días te vas manejando tú a la oficina.
―¡No sola!
―Pero no te puedes ir sin desayuno, no quiero que te desmayes de fatiga.
―Puedo tomar allá, me llevo un pancito.
Me hice un sándwich y salí casi corriendo hasta la camioneta. Daniel me detuvo del brazo.
―¡Oye! Estamos atrasados, pero no tanto como para no alcanzar a darnos un beso.
Y dicho eso, me agarró con fuerza y me besó con su típica rudeza mezclada con dulzura.
Descartando aquella mañana en la que me desperté tarde, el resto de la semana fue sin novedades, incluso diría que fue hasta aburrida... Hasta el día viernes.
Ese fin de semana se celebraban las Fiestas Patrias en nuestro país, por lo que llegaron los hermanos de Daniel, todos, incluso Marisa con su esposo y sus hijos, una familia muy agradable, al igual que los demás. Ver niños jugando en la casa hizo cambiar el panorama, la casa era muy hogareña, sin embargo, con niños, la casa cobraba vida.
Esa noche vinieron también Miguel y Martina a visitarnos, Martina llegó con Mauro, con quien estaba viviendo desde hacía un tiempo.
Conversamos mucho rato. La hija recién llegada se emocionaba contando acerca de su casa, sus niños y de lo mucho que extrañaba el hogar materno; también Martina nos contó sobre su nueva vida, por lo que la hora se pasó muy rápido y ni cuenta nos dimos cuando ya eran las cuatro de la mañana.
―¿Se van a quedar aquí? ―preguntó el padre de familia a sus sobrinos.
―Si no les molesta y tienes espacio ―contestó Martina.
―Claro que espacio hay de más y nunca nos ha molestado tener a nuestros sobrinos en esta casa ―respondió don Carlos.
―Entonces nos quedamos.
Miguel no pareció muy contento, aun así, no dijo nada. Seguimos conversando mucho rato después. Nos fuimos a acostar casi al amanecer. Daniel y yo nos despedimos como cada noche en la puerta de mi dormitorio. Yo me entré, pero antes de diez minutos golpearon a mi puerta; pensando que era Daniel, abrí sin pensar, pero a quien me encontré no fue a mi pololo.

Era Miguel. 

¿Qué esperabas? Capítulo 41

Capítulo 41

La fiesta terminó en paz. Miguel no volvió a molestar. Ni siquiera nos dirigió la palabra nuevamente. Andaba enojado, pero eso no fue motivo para amargarnos. Al contrario, seguimos disfrutando de la fiesta hasta casi el amanecer, riendo con los que competían en payas, disfrutando con los folcloristas locales que cantaban y recitaban alegrando la fiesta, al final, terminamos cantando todos. Fue una noche muy divertida.
Al amanecer, los pocos que quedaban se fueron. Los hermanos Suárez y yo nos quedamos un rato más afuera conversando.
―Yo estoy feliz de que ustedes estén pololeando, yo caché altiro que mi hermano se enamoró de ti apenas te vio allá en Antofa ―comentó Julieta, feliz.
―Sí, se notó altiro que lo dejaste loco ―se burló Carlos.
―Igual a ti no te caí muy bien al principio ―expuse con sinceridad.
―No es que me hayas caído mal, pero mi hermano se enamoró de ti y tú lo mantenías en la friendzone, en cambio, Miguel chasqueaba los dedos y tú corrías. Eso me molestaba. No quería que mi hermano sufriera por tu culpa, por no amarlo.
―Hasta que ella se dio cuenta que también estaba enamorada de él ―intervino Julieta
―Sí, y me alegra que hayas decidido darle una oportunidad a mi hermanito ―agregó Rossana―, él te quiere de verdad y se nota que quiere jugársela por ti.
Daniel me abrazó de los hombros y me dio un beso en la cabeza.
―Yo me enamoré de ella apenas la vi y no fue en su casa el día de lo de su mamá, fue unos días antes, en el mall. Ahí la vi, creo que estaba a punto de llorar, se veía tan desvalida, tan triste... Y luego, un tipo la acosó. Casi me meto, pero no alcancé porque ella se defendió muy bien y cuando la volví a ver... Me terminó de conquistar ―terminó con mucha ternura.
―Bueno, yo no puedo decir lo mismo. Sí, no puedo negar que siempre me produjo algo, claro, al principio yo no entendía muy bien su actitud, pero cada vez, con sus detalles, con su forma especial de ser, con todo... Me conquistó ―dije yo.
―Lo importante es que ahora están juntos y te aseguro que nunca había visto a mi hermano tan feliz ―indicó Carlos.
―Claro que no estaban muy felices cuando llegó Miguel ―recordó Julieta―. ¿Qué pasó?
―Nada importante ―respondí―. Quería hacernos pelear.
―Qué mala leche ―expresó Rossana con molestia.
―Sí, pero no le íbamos a dar en el gusto ―repliqué.
―Eso dilo por ti, yo lo único que quería era darle un buen golpe y mandarlo a... ―repuso Daniel.
―No digas eso, mi amor ―corté con un beso―. Yo lo que menos quiero es que se peleen entre ustedes, mal que mal son primos.
―Sí, pero no hay punto de comparación. De mi hermano podrán decir que es mujeriego, amiguero, pero es un hombre honesto, decente, que no anda por ahí ocultándose para hacer daño; en cambio mi primo anda escondido por los rincones, haciendo daño a diestra y siniestra ―expuso Rossana con cierto grado de rencor, yo la miré interrogante―. Hilda es mi amiga de toda la vida ―me explicó― y él la engañó horrible, cuñada, él le prometió matrimonio y cuando quedó embarazada, él se fue y no volvió hasta que el niño ya había nacido. Ella pasó todo el embarazo llorando, esperándolo; según ella, él iba a volver.
Me quedé de piedra al oír aquello. O sea, que no solo a mí me había dicho que volvería. Él era así.
―A mí me costó mucho sacarle información de quién era el padre de su hijo. Miguel le había dicho que no comentara con nadie que ellos eran pareja, que nadie tenía por qué meterse en su relación. Si ella me hubiera dicho antes, te juro que yo lo habría acusado a mi papá o a mi tío que en ese tiempo todavía estaba vivo.
No supe qué decir. Miré a Daniel, él sabía que lo mismo había querido hacer conmigo, de no ser por Daniel y por su familia, quizás yo me habría lamentado por un embarazo no deseado.
―¿Qué pasa? ―preguntó Julieta.
―Lo mismo quiso hacer Miguel con Cris, quería estar con ella pero que nadie más supiera ―contó Daniel como si supiera lo que yo pensaba en ese momento.
―Me vas a disculpar, pero él se crio lejos de aquí, aquí los hombres no son así, al contrario, aquí el que no respeta a una mujer, se las tiene que ver con todos ―explicó Carlos.
―De no ser por ustedes, por su familia, creo que hubiera caído en las manos de Miguel, yo creí estar enamorada de él y hubiera dado todo por estar con él.
―Hilda piensa lo mismo ―reprochó Rossana.
―¿Sigue enamorada de él? ―interrogué asombrada.
―Sí, ella jura que él solo está confundido y que se va a dar cuenta que está enamorado de ella.
―Pero ¿él le sigue dando esperanzas?
―Él dice que no, pero siempre deja la puerta abierta.
―O sea le sigue dando esperanzas.
―Sí.
Me dio rabia, no por celos, más bien porque pensaba que esa mujer no se merecía que jugaran con ella. Además, le daba esperanzas a ella mientras me joteaba a mí. Era como que jugaba con ambas.
―Ya se nos quedó dormida ―se burló Carlos y salí de mis pensamientos.
―Perdón, me quedé pegada.
―Siempre, cuñadita ―se mofó Julieta.
―¿Vamos a dormir? ―propuso Daniel.
―Sí, ya es tarde ―respondió Rossana.
―O temprano ―aclaró Carlos.
―Claro, depende de cómo se mire ―aceptó su hermana.
Nos fuimos a acostar y las hermanas de Daniel se entraron de inmediato a sus piezas para dejarnos despedirnos a solas con su hermano.
―Que descanses ―se despidió y me dio un suave beso en los labios.
―Nos vemos más ratito ―contesté y le di otro beso corto.
Entonces, él tomó mi cara entre sus dos manos y acarició mis mejillas con sus pulgares.
―Te amo ―afirmó y me besó con un beso profundo, tierno y algo salvaje.
―Yo también te amo ―aseguré con confianza en su amor y en sus palabras.



¿Qué esperabas? Capítulo 40

 Capítulo 40

 Daniel se acercó con celeridad y me abrazó de la cintura.
―Hola, primo, viniste ―le dijo con un tono tirante.
―Hola, feliz cumpleaños ―respondió Miguel, hosco.
―Gracias.
La tensión casi se podía ver entre ellos como una cuerda que tiraba a cada uno a su lado.
―¿Y me vas a decir por qué tanta felicitación? ―me insistió.
―Estamos pololeando ―respondió Daniel por mí.
―¿Qué? ―preguntó incrédulo.
―Eso, empezamos a pololear, ¿no nos vas a felicitar?
Miguel ignoró a su primo.
―Es porque te dijo lo que pasó el otro día, ¿cierto? ―me preguntó de mal modo.
―¿Qué me tenía que decir? ―interrogué y miré a Daniel.
Daniel apartó la mirada de él y de mí.
―¿Qué me tenías que decir?
―Nada ―contestó Miguel―. Pero de seguro te metió cosas en la cabeza en contra de mí.
Esta vez fui yo quien ignoré a Miguel. Tomé el brazo de Daniel para que me mirara.
―¿Qué me tenías que decir? ¿Es por lo que llegaste tan mal el lunes?
No me contestó, era como si las palabras las tuviera atragantadas en la garganta.
―Dime, Daniel.
―¿Por qué te decidiste a pololear con él? ―me preguntó Miguel de una forma nada agradable.
―¿Por qué no iba a hacerlo? Yo estoy libre y él también.
―Sí, pero mira que hasta hace nada estabas perdidamente enamorada de mí.
―Tú lo dijiste, estaba, y tú no tienes nada que reclamar, nunca quisiste estar conmigo. Me aburrí de esperar por algo que jamás iba a pasar.
―Yo siempre he querido estar contigo, Cristi, pero tú nunca entendiste que yo no quería este tipo de parafernalia, todos saludándote y todos enterándose hasta de los más pequeños detalles.
―Querías todo como siempre a escondidas, ¿cierto, primo? ―articuló Daniel con gran dificultad.
―¡Cállate! ―amenazó en voz baja.
―Es mi casa y no me callo. ¿De qué tienes miedo? ¿Temes que Cris se entere de la verdad?
―¿Y tú no tienes miedo de lo que yo también pueda decir? ¿O quieres que le diga yo lo que hiciste ese día? ―advirtió.
―Creo que lo mejor es dejar esto hasta aquí ―intervine―. Es tu cumpleaños, Daniel, no es momento para discusiones. Vamos a bailar.
Mi pololo no se hizo de rogar. Caminamos al centro de la pista y bailamos el bolero que estaban tocando en ese momento.
Daniel no estaba cómodo y yo lo sabía.
Al terminar el baile lo llevé al otro extremo de la pista, donde estaríamos los dos solos.
―¿Qué pasa, Daniel?
―Nada.
―No digas que nada. Estás incómodo, enojado; ¿qué pasó el lunes que los puso tan mal a ustedes dos?
―Nada importante.
―Por favor, Daniel, los dos están como dinamita a punto de explotar por lo que pasó el lunes.
Entonces, solo entonces, me miró a los ojos.
―A lo mejor no deberíamos estar juntos ―expresó con dolor.
―¿Qué? ―pregunté con miedo.
―A que quizás yo no te merezco.
―No me puedes decir eso ahora, ¿ya no quieres pololear conmigo? ¿Vas a hacer lo mismo que tu primo?
―No es eso, Cris, yo jamás haría eso, pololear contigo y que todos lo sepan es lo que más quiero, pero yo no sabía, tú no me dijiste...
―¿Por qué mejor no me dices lo que pasa? Así podré juzgar yo si me mereces o no.
―¿Sabes lo que más rabia me da? Es que yo siempre he hecho las cosas de frente, te he dicho la verdad, nunca te he mentido; Miguel, en cambio, todo lo hace a escondidas, miente todo el tiempo, por lo mismo, todo el mundo cree que él es el niño modelo, el perfecto, el serio; yo, en cambio, soy todo lo contrario, soy el irresponsable, el mujeriego, aquel en el que no se puede confiar ―apostilló apresurado.
―Daniel... ―No supe bien qué decir, no entendía lo que me decía ni a dónde iba con ese discurso, solo sentía que era un tema doloroso para él.
―Te engañé, Cris.
―¿Cómo que me engañaste?
―Eso, te engañé. El lunes estuve con otra mujer.
―¿Qué?
Eso sí no me lo esperaba.
―El lunes. Después de juntarme con unos clientes, me encontré con Melinka, una amiga que conocí hace un tiempo en la ciudad. Conversamos, tomamos una cerveza y nos fuimos a un hotel de la carretera. Íbamos a entrar cuando me arrepentí. Pensé en ti, pensé en que, aunque tú no me habías dado esperanza, de todas maneras te veía más receptiva y más coqueta, más abierta a querer iniciar, en cualquier momento, una relación conmigo. Así se lo dije a Melinka, pero no entendió, hizo un escándalo afuera del hotel y en ese momento, apareció Miguel y vio mi discusión con Melinka, ella quería a toda costa acostarse conmigo y peleaba conmigo como una histérica.
―Y Miguel te vio ¿y qué te dijo?
―En realidad, casi nada, solo me hizo sentir como un gusano por engañarte.
―No debió.
―¡Claro que debió!
―Daniel, no me engañaste ―le aclaré.
―¿Qué?
―¿Cuándo empezamos a pololear?
―Ahora.
―Entonces. Antes de hoy, no había nada entre los dos. No tengo nada que recriminarte. Además, no te acostaste con ella.
―¿No estás celosa? ―me preguntó sorprendido.
Yo le regalé una sonrisa entre dientes.
―Mucho, Daniel, pero yo estuve entre tu primo y tú desde hace mucho rato, ¿quién soy yo para recriminarte a ti lo que hiciste antes de que yo me decidiera por ti? Te juro que no me siento orgullosa de lo que pasó ni de las discusiones que han tenido con Miguel, no estoy en posición de mirar la paja en tu ojo, si tengo un bosque entero en el mío.
―No digas eso, mi niña.
Me abrazó con su habitual dulce rudeza. Yo lo miré y le ofrecí mis labios. Quería que me besara, pero quería que naciera de él pues no estaba segura de si él quería o no seguir conmigo.
Me besó. Su beso de nuevo fue mágico. Una pequeña puntada de celos me molestó, pero en vez de soltarlo, enojada como fue mi primer impulso, lo besé con más ímpetu. Él respondió de igual forma.
―Una cosa te voy a advertir, Daniel Suárez ―expresé con determinación apartándome un poco de sus labios―, tú no vuelves a ver a esa tal Melinka.
Sonrió en mi boca y frotó su nariz con la mía.
―Nunca, mi amor, te lo prometo.
―Y no quiero que haya secretos entre tú y yo, quiero que ambos podamos estar seguros y confiados el uno con el otro.
―De acuerdo.
―Y quiero que si algún día tú no quieres seguir conmigo, me lo digas.
―Lo mismo tú ―respondió.
―Entonces, ¿seguimos pololeando? ―le pregunté sin vergüenza.
―Si mal no recuerdo, tú me lo pediste hace un rato y yo te dije que sí, eso quiere decir que estamos pololeando.
Entonces lo besé yo.
―No sé qué hiciste, Cris, pero desde que me miraste, me enamoraste.
―¡Mentiroso! ―ironicé.
―Es verdad, te vi y me embrujaste.
―¿Y eso le dices a todas las chicas que conquistas? Porque déjame decirte que eso es una técnica demasiado vieja y usada de Don Juan.
Largó una risotada suya tan propia.
―Te juro que esto jamás se lo dije a nadie, tú eres la primera y es lo más sincero que pude haber dicho nunca.
―Dime algo ―le pedí coqueta―, ¿cómo conquistabas a las chicas?
Sus ojos brillaron extraños.
―¿Para qué quieres saber?
―Quiero saber, si esa tal Melinka quería acostarse contigo a pesar de saber que no era nada serio...
Largó una risotada.
―¿De verdad quieres saber?
―Obvio.
―No sé qué hago. Simplemente se me da. No digo ni hago nada especial. ¿Contigo lo hice?
―¡Claro que sí! Cada detalle, cada cosa que hacías por mí, me fue conquistando. No fue algo específico, fue todo.
―Es que te demoraste en caer en mis garras ―se burló imitando a un cazador.
―No soy como las demás.
―Lo sé, y eso me enamoró de ti.

Nos volvimos a besar. No tenía duda, ese sí era el hombre de mi vida.