viernes, 11 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 5

―¿Qué pasa? ―me atreví a preguntar, aunque no estaba segura de querer escuchar la respuesta.
―Ten cuidado con mi primo, amiga, es mi primo y yo lo adoro, pero como primo ―aclaró―, como amigo, porque como hombre... deja mucho que desear ―advirtió―. Es un hombre mujeriego, mentiroso, tiene mucho carisma, sí, y las mujeres caen como hormigas en la miel, pero todas ellas quedan llorando después por su amor no correspondido y no me gustaría que jugara contigo también, tú eres mi amiga y no mereces que él se aproveche de tu vulnerabilidad, mucho menos en este momento tan triste que estás pasando.
―Qué bueno que me lo adviertes, amiga, porque a decir verdad se me ha insinuado y yo no... No sé; para serte franca siento que no estoy en condiciones de pensar en estar con alguien, pero a la vez me siento sola, ¿me entiendes?
―Sí, Cristi, te entiendo, pero no por eso te vas a meter con el primero que se te cruce por delante.
―No, sí sé, pero es que...
―¿Te gusta?
―Es encachado.
―Sí, sí eso lo sé, pero ¿te gusta?
―No sé, no sé, sí sé que me confunde.
―Pucha, amiga, ahora no sé qué decirte.
―No hay nada que decir, yo sé que no tengo que fijarme en él, es tu primo y...
―Es un vividor, Cristi, eso es lo que me da miedo. Yo estoy segura que cuando encuentre a su verdadero amor, todo va a cambiar, pero mientras tanto, solo juega y, créeme que nadie más feliz que yo si tú eres la horma de su zapato, pero no creo que sea posible.
―Ah.
―No digo que tú no seas capaz de enamorarlo, lo eres, pero muchas otras también lo fueron y sufrieron igual.
―Gracias, yo... Yo intentaré alejarme de él, te lo prometo. No estoy para sufrir más.
―No poh, y mi primo no puede pretender jugar contigo, precisamente en este momento.
―Conmigo no podrá.
―¡Claro que no! ―replicó con firmeza―. Será como con los hermanos Castro, que pretendían agrandar su lista de amantes con nosotras y bien en vergüenza los dejamos, ya no les quedó cara seguir burlándose de las chiquillas.
Nos reímos con ganas al recordar aquel episodio donde quedaron expuestos ellos en vez de las chicas a las que querían humillar.
―Cristi, amiga mía, no sabes lo feliz que me hace estar aquí ahora contigo, no me habría perdonado que estuvieras tan sola en un momento como este.
―Yo me alegro más, no sé qué hubiera hecho sin la ayuda de ustedes.
Me abrazó y yo a ella. Era lo más parecido a una hermana que jamás tuve.
―Bueno, vamos a ordenar un poco para irnos a almorzar con estos hombres más tarde.
Yo acepté, hacer las cosas me distraería de mi tristeza, sin embargo, no pude entrar al dormitorio de mi mamá; Martina lo entendió y no entramos.  
Una vez que terminamos de hacer aseo, le ofrecí ir a la suya, pero ella me dijo que estaban sus primos allá.
―¿Están solos? Por mi culpa... ―comencé a decir.
―Por tu culpa, nada. Ellos quisieron venir a conocer Antofagasta, estos días que hemos estado aquí, ellos pasean solos. Hoy día creo que se iban a San Pedro.
―Y estos días estuvieron metidos aquí ―murmuré con culpa.
―Ellos quisieron ayudar. Yo les dije que no era su obligación, pero ellos son muy solidarios, en el sur se suele ayudar siempre a los vecinos, aunque no los conozcamos.
―Igual que aquí ―ironicé, la gente del norte es un poco más arisca y fría.

A las doce en punto llegó Daniel a buscarnos en el auto de Miguel y nos llevó al Café del Centro. Tomaríamos algo antes de ir a comer. Nos sentamos afuera; aunque hacía frío, Miguel y Martina fumaban y querían estar en el sector de fumadores. Poco rato después, pasó una mujer que se sorprendió al mirar a nuestra mesa. Sonrió feliz y se acercó directo a Miguel.
―Miguel, tanto tiempo, ¿cómo estás?
Le dio un beso casi en los labios, ¿sería alguna ex? El estómago se me apretó.
―Slevanka, ¿qué tal? ―saludó algo incómodo.
―Aquí, como siempre. Sola. Hola, Martina ―saludó a mi amiga casi por compromiso.
Miguel asintió con la cabeza.
―Él es Daniel, mi primo, y ella es Cristina, una amiga de la infancia ―nos presentó, también por compromiso.
―Hola ―saludó amable y algo coqueta a Daniel, pero a mí me miró como si me quisiera fulminar.
―Ella es Slevanka Slatar, una antigua amiga ―nos explicó Miguel.
―¿Te vas a quedar algunos días o te va a ir pronto como siempre? ―le consultó ella con demasiada coquetería para mi gusto.
―Me voy la semana que viene.
―¡Qué bueno! Podríamos juntarnos uno de estos días.
Él no contestó.
―¿Mañana vamos a bailar?
―La verdad es que estamos de duelo, Slevanka.
―Lo siento, no sabía, ¿algún familiar?
―La mamá de Cristina.
―Ah, pero no es nada tuyo ―replicó molesta.
―Nos criamos juntos, casi como hermanos, su mamá y la  mía fueron muy amigas.
―Ah ―contestó simplemente.
―Bueno, nosotros ahora nos vamos a ir a almorzar. Permiso ―le dijo como si la quisiera echar.
―¿Me invitas? Así no como sola ―volvió a coquetear.
Miguel nos miró y tanto Martina como Daniel aceptaron; a mí no me pareció buena idea, no me había gustado nada esa mujer, pero bueno, ella era su amiga y yo no tenía nada qué decir, nada qué opinar.
Nos acompañó.
A la vuelta del Café había un restaurant y allí entramos. Martina se adelantó y subió a la terraza, allí se sentó en una mesa en el centro del local. Los otros la siguieron felices, A decir verdad, yo me sentía incómoda, mi carácter un poco tímido y la situación que estaba viviendo, no me dejaba sentirme muy bien.
La mano de Miguel en la mía me hizo mirarlo.
―¿Más tarde quieres acompañarme? ―me consultó con voz suave.
―Claro, ningún problema, ¿a dónde?
―Ya lo verás.
―Si es sorpresa... ―Sonreí.
―Bueno, ¿y cuándo nos juntaremos los dos solos? ―reclamó la tipa.
―No lo sé, tengo muchas cosas pendientes y no sé si tendré tiempo.
Otra vez esa mirada de metralleta. Me pareció que ella estaba enamorada de Miguel y por un momento quise cederle la invitación que me había hecho a mí para que, en ese rato, fuera con ella a cualquier lugar, pero justo la miré cuando hacía un gesto de desagrado a mi amigo y me di cuenta que amor no sentía por él, tal vez, pensaba que tenía dinero y solo quería conseguir eso. De todos modos, era una arpía a quien había que sacar del camino. Apreté su mano, que todavía estaba en la mía, y la acaricié con mis dedos; claro que mis dedos se perdían en los suyos. Yo tenía manos de muñeca, siempre me lo decían.
Entonces, quien se puso celoso fue el primo de mis amigos, Daniel, que me miró con reproche. Yo no retiré mi mano, prefería darle explicaciones a él más tarde, que soportar que la arpía siguiera metiéndosele por los ojos a Miguel.
Al terminar el almuerzo, la situación se tornó un poco rara, era como que mis amigos se quisieran ir, pero no sabían qué hacer con la invitada de piedra.
―¿A qué hora vamos a ir? ―me atreví a preguntar para cortar un poco la incómoda situación.
―Vamos altiro ―respondió.
Slevanka emitió un bufido molesto.
―Vamos, primo, ¿me acompañas al Mall? ―le preguntó Martina a Daniel.
―Claro, primita, vamos ―contestó con algo de sorna y, algo burlesco, miró a la convidada y se levantó―. Un gusto conocerte, Eslovenia.
―Slevanka ―corrigió ella.
―Eso, soy remalo para los nombres. ―Daniel tenía el típico sonsonete sureño y debo admitir que me dio un poco de risa, sobre todo porque la tipa se enfureció, pero intentó mantener la compostura.
Nos separamos. Martina y Daniel bajaron al mall, y Miguel y yo caminamos a un estacionamiento por Baquedano.
Me llevó a Mejillones. Hacía muchos años que no iba a ese lugar. Nos detuvimos frente a la iglesia Corazón de María y allí se estacionó.
―¿Te acuerdas cuando vinimos para acá cuando éramos chicos? ―me preguntó.
―Sí, tu papá nos invitó a mi mamá y a mí para conocer.
―Él la quería mucho, para él, tu mamá era como su hermana.
―Sí, siempre la quiso y la respetó mucho.
―Sí. Y me acuerdo... que en esa ocasión... ―habló como si me estuviera regañando―. Tú... te escapaste y te perdiste.
―¡Yo no me perdí! ―protesté―. Ustedes se perdieron.
―¿Nosotros? ―Se rio con ganas.
―Sí, pues, ustedes se perdieron, yo sabía que estaba en la iglesia. Yo les dije que quería ir.
―Sí, nos asustaste mucho. Martina nos dijo que lo más seguro es que estuvieras allí, que te gustaban mucho las iglesias.
―Sí, me llamaban mucho la atención.
―Eso no quitó nuestra angustia.
Me abrazó como si recién me hubiera encontrado después de mucho tiempo de buscarme.
―¿De verdad tú te preocupaste?
―Mucho.
―¿Aunque fuéramos molestosas?
―Sí.
Me separó un poco y me miró a los ojos un buen rato. Tenía unos lindos ojos verde oscuro, Un color extraño y llamativo para su morena piel.
―En realidad no eran molestosas; eran juguetonas, divertidas. Me encantaba verlas corretear por ahí o llegar a mi lado a mostrarme su nueva coreografía.
Creo que me puse roja recordando. El rio con más ganas que antes.
―Les encantaba bailar y cantar.
―Mejor no hablemos de ese tema ―repliqué total y absolutamente avergonzada.
Me tomó la mano, iba a comenzar a caminar hacia el hermoso edificio, pero yo me resistí.
―¿Qué pasa? ¿No quieres entrar?
―No ―respondí lacónica.
―¿Por qué?
―Porque ya no quiero nada con Dios.
―¿Y eso? A ti te gustaba mucho participar en la capilla y te gustaba mucho eso de los Santos y de la Virgen.
―Ya no.
―¿Por qué?
―Porque me ha hecho sufrir toda la vida y ahora me quitó a mi mamá.
―No digas eso, Cristi.
En ese momento, fui yo la que me abracé a él y me largué a llorar. Él no dijo nada, solo me abrazó fuerte y acarició mi cabello. Creí que mi llanto sería eterno, que no podría parar, pero duró menos de lo que pensé. En realidad, duró menos de cinco minutos.
―Lo siento ―gemí.
―No, no te disculpes, Cristi, acabas de perder a tu mamá, es lógico que estés así, es muy doloroso, pero te prometo que cada vez será menos, después solo recordarás los buenos momentos con ella.
Le tomé la mano y caminé en dirección a la playa. Y allí nos sentamos, frente a la casa de la Capitanía de Puerto.
―Estoy pensando en irme de esa casa ―le comenté.
―¿Irte? ¿A dónde?
―No sé, esa casa es demasiado grande para mí sola y tiene demasiados recuerdos.
―¿Estás segura?
―Sí, es muy triste seguir allí, la quiero vender.
―No tomes decisiones apresuradas, todavía es muy pronto para que sepas qué hacer.
―Ustedes también van a vender su casa.
―Es diferente.
―¿Por qué? ―Hasta a mí me sonó a capricho.
―Porque tu pérdida es muy reciente y esa casa es todo lo que tienes. Nosotros, por el contrario, lo pensamos muy bien, no solo ahora, desde hace mucho tiempo, además, tenemos una vida lejos de aquí.
―Tal vez haga mi vida en otra parte.
―Si te quieres ir, hazlo, pero no vendas tu casa, no todavía.
―Para irme necesito vender, no tengo dinero de sobra para hacer mi vida en otro lado de la nada.
―Yo te puedo ayudar, pero no vendas tu casa, no todavía. Este barrio, con los años, ha ganado en valor, todavía es tu casa, es la casa en la que te criaste. No dejes que la tristeza del momento haga que tomes decisiones precipitadas.
―Tomaré tu consejo.
Me sonrió. Se levantó y tomó mis manos para levantarme. Quedamos muy cerca el uno del otro. No me moví. Los recuerdos que quise esconder por más de seis años, volvieron a aparecer.
―Cristi... Te extrañé mucho ―susurró.

Deseé que me besara.

¿Qué esperabas?

Capítulo 4

Cuando pensaba que el dolor o la tristeza no podían ser mayor, la realidad me daba un puñete en plena cara.
Volver a la casa vacía. Saber que ella ya nunca más me esperaría, que ya no tendríamos aquellas largas conversaciones, que ya no iríamos a la feria juntas...
―¿Quieres que me quede contigo esta noche, amiga? ―me preguntó Martina después de almuerzo, que fue como a las cinco de la tarde.
―No, ya se han tomado demasiadas molestias por mí. Muchas gracias por todo lo que han hecho.
―No tienes nada que agradecer, yo me alegro de haber estado aquí, habrías pasado todo esto sola.
―Yo lo agradezco más, Martina, de no ser por ustedes no creo que hubiera sido capaz de soportar...
―Amiga...
Me abrazó. Yo quería llorar, pero ya no podía. No me quedaban lágrimas.
―Voy a ir a buscar mi ropa, mi pijama, y vengo para quedarme contigo ―indicó―. ¿Me acompañas?
Yo negué con la cabeza, no quería moverme.
―Yo te acompaño ―dijo Miguel.
―Vayan ustedes, yo me quedo con ella hasta que vuelvan ―ofreció Daniel.
Martina se agarró del brazo de su hermano y se fueron. Daniel puso una silla frente a mí y tomó mis manos.
―Escucha, Cris, puedes contar conmigo para lo que quieras, yo voy a estar un tiempo más aquí antes de volver al sur.
Yo bajé la cabeza, sabía que ese momento llegaría en algún minuto, pero no quería pensar en ese momento.
―¿Por qué no te vienes con nosotros? ―volvió a hablar―. ¿Qué te vas a quedar haciendo aquí sola?
―Gracias, Daniel, te agradezco tu apoyo, pero yo no conozco el sur, no conozco a tu familia.
―Pero me conoces a mí y a mis hermanos, que es lo mismo.
―¿Y qué haría yo allá?
―No quedarte sola aquí.
―No sé, apenas me conoces...
―Sí, pero mira.  Te voy a hablar claro, Cristi, tal vez no es el momento adecuado, a lo mejor me vas a mandar a freír monos al África, pero tengo que decírtelo. Tú me gustas, mucho, y no quisiera que te quedaras sola aquí, quiero apoyarte, estar contigo en estos momentos tan difíciles para ti. Quiero ser tu amigo...
―Daniel ―rogué, yo no estaba para eso en aquel momento.
―No tienes nada que decir, no ahora, piénsalo, yo te quiero bien.
¿Quiero? Me conocía hacía dos días, ¿y ya me quería? Fue lo primero que pensé al escucharlo hablar así y no supe qué decir.
Se acercó como para besarme.
―¿A ver? ¿Qué pasa aquí? ―preguntó Martina entrando.
―Nada, solo hablábamos ―se apresuró a contestar.
―Ah, ya ―replicó Martina con algo de censura.
―Deberíamos irnos ―habló Miguel―, han sido días largos y hay que descansar.
Me largué a llorar sin querer. No quería quedarme sola. Martina se quedaría aquella noche, ¿y las otras? Además, igual las dos solas...
―¿Quieres que me quede a acompañarlas? ―ofreció Daniel.
―Podrían quedarse los dos. Pero duermen en la sala ―aclaró Martina.
―Obvio, si es solo para cuidarlas ―accedió Daniel.
―Es que no tengo más camas, solo la de mi mamá.
―No te preocupes, traemos unos sacos de dormir de la casa.
―Mejor un colchón que es más cómodo ―propuso Miguel no de muy buena gana.
―No tienen que quedarse ―dije para liberarlo de la carga de acompañarme―. Ya han hecho demasiado por mí.
Miguel levantó la cara y me miró con una expresión extraña que no pude definir.
―No te preocupes, no te dejaremos sola, sabemos lo que estás sintiendo, aunque es diferente, porque mal que mal, con mi hermana nos teníamos el uno al otro.
―Tú estás sola, amiga ―agregó Martina.
―No sé cómo podré agradecerles todo esto que están haciendo por mí.
―No tienes nada que agradecer―afirmó Miguel―, hemos sido amigos toda la vida.
Sonreí y recordé cuando su hermana y yo éramos chicas.
―Bueno, no era que tú nos tuvieras mucha paciencia ―acoté.
Los tres nos echamos a reír. A decir verdad, nosotras éramos bien odiosas y siempre lo estábamos molestando.
―Yo les tenía mucha paciencia, pero ustedes me llevaban al límite. Eran odiosas hasta decir basta ―explicó risueño.
―Agradece que crecimos y no te molestamos más ―dijo su hermana.
―Menos mal, porque ahora no les tendría paciencia.
―Sigues teniendo paciencia, sino, no estarías aquí ―expresé con agradecimiento.
Me devolvió una dulce sonrisa.
―Esto no es paciencia, Cristi, yo te dije, tú eres nuestra amiga de toda la vida y no te dejaremos sola.
Yo correspondí a sus palabras con un abrazo. Miguel siempre representó, para mí, mi hermano mayor, un refugio, un verdadero amigo... Y algo más.
―Bueno, creo que debemos ir por el colchón, primo ―nos interrumpió Daniel.
―Sí, claro ―contestó Miguel.
Martina y yo quedamos en la casa, apartando los muebles para que los hombres se acomodaran. A decir verdad, a mí me daba vergüenza que ellos tuvieran que quedarse conmigo, pero prefería pasar la vergüenza antes que quedarme sola.
―Listo, trajimos un colchón y algunas frazadas ―anunció Daniel entrando.
―Bueno, será hasta mañana, entonces ―dijo Martina.
―Claro. Buenas noches, que amanezcan bien ―se despidió Daniel.
―Si necesitan algo, solo llamen ―indicó Miguel.
―Buenas noches ―atiné a decir.
La noche pasó lenta. Apenas pude dormir. Despertaba cada cuarto de hora. Echaba de menos a mi mamá y pensaba en que no quería que llegara el día en que quedara sola, porque Martina y Miguel no podrían seguir siempre conmigo, peor todavía, ellos tenían que volver al sur. Y ahí sí que quedaría sola.
Pasadas las cinco me levanté a tomar agua. Había despertado llorando, soñé con mi mamá y ya no quería volver a dormir.
―¿Te sientes bien? ―Daniel estaba sentado a la mesa de la cocina.
―Sí, vine a tomar agua, no más.
―Ya. ¿Te vas a acostar de nuevo?
―Es temprano todavía ―dije sin convencimiento.
―¿Por qué no conversamos? No tienes cara de querer acostarte.
―¿Tú no tienes sueño?
―Estoy acostumbrado a levantarme a esta hora.
―Ah, claro, en el campo el día empieza mucho antes.
―Sí, hay que aprovechar las primeras horas de la mañana.
―Me imagino.
―¿Quieres un café? ―me preguntó.
―Sí, sí, voy a preparar.
―No te preocupes, yo lo hago. ―Fue muy diestro en preparar café, ni siquiera me preguntó dónde estaban las cosas; claro, él y sus hermanos se hicieron cargo de todo en el velorio de mi mamá. Luego de servirlo, se sentó a la mesa conmigo.
―¿Cómo dormiste?
―Mal. Tuve pesadillas toda la noche.
―Es normal, dadas las circunstancias.
―Sí, lo sé, pero es tan difícil.
―Cristi... ―Tomó mis manos―. Yo sé que no es el momento, tú ya me lo dijiste, pero ¿qué vas a hacer después que nosotros nos vayamos?
―No sé, Daniel, no tengo idea ―la voz se me quebró, ese era mi mayor temor.
―La semana que viene nos vamos y ¿qué vas a hacer?, ¿te quedaras aquí sol, llorando por los rincones? ―indicó con aplastante sinceridad.
Yo me quedé callada. ¿Qué podía decir? Yo no quería quedarme sola, pero tampoco me sentiría cómoda si me fuera con ellos.
―Tú eres especial, Cristi, por eso no quiero dejarte sola.
―Apenas me conoces ―repliqué, él seguía insistiendo con lo mismo.
―Lo tengo claro, pero eso no quita que te vea como alguien especial. Ven con nosotros al sur.
―¿Al sur? ¿A qué?
―Para que no te quedes sola, además, así nos podemos conocer más y tú y yo, tal vez... podamos iniciar algo.
―No lo sé, Daniel, no estoy en este momento para pensar en estar con alguien, además, ¿qué haría yo allá? Tengo que trabajar y de campo yo no sé nada.
―Allá siempre hay trabajo y si no, pues tú serás mi invitada.
―No sé, Daniel, no niego que es una invitación muy tentadora, pero no creo que deba hacerlo, no quiero darte falsas esperanzas.
―¿Estás enamorada de alguien más? ―preguntó sin molestia.
―No ―mentí― y no quiero enamorarme.
―No te pido que te enamores, solo quiero una oportunidad.
Suspiré. Él tomó mi mano y la acarició con sus dedos.
―Daniel...
―Tranquila, Cris.
Yo sabía que no debía estarlo. Lentamente, se fue acercando a mí para besarme. Yo me aparté.
―No, Daniel.
―Déjate llevar, todo está bien.
―No... ―Pero no pude evitar sentir esa cosquilla en el estómago.
―¿Y ustedes? ―Martina estaba parada en la puerta de la cocina.
Yo me levanté, necesitaba apartarme de Daniel.
―Nada. Ninguno de los dos podía dormir. Bueno, yo me desperté temprano cómo es mi costumbre y tu amiga no podía seguir durmiendo.
―Me voy a tomar un café ―dijo sin más, encogiéndose de hombros.
Entró a la cocina y puso a calentar el agua del hervidor. Parecía molesta.
―¿Y mi primo todavía duerme?  
―No está, ¿no lo vieron salir?
―No, ¿no está en el baño?
―No, yo vengo de allá.
―Qué raro, no lo oímos y yo cuando me levanté, él seguía durmiendo.
Yo me mantuve callada, segunda vez que Martina llegaba justo antes de que Daniel me besara y eso me hacía sentir incómoda, como si estuviera abusando de su ayuda.
Miguel apareció en ese momento con el pan.
―¿Y tú? ¿Te habías perdido? ―lo interrogó Martina en cuanto lo vio.
―No, fui a bañarme y a cambiarme de ropa, pasé a comprar el pan para tomar desayuno. Tengo que salir más tarde ―se excusó.
―Tomemos desayuno entonces ―acepté yo.
La verdad es que el desayuno transcurrió muy agradable. Yo quería salir a buscar trabajo, pero no me sentía con ánimos.
―Me voy, vuelvo a la hora de almuerzo, ¿van a cocinar aquí o quieren que vamos a otra parte? ―preguntó Miguel antes de irse.
―No sé, me da lo mismo ―contesté.
―Vamos a otro lado, ¿te pasamos a buscar? ―propuso Martina.
―Bueno ―aceptó Miguel―. ¿Nos encontramos en el Café del Centro?
―Supongo que si nos invitas, es porque tú pagas, hermanito ―preguntó mi amiga, melosa.
―Por supuesto.
Yo salí de la cocina. Me sentí sola. Cuánto deseaba en ese momento tener un hermano como Miguel. A alguien que estuviera a mi lado, a alguien permanente, porque ellos estaban conmigo, pero como me había dicho Daniel, en una semana se irían y yo me quedaría más sola que nunca.
Miguel puso sus manos sobre mis hombros, por mi espalda.
―¿Qué pasa? Si no quieres salir, no hay problema, podemos venir para acá.
―No, no es eso.
―¿Entonces?
―Nada.
Me giró para que lo mirara.
―Cristi, dime la verdad, somos amigos desde siempre y eso no cambia porque nos separamos por un tiempo.
―¿Qué quieres que te diga?
―Que no quieres salir conmigo ―respondió apuntándose la cara.
Yo negué con la cabeza.
―¿Crees que me molestan tus marcas?
―No serías la primera.
―Tú mismo dijiste, somos amigos de toda la vida y ambos fuimos amigos de Nelson y fuimos testigos de lo que pasó.
―No te niego que a veces me dan ganas de seguir sus pasos.
―¡No lo digas ni en broma! ―exclamé con reproche―. Nelson se quemó por salvarme y luego se suicidó. ¿Cómo crees que me he sentido todos estos años? Todos sus amigos lo extrañamos, lo lloramos mucho tiempo, ¿o se te olvidó? ―Las lágrimas amenazaban salir a chorros de mis ojos.
―Lo siento, perdona, si no lo hago es precisamente por él.
―No vuelvas a decir eso, ¿quieres?
Me abrazó a él, en tanto yo intentaba controlarme para no llorar.
―Nunca, jamás, te lo juro ―respondió con sus brazos y manos cubriendo casi todo mi cuerpo.
―¿A qué hora tienes que irte, primo? ―nos interrumpió Daniel―. ¿Me voy contigo al centro? Tengo que comprar algunas cosas.
―Sí, sí, ya me tengo que ir. ―Me soltó no del todo y me miró―. ¿Estarás bien?
Asentí con la cabeza.
―Nos vemos a la hora de almuerzo.
―Claro ―articulé apenas.
Me dio un beso en la frente, se despidió de su hermana con un beso en la mejilla y salió. Daniel le dio un beso a Martina en la cara y luego tomó mi cara entre sus manos.
―Tranquila, ¿sí? Las paso a buscar a las doce y media.
―Ya ―respondí en un murmullo.

Me besó muy cerca del labio y se sonrió. Cristina miró con reprobación en su mirada.

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 3

¿Hay algo peor que ver morir a tu mamá? Sí. Tener que hacer los trámites para su entierro. Y, al ser su única pariente, me tocó hacerlos a mí. Debo decir que no estuve sola. Mi amiga Martina me acompañó en todo momento junto con su primo. El doctor al que llamó Daniel, dio el certificado, lo de mi mamá fue un ataque cardíaco, por lo que no consideró necesario llevarla a un servicio médico, así que ellos me acompañaron a tramitar los papeles, a ver el cementerio. En unas horas ya estaba todo listo. La funeraria, el cementerio, los documentos... Fue un proceso horrible.
Mi mamá era una mujer muy querida por todos en el barrio, por lo que llegó mucha gente a acompañarla. La velamos en mi casa. Yo no me moví del lado del féretro durante mucho tiempo.
―Amiga, tienes que sentarte y descansar ―me sugirió Martina.
Yo asentí a desgano porque sabía que eso tenía que hacer, no por otra cosa. Ella se sentó a mi lado sin decir nada. Solo me abrazó de los hombros.
―Ya ―dijo un joven que venía entrando con unas bolsas y se detuvo frente a Martina. Detrás venía con dos mujeres y otro hombre.
―Vamos a la cocina ―respondió mi amiga―. Quédate tranquila, yo ya vengo, voy a preparar unas cositas para la gente.
Para mí, aunque la entendía, estaba hablando en chino.
Quería seguir llorando y no podía, ¿por qué a veces se secan las lágrimas, pero no el llanto?
―Hija...
Alcé la mirada y el rostro de esa mujer el último que quería ver.
―¿Que quiere? ―le pregunté molesta.
―Zoila era mi hermana―respondió lacónica.
―No, ella dejó de ser familia de ustedes cuando mi papá nos abandonó, ¿o se les olvida? ―le hablé no solo a esa mujer, también a sus hijos que la acompañaban.
―Aun así ―replicó.
―Aun así, ¿qué? ¿Qué saca con venir a verla en un cajón si su ausencia en vida fue lo que apuró su muerte?
―No es verdad.
―Que la madre de uno la rechace debe ser uno de los peores dolores que una persona pueda sentir. Y toda su familia le dio la espalda.
―Ella tuvo la culpa, si tu padre se fue...
―Si mi padre se fue, fue porque él quiso.
―¡Ella lo engañó! ―exclamó en voz baja.
―Yo no lo creo, pero aunque así hubiera sido, eso no le daba derecho a él de abandonarnos, de abandonarme a mí; ni a ustedes de rechazarnos. Ella era la de la familia, no él.
―Menos mal que no vino mi mamá, tu abuela está muy enferma y no puede pasar malos ratos.
―Mi abuela murió cuando yo tenía siete años, no sé de qué abuela me habla.
―No digas eso.
―Lo digo y lo afirmo, señora, por favor, váyase, no tiene nada que hacer aquí.
―Sigues enojada con nosotros.
―Y ahora más que nunca, señora, ahora que viene, cínicamente, a su velorio, como si alguna vez ella le hubiese interesado.
―Yo la quería, era mi hermana.
―Poco se notó.
―Mi mamá está enferma, no puedes tratarla así ―intervino uno de mis primos, ya ni me acordaba de su nombre.
―Pues entonces no debió venir. Váyase.
―¿Me estás echando? ―me preguntó mi la mujer.
―Sí, no la quiero ver aquí ni a usted, ni a sus hijos.
―No me puedes echar del velorio de mi hermana.
―Es mi casa y aquí admito a quien se me da la gana, aunque sea el velorio de mi mamá.
Uno de los hijos de esa mujer se la llevó sin decir nada más. La Martina se acercó a mí y me abrazó.
―Tranqui, amiga, ya se fueron ―me dijo.
Aunque le dije a ella todo lo que tenía adentro, no puedo negar que bien no me sentí. Mi mamá sufrió mucho por el rechazo de su familia, incluso en más de una ocasión buscó a su mamá, pero mi abuela no quiso saber nada de ella.
―Amiga, mira, tómate este café, te hará bien ―me ofreció una taza que otra chica le entregó.
Tomé un sorbo y recapacité.
―Hay que darle café a la gente, hace frío y...
―No te preocupes, amiga, mis primos ya se están haciendo cargo.
―Pero no, si eso lo tengo que hacer yo.
―No estás en condiciones, no te preocupes, ellos se ofrecieron a ayudar.
―Muchas gracias. No sabes lo que me alegra que estuvieras aquí.
―Siempre las cosas pasan por algo.
Asentí con la cabeza y me tomé el café en silencio. Tenía ganas de gritar, de llorar, de patalear en el suelo, de tirar todo lejos, pero no tenía fuerzas, ya ni siquiera podía llorar.
Los vecinos, debo decir, se portaron muy bien conmigo. Se juntaron y me entregaron dinero, el que me venía muy bien para el funeral de mi mamá. Morirse es caro en este país.
Unas horas más tarde, entró mi perseguidor; aunque hacía días que no lo veía, de todos modos, lo distinguí. Martina se abrazó llorando a él, que la acogió muy bien en sus brazos. Viéndolos así, en ese momento supe quién era la chica pelirroja que estaba con él aquel día en el negocio. ¿Serían pololos? No lo creía, ella me dijo que no andaba con nadie y no quería tampoco.
―Cris, ¿te acuerdas de mi hermano? ―me preguntó Martina llegando a mi lado de la mano con el recién llegado.
―¿Miguel? ―Quedé sorprendida.
―Así es ―afirmó él con una débil sonrisa.
―Disculpa, no te conocí.
―Es entendible ―respondió algo incómodo.
Me levanté de mi silla y lo abracé. De niños éramos casi inseparables. Yo a él lo dejé de ver hacía seis años, mucho antes de que se fueran.
―Siento mucho lo de tu mamá ―me dijo al oído.
―Y yo lo de la tuya, me enteré hace unos días por la Martina.
―Gracias, no es fácil cuando se va la mamá.
―No ―gemí y pude volver a llorar al fin. Necesitaba hacerlo.
Miguel no me soltó, al contrario, me abrazó más fuerte.
―Llora, Cristi, eso te hará bien.
―Gracias por estar aquí ―sollocé sincera.
La noche estuvimos acompañados de mucha gente, a pesar del frío, llegaron muchos vecinos. Los jóvenes de la capilla en la que ella participaba activamente también se reunieron en mi casa y desde la una de la mañana, cantaron canciones de la iglesia muy bonitas, hasta que aclaró. A las siete, una de las niñas guio el rosario cantado. Me sentí muy acompañada. No podía tener mejores vecinos.
A las nueve de la mañana, mi amiga me mandó a dormir un rato, por la noche no había querido ir y ella, con sus primos y Miguel, se turnaron para acompañarme.
―Duerme, nosotros nos quedaremos aquí ―insistió Miguel.
―Pero ustedes no han dormido casi nada tampoco.
―Sí, dormimos por turnos, anda a descansar.
―Yo te acompaño, amiga ―ofreció Martina.
Creo que, o tenía sueño, o me dieron algo, porque me dormí enseguida, ni recuerdo cómo. Desperté a la una y media.
―Hola ―saludé a Miguel que estaba al pie de la escalera.
―¿Descansaste? ―me preguntó pasando su brazo sobre mis hombros.
―Sí, gracias.
―Confirmaron la hora del cementerio ―me informó―. Mañana a las diez.
―Queda solo una noche. ―Me volví hacia él y hundí mi cara en su pecho―. No sé si quiero que esto termine luego o no termine nunca.
―Te entiendo.
Nos quedamos en silencio un rato.
―¿Y la Martina? ―pregunté.
―Fue a comprar.
―Si quieren irse a su casa...
―No digas tonterías, no te vamos a dejar sola.
―Gracias, no sé qué hubiera hecho sin ustedes.
―Yo me alegro de estar aquí.
―¿Miguel? ―me aparté un poco para mirarlo.
―Dime.
―¿Te puedo hacer una pregunta?
―Claro, la que quieras.
―Ese día que nos vimos en el café, ¿me conociste?
―A decir verdad, te me hiciste cara conocida, pero no recordaba de dónde, estabas tan enojada que parecías mayor, por lo que no se me ocurrió que fueras alguien de aquí, después de que se te dio vuelta, ahí me acordé, pero al parecer tú no me reconociste. Y claro, es lógico, ¿no? ―dijo apuntándose la cara con la mano.
―Ese fue el día que no debí levantarme.
―¿Por qué?
―Quedé sin trabajo porque no cumplí con los requerimientos de mi jefe.
―¿Te acosaba?
―Llevaba un tiempo haciéndolo, sí.
―Hay hombres que no deberían llevar ese nombre.
―Sí, por suerte no todos son iguales.
―Qué bueno que pienses así.
―Mi mamá siempre me lo decía. No debía dejarme llevar por una mala persona para juzgar a todas.
―Sabia tu mamá.
―Sí ―gemí, ahora no tendría su sabiduría en mi vida.
Miguel no dijo nada. Solo me abrazó.
―Miguel, Martina necesita tu ayuda en la cocina. Anda, yo me quedo con Cristina ―le avisó Daniel.
Mi amigo me miró y puso ambas manos en mis hombros.
―Ya vuelvo, ¿sí? ―me dijo con ternura.
―Claro, no te preocupes.
Daniel me acompañó a una silla cerca del féretro. No duré ni un minuto, me levanté y me acerqué al cajón, quería comprobar que mi mamá estaba allí, todavía no me lo creía.
―Debes comer algo, Cristina, ven a sentarte.
Me di la vuelta, pero un mareo casi me hace caer. Daniel me afirmó con presteza y me ayudó a sentarme.
―¿Lo ves? Debes comer.
―Es que no tengo hambre.
―Tienes que hacer un esfuerzo, niña. Yo sé que es difícil, pero tienes que ayudarte.
Yo no quería estar bien. Quería morirme. Esa era la verdad.
Daniel hizo un gesto extraño y me abrazó con fuerza, no violento, pero sí algo bruto. Y así me mantuvo un rato. Debo confesar que me sentí muy bien allí. Protegida y acompañada.
 Pasado un rato, Daniel me llevó a sentarme. Él se agachó frente a mí y tomó mis manos.
―No conocí a tu mamá, pero debe haber sido una excelente mujer, a juzgar por la cantidad de gente que ha venido y la ha llorado.
―Sí, era muy querida, ella era generosa con su tiempo, los pocos recursos que tenía y con su corazón. Tenía un corazón gigante para albergar a todos.
―Debe estar al lado de Dios ahora.
―Eso espero.
Cerré los ojos, estaba cansada.
―¿Quieres un café, té o bebida? ¿Algo para comer?
―No, gracias, no tengo ganas de nada.
―Pero tienes que comer algo.
―No podría comer.
Martina llegó con un café con leche exquisito.
―Toma, amiga, sé que no quieres comer nada, pero toma esta leche al menos, necesitas tener fuerzas.
―Gracias.
Daniel recibió la taza por mí.
―No te preocupes, prima, yo me encargo que se la tome.
―Bueno ―aceptó Martina con un tono extraño en su voz y se fue a ayudarle a su prima a servir café a los vecinos.
Desde ese momento, Daniel casi no se separó de mí. Solo en el atardecer se fue a su casa a descansar un rato y a ducharse. Martina ocupó su lugar.
―¿Cómo te sientes? ―me preguntó luego de sentarse a mi lado.
―No sé, creo que ya he llorado tanto que no tengo más llanto, pero quisiera que el llanto no acabara jamás. Aunque, por otro lado, estoy tranquila, sé que ella está mejor, esta vida de miseria ya la tenía cansada, aunque no lo dijera, el abandono de mi papá y de su familia, le dolía mucho. Ya estaba cansada y se le notaba. Yo te lo dije.
―Sí, sí me acuerdo, pero no deja de ser doloroso, por más que uno sepa que están mejor no es fácil, la mamá es la mamá y no es fácil perderla.
―Las mamás deberían ser eternas ―comenté.
―Sí.
A Martina todavía le dolía la muerte de su mamá y se puso a llorar. Nos abrazamos y lloramos juntas.
En la madrugada me fui a dormir un rato por insistencia de Miguel que me decía que debía estar descansada, que al día siguiente sería lo peor.
Y lo fue.
Durante el sepelio, Daniel estuvo a mi lado, Martina y Migue al otro. Daniel era un buen tipo, pero no era mi amigo, recién lo estaba conociendo y me trataba como si fuera su amiga de toda la vida. Y eso me confundía un poco. Aunque creo que también podía deberse a lo que estaba viviendo.
El frío me hizo estremecer. El día estaba tan negro como mi corazón, parecía de luto.
Daniel me abrazó a su costado. Miré a Miguel, él giró la cara. Entonces me quedé así, abrazada al primo de mis amigos.
―¡Hija! ¡Hija!
Mi padre, al que no reconocí en un primer momento, llegó hasta mí y me abrazó muy fuerte. Yo no correspondí a su abrazo, estaba en shock. ¿Cómo era que había aparecido? Se apartó de mí, dejó sus manos en mis hombros y me miró.
―Hija, quería llegar antes, pero el viaje es tan largo.
―¿Qué hace aquí? ―pregunté molesta.
―Mi niña ―acarició mi rostro como desesperado―. Mi niña, ¡cuánto has crecido!
―Han pasado casi diecisiete años, ¿qué esperaba? ―contesté con rudeza.
―¿Tanto?
―¿Qué quiere.
―Vine a acompañarte.
―No necesito su compañía, gracias a Dios, mis amigos están aquí conmigo.
―Hija, no es momento para rencores.
―No, caballero, este no es momento para aparecer.
―Soy tu padre.
―Un título que le ha quedado demasiado grande todos estos años.
―Quiero reparar mi error.
―¿Me va a dar la pensión retroactiva?
―No todo es dinero en esta vida.
―Dígaselo a mi mamá que trabajó día y noche para mantenerme cuando usted me abandonó.
―¿No me vas a perdonar ese desliz?
―¿Desliz?
―Hija...
―No me llame hija.
―No me rechaces, no lo merezco.
―Váyase, ¿quiere?
―Hija
―Ya la escuchó, váyase, ella no lo quiere aquí ―intervino Daniel.
―¿Quién eres tú para meterte? ¿Acaso eres su esposo?
―Su futuro esposo ―respondió― y mi deber es cuidarla, así que váyase, no haga de este momento un espectáculo y no le cause más dolor a Cristina, más del que tiene.
―Que no se diga que yo no intenté acercarme ―replicó ofendido antes de irse indignado.
Miré el féretro y me puse a llorar, ¡cuántas veces mi mamá deseó en silencio que mi papá volviera! Y lo hizo, pero demasiado tarde.
Daniel me abrazó a su pecho de modo protector.
―Tranquila, ya pasó ―me susurró al oído.
No sabía cómo reaccionar a lo que Daniel hacía, sentía que se tomaba atribuciones que no le correspondían, no era tan cercano, ni Miguel lo hacía. No dije nada. Suficiente con el escándalo de mi papá, además, ya estaba comenzando el responso y los brazos de Daniel me sostuvieron cuando estuve a punto de caer desmayada ante las palabras del sacerdote.  


viernes, 4 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 2

El domingo era mi día de descanso. Era el día que más me gustaba, el día en el que no me levantaba, mejor dicho, no me vestía. Como el día sábado hacía aseo, lavaba la ropa y dejaba comprado todo lo que necesitábamos, no necesitaba levantarme temprano ni vestirme. Era mi día de flojera. Solo en la noche planchaba lo que necesitara para el día siguiente.
El problema es que ese domingo no era un domingo como los demás. Estaba preocupada y no podía relajarme.
Sin que mi mamá se diera cuenta, mientras mi mamá dormía la siesta, me fui a la feria a comprar el diario, quizás allí habría algún anuncio. Aproveché de comprar el pan para la once, pues generalmente el domingo hacíamos pan en sartén o sopaipillas, o cualquier otra cosa rica, pero ese día no tenía ganas de hacer nada. Y esa fue mi excusa para salir.
En ese diario aparecía la oferta de trabajo para el campo que había visto en internet el día viernes. Por alguna extraña razón, pensar en ese trabajo me hacía doler el estómago.
―¿Por qué ponen un aviso de ese empleo en un diario regional si está a seis regiones de distancia?―me pregunté en voz alta, algo frustrada, me habría encantado ir, pero no podía.
El lunes en la mañana salí a la hora habitual, debía buscar un trabajo con urgencia. En el diario solo había tres trabajos para secretarias y, aunque recibieron mis papeles, sabía que no me había ido bien.
El martes otra vez dejé los pies en la calle, dejando currículums en las tiendas del centro comercial, en cafeterías, restaurantes, supermercados. Algo debía salir.
El miércoles y jueves salí igual, pero ya no podía seguir dejando papeles, Antofagasta es una ciudad grande, pero no tan grande, así que esos días me dediqué a pasear y buscar lugares en los que pudiera pedir trabajo. Para ser franca, sentía que tenía una nube negra sobre mi cabeza.
El viernes, le avisé a mi mamá que llegaría temprano y que yo pasaría a comprar el pan.
Entré al negocio de Alejandra, estaba vacío, lo que me alegró.
―Hola, ¿cómo están? ―saludé en voz alta a la dueña del almacén y a la chica que atendía.
―Hola, bien, ¿y usted? ―saludaron ambas a las vez.
―Bien ―respondí con una sonrisa―. Con frío. Está abrigado aquí, no dan ganas de irse ―comenté.
Comencé a sacar el pan que estaba recién salido del horno.
―¡Hola! ―escuché saludar a una mujer, pero no me volví―. ¿Cristina? ―me dijo.
Entonces, sí la miré. No la reconocí de inmediato.
―¿Martina? ―pregunté al fin.
―Sí, ¿cómo estás? ―Nos dimos un apretado abrazo.
―Tanto tiempo ―comenté―. Estás cambiada.
―Sí. Me hice un cambio de look ―respondió con orgullo y se dio una vuelta mostrando su cabello rojo y sus ojos azules.
―Se te ve bien. ¿Qué has hecho? ¿Cómo han estado? ¿Cuándo volviste?
―Volvimos hace unos días. Estaremos por un par de semanas aquí.
―¿Tu mamá vino contigo?
Ella bajó la cara.
―No. Ella no... Ella murió el año pasado.
Trágame tierra.
―Disculpa, Martina, no sabía.
―Pocos saben, amiga, tú sabes que nos habíamos ido al sur por la salud de mi mamá y allá murió, como ella quería.
―Al menos estuvo donde ella quería y con quien ella quería.
―Sí.
Terminamos de comprar y salimos juntas del negocio. Ella vivía a seis casas de la mía, así que teníamos un ratito para seguir hablando. Ella fue mi mejor amiga hasta antes que se fuera al sur con su familia.
―¿Qué es de tu vida? ―me preguntó una vez fuera.
―Nada, todo para mí sigue igual, vivo con mi mamá, trabajo, y nada más. ¿Y tú? ¿Te casaste?
―¿Casarme? ¿Yo? Nah. Yo le ayudo a mi hermano en el campo, tengo a cargo la parte administrativa ―me contó―. Ahora vinimos a vender la casa y mi hermano va a cerrar unos negocios que tiene aquí y nos vamos, ya no vamos a volver.
―¿Andan los dos solos?
―Con unos primos también.
―Ah, menos mal, porque igual no debe ser fácil estar en tu casa sin tu mamá.
―¡Olvidate! Un montón de recuerdos, de todo.
―Sí, yo me muero si le pasara algo a mi mamá, aunque para serte franca, a veces tengo miedo.
―Pero tu mami se ve re parada todavía. El jueves la vi de pasadita, yo venía llegando y ella iba a comprar, no le hablé porque iba apurada al baño ―me dijo con una risa.
―Sí, a veces se ve bien, pero a veces se ve muy cansada.
―Ojalá te dure mucho tiempo, amiga, la mamá de uno siempre hace falta.
―Sí.
Nos despedimos y ella siguió camino a su casa. Prometimos juntarnos antes de que volvieran al sur.
―Me encontré a la Martina ―le conté a mi mamá, ella ya tenía la once lista, así que nos sentamos altiro a comer.
―¿Sí? ¿Cómo está?
―Vienen a vender la casa.
―¡Qué pena! Ya no vuelven, entonces. ¿Y la señora Marisa?
―Ella murió, mami, el año pasado.
Asintió con la cabeza.
―Ella se fue enferma de aquí, igual duró varios años, si se fueron hace ¿cuánto? Unos cuatro años, y los médicos aquí no le daban más de uno.
―Sí, la Martina se puso muy mal cuando se enteró de que su mamá estaba tan enferma, pero yo pensé que se podría haber mejorado.
―Al menos duró más tiempo y la señora Marisa quería volver a su tierra. Nunca se acostumbró aquí. Ella era de campo, de verde, de vegetación, el desierto la deprimía.
―Sí, yo creo que es más fácil acostumbrarse a lo verde que al desierto.
―Sí, debe ser.
―¿Y cómo está la Martinita? ¿Y Miguel anda aquí también?
―Sí, andan con unos primos.
―Por lo menos no está sola.
―No, ella trabaja con el Miguel en el campo, se ve bien, está pelirroja y con los ojos azules.
Mi mamá sonrió divertida.
―A ella siempre le gustaba andar cambiándose.
―Sí.
―Qué bueno, ellos eran una buena familia.
―Sí, mucho.
Me invadió la nostalgia. Si mi mamá se me iba, yo me quedaría sola, no tenía familia, no tenía a nadie.
―Hija. ―Sentí la mano de mi mamá en la mía―. ¿Qué pasó?
―Nada, mamita, me estaba acordando de las maldades que hacíamos con la Martina.
Mi mamá se echó a reír.
―Sí, eran muy inventoras, todos los días se les ocurría una nueva maldad.
―Sí ―admití―, es verdad. ¡Es que había tanto que descubrir!
―Tanto por romper, diría yo.
―Todo por el bien de la ciencia ―afirmé con solemnidad.
―Claro, ellas, las más científicas.
Nos reímos mucho recordando nuestra niñez y al final del día, en mi habitación, lloré, el solo pensar en perder a mi viejita linda, me hacía sentir una angustia mucho más grande que la que sentía por no tener trabajo.

&&&
Mis peores temores se cumplieron el día siguiente. Ese sábado mi mamá no quiso ir a la feria, se sentía un poco agripada, dijo que le dolía un poco el estómago, se sentía algo afiebrada y ahogada. Fui yo sola, lo más rápido que pude y al volver, la encontré en la cama con un fuerte dolor en el tórax. Desesperada, llamé a la ambulancia, pero no llegaba. Los minutos se me hacían eternos. Volví a llamar, pero mie dijeron que la única ambulancia que tenían estaba ocupada en un accidente. Salí a la calle a buscar algún vecino que tuviera auto para que llevara a mi mamá al hospital. En la casa de la Martina había un auto estacionado, así que corrí hasta allá para pedirle ayuda. Me dijo que no había problema, que ya iban a ir a buscar a mi mamá. Yo volví a mi casa, no quería dejar a mi mamá tanto rato sola.
―No llore, hija ―suplicó mi mamá, pero no podía dejar de hacerlo. Tenía mucho miedo.
―Usted tiene que estar tranquila, la Martina viene para acá para llevarla al hospital.
―No quiero ir al hospital, hija, no quiero que me lleven.
―No hable, mamita.
―No quiero morir en el hospital.
―Pero, mami, si usted no se va a morir.
―Ya no tengo fuerzas, hija, perdóneme por dejarla sola.
―Mami, no.
Lloré con más fuerza. Martina entró corriendo y me abrazó por detrás.
―Tía Zoila, vamos al hospital, mi primo nos va a llevar.
 Mi mamá negó con la cabeza.
―Apoyen a la Cristinita ―le suplicó.
―No, mami ―Lloré con desconsuelo.
―No llore, hija, ya no seré un estorbo en su vida. Sea feliz. Yo siempre la voy a cuidar desde el cielo. Dios y la Virgen le darán consuelo.
―No, mami, no. Vamos al hospital.
―Por favor, hija, no; no me lleven, quiero estar en mi casa, con usted. La amo mucho, mucho.
―¡Mami, no!
No era capaz de pensar ni analizar nada. Yo no quería que se muriera, pero sabía que no podía evitarlo.
Mi mamá cerró sus ojos en completa paz. Yo no lo estaba. Creo que mi grito de desesperación se escuchó hasta la China.
¡Mi mamá no podía estar muerta!
Martina me soltó para que yo pudiera abrazar a mi mamá. No quería dejarla ir. No podía ser que se hubiera muerto.
Poco rato después, Martina quiso separarme de mi mamá, pero yo no quería soltarla. Entonces, sentí unos brazos masculinos fuertes y firmes que sí lograron apartarme de mi mamá. Yo quise pelear y le pegué en el pecho, él afirmó mis manos y me apretó contra él.
―Tranquila, tranquila ―habló con suavidad.
Yo seguí llorando un rato allí en el pecho de ese hombre hasta que me calmé. Me aparté de él con mucha vergüenza.
―Perdón, perdón ―tartamudeé.
―Tienes que estar tranquila, amiga ―me dijo Martina, sobándome la espalda.
―Sí. Sí. Gracias ―atiné a decir.
Solo en ese momento, miré al chico que acompañaba a Martina. No lo conocía. Miré a Martina interrogante.
―Es mi primo Daniel ―lo presentó.
―Disculpa, yo... yo... ―No sabía qué decir, quería que me tragara la tierra, en realidad quería morirme.
―No te preocupes, todo está bien ―respondió Daniel.
Miré a la cama donde estaba mi mamá y la tristeza volvió a invadirme.
―Me tomé la libertad de llamar a un médico, debe estar por llegar ―comentó casi tan avergonzado como yo.
―No debiste. Yo no...  Gracias, es que yo... no...
―No te preocupes, hice lo que había que hacer.

Agaché la cabeza, yo no era capaz de nada. Ni siquiera de pensar.

jueves, 3 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 1

Sentada en la mesa del café, miré al hombre que estaba sentado un poco más allá, tenía unas marcas de quemaduras en su mejilla izquierda, lo que me recordó a un amigo cuyo rostro quedó desfigurado por salvarme de una muerte horrible. Pero él no soportó vivir así y poco tiempo después se suicidó. Yo hubiese preferido que no me salvara. Nelson era mi mejor amigo. Y por mi culpa se había muerto.
Volví a la realidad en el momento en el que me encontré con los ojos de ese hombre que me miraba con tanta fijeza como yo le estaba observando. Aparté la vista de inmediato y me concentré en mi café. Pocos segundos después alcé la vista para disculparme o algo así, pero ya no estaba. Su mesa estaba vacía, su café a medio tomar y su medialuna a medio comer. Lo había hecho sentir mal. Genial. A todas las culpas de mi vida, había sumado una más. Porque creo que no existe en el mundo mujer más culposa que yo.
Me fui a la oficina sin mucho ánimo. No me gustaba ese trabajo, pero no podía dejar de trabajar, mi mamá y yo éramos solas y necesitábamos ese dinero. No ganaba mucho, pero nos alcanzaba para vivir relativamente bien.
Nada más entrar, me avisaron que mi jefe me esperaba en la oficina. ¡Viejo idiota! Él siempre estaba acosándome de una forma solapada, aunque el día anterior había sido más explícito y me dijo que, o me acostaba con él o me despediría. Pues bien, cuento corto, me despidió.
―Es porque no quise acostarme con usted, ¿cierto? ―increpé.
―¿Qué crees?
―Que si es así, tendría todo el derecho a demandarlo.
―Pues no, señorita Muñoz, esto es por reducción de personal.
―¿Reducción de personal? ¿Cuántas personas se van de la empresa?
―Solo tú.
Reí con amargura. No me gustaba el trabajo, pero tampoco podía darme el lujo de perderlo.
―Es un cerdo ―murmuré.
―No me insultes, puedes terminar muy mal.
―Agradezca que no voy a hacer un escándalo, porque si yo dijera de sus acosos, el que terminaría muy mal sería usted. Así que no me amenace.
―No hay que hacer un escándalo, se le pagará todo lo que corresponde y más. Ya está todo listo con Rosita.
―Bien, voy a Recursos Humanos a firmar mi finiquito.
―De todos modos, sabes que podría haber una solución, ¿no? ―me indicó antes de que yo saliera.
―¿Acostarme con usted? No, gracias ―respondí y salí con las piernas como gelatina.
Siquiera fuera atractivo, pero era un hombre viejo, panzón y asqueroso.
De la notaría salí casi a las diez de la mañana. Como había dicho mi jefe, todo estaba listo.
Me dirigí de nuevo al café, me quedaba cerca de allí y necesitaba relajarme. El día había partido bastante mal.
Al llegar, lo vi de nuevo. Al hombre de las marcas. Me senté en una mesa de espaldas a él. No pasaría de nuevo la vergüenza de quedarme pegada mirándolo, recordando mi pasado. Un pasado que quisiera olvidar.
Me llegó mi café y con lo nerviosa que estaba, lo di vuelta y me mojé el pantalón. Por suerte, no estaba tan caliente, aunque sí sentí el calor a través de la tela. Luis, el chico que me atendió, llegó de inmediato a ayudarme. Me ofreció papel secante de cocina, me preguntó si estaba bien, a decir verdad, estaba bastante preocupado.
―¿Está segura que está bien? ―preguntó por enésima vez.
―Sí, sí, dame la cuenta, por favor.
―No se preocupe.
De todos modos, le entregué el costo del café y me fui. Sentía mi cara roja por la vergüenza.
Caminé por calle Latorre hacia el sur, iría a la Avenida Brasil.  Necesitaba relajarme y pensar en lo que haría después de aquel día. Decirle a mi mamá que había quedado desempleada no era una opción.
En Orella iba a cruzar la calle y, mientras esperaba el verde del semáforo, un automóvil se detuvo ante mí y tocó la bocina. 
―¿Quieres que te lleve a tu casa? ―preguntó el hombre de la cafetería a través de la ventanilla.
―No, gracias, no se preocupe ―respondí un poco brusca, de lo que me arrepentí en el momento.
―¿De verdad? ―insistió.
―De verdad, todo está bien.
Miré mi reloj, si iba a mentirle a mi mamá de lo de mi trabajo, entonces no podía llegar tan temprano, aunque tampoco me agradaba la idea de quedarme con el pantalón manchado todo el día.
El hombre aceleró el auto y se fue. Así, sin más. Por una parte me sentí aliviada, pero por otro lado me sentí mal, pensé que quizás había sido demasiado maleducada con él. Lo dejé pasar. No era el momento para pensar en eso.
Crucé y seguí caminando rumbo a la Avenida Brasil. Allí descansaría un rato y pensaría en qué hacer.
Como cualquier día de semana, el lugar estaba casi vacío, salvo algunos jóvenes que habían hecho la cimarra, eran pocos, así que eso me tranquilizó. Me senté en una banca y allí me quedé mucho rato, pensando en todo y haciendo nada. Caminé otro rato hasta llegar al Balneario. Allí me tiré a la arena y me quedé otro rato. No sabía qué pensar, no sabía qué hacer.
Busqué en mi celular alguna oferta de trabajo, había algunas, pero la más llamativa era uno fuera de la ciudad.
"Dueño de fundo de la octava región necesita secretaria, sueldo conversable, se ofrece comida y alojamiento. Trabajo serio. Se requiere responsabilidad y compromiso".
¿Cómo será vivir en el campo?, me pregunté. Sin embargo, lo deseché de inmediato, no podría dejar a mi mamá sola en la ciudad mientras yo me iba a trabajar al campo.
Después de todo lo que recorrí, recién eran las doce y media, así que decidí irme a la casa. Por supuesto, al llegar, mi mamá se sorprendió, yo le expliqué que me había devuelto por lo del pantalón. No me gustaba mentirle a mi mamá, aunque tampoco quería que se preocupara innecesariamente.
Vivíamos las dos solas. Mi papá se había ido con otra mujer cuando yo tenía siete años y desde entonces, no lo habíamos vuelto a ver. Mi mamá comenzó a lavar ropa ajena, hacía planchados, aseo por horas, para mantenernos. Estudié secretariado en un liceo técnico y comencé poco después a trabajar en diversos lugares. Hacía unos meses, había encontrado este en la oficina de cobros en la que acababan de despedirme.
Por la tarde salí; necesitaba encontrar trabajo. Con lo que me habían pagado, supliría el mes siguiente, sin embargo, después de eso, si no encontraba trabajo, no sabría qué hacer.
En el centro comercial dejé algunos currículums, no me importaba el tipo de trabajo que tendría que hacer, lo único que me importaba era que no quería que mi mamá volviera a trabajar lavando ropa ajena.
Me senté en una banca afuera del mall, mirando el mar; faltaban diez días para fin de mes y necesitaba encontrar trabajo antes de esa fecha, para que, al mes siguiente, pudiera tener un sueldo completo.
Mi mente daba vueltas en todas las posibilidades habidas y por haber a la situación que estaba viviendo. A ratos pensaba que me estaba ahogando en un vaso de agua, en otros que la situación era catastrófica y que nos moriríamos de hambre con mi mamá, y en todas las posibilidades intermedias.
Al cabo de un rato me dio frío y las nubes negras que creía vendrían sobre nosotras, se hicieron más reales en el cielo.
Me levanté con brusquedad y al girar para entrar, choqué con un hombre que me abrazó por la cintura.
―Disculpe ―dije por inercia, me iba a apartar, pero él no me soltó, lo miré, el tipo me miraba con ganas―. Suélteme.
―Pero no te vayas todavía, ¿estás bien, preciosa?
―Suélteme.
―Hey, no seas arisca.
Lo pisé y el tipo me soltó.
―Imbécil ―farfullé y me fui apurada al interior del edificio, procurando no volver a chocar con nadie.
Era definitivo, hoy no debí levantarme.

&&&
“Querido diario: son las tres de la mañana y no logro dormir. Pienso y pienso y pienso en todo lo que se viene y me da miedo. ¿Por qué siempre mi mamá y yo lo hemos pasado tan mal? Desde que se fue mi papá las cosas cambiaron para peor. Mi abuela paterna no quiso saber más de nosotras y la mamá de mi mamá... Ni sé lo que pasó con ella. Nos quedamos solas. De vez en cuando para fechas especiales recibía regalos de ellas, pero yo ni siquiera los abría, si no querían a mi mamá, no me querrían a mí tampoco, y por más que mi mamá no estuviera de acuerdo en eso, yo no transaba.
Pero eso tú ya lo sabes bien.
Ahora tengo que decir otra cosa.
Me quedé sin trabajo.
Y sí, te imaginarás que yo quiero ir y buscar a mi papá para exigirle todo lo que nos debe. Pero ni sé dónde se metió. Mi mamá dice que se fue al sur, que la mujer con la que se fue era de Salamanca, que no vale la pena buscarlo, que a fin de cuentas, él nos dejó la casa.
Pero yo no estoy de acuerdo.
¡Ay, diario! Como me gustaría que fueras un amigo, un verdadero amigo, uno de carne y hueso, que me diera consejo, que me reconfortara o, por último, que me retara por ser tan alharaca. Me siento tan sola que a veces en vez de veintitrés, siento que tengo cien Y me da rabia. Yo debería estar pololeando, en fiestas, con amigos... Pero no puedo. Nunca hay plata, siempre tengo que trabajar o mi mamá anda enferma.
Y otra cosa.
Hoy vi a un hombre. Tenía unas marcas en la cara, como si se hubiera quemado. Me hizo acordar a Nelson. Pero también me hizo acordar a Miguel. Quizás sea porque me siento un poco sola, un poco triste. Eso debe haber sido. No sé si será que los extraño demasiado o que me estoy volviendo loca. Supongo que si fueras persona me dirías que no te extraña, que pensar en Miguel es mi hobby favorito. Pero es verdad, ese hombre, a pesar de no verle bien la cara, tiene un cierto aire parecido a Miguel. Claro que Miguel no tiene marcas en su cara, ¿verdad? Además, ¡está tan lejos! Se fue y nunca más supe ni de él ni de Martina. Y echo tanto de menos a mi amiga.  
Bueno, mejor no pienso más. Me voy a acostar, a ver si puedo dormir.
Ya son las cuatro.
Buenas noches”.

Por suerte para mí, al otro día era sábado, así que no me levanté tan temprano. No tenía que ir a trabajar.
―¿Qué le pasa? ―me preguntó mi mamá―. Anda como rara.
―Nada, mami, es que anoche no pude dormir bien, me quedé dormida como a las cinco.
―¿Y por qué?
―No sé, no tenía sueño, me quedé dormida cerca de las cinco.
―Podría haberse ido a mi pieza.
―No, ya era retarde.
―¿Y cuál es el problema?
―Para la otra.
―Siempre dice lo mismo ―me regañó con cariño y paciencia.
Ya no volvimos a hablar, me preparó un café con leche y unas tostadas.
―¿Vamos a ir a la feria? ―me preguntó después de comer.
―Sí, ¿o no quiere ir?
―No, si yo dormí harto, pero, usted, ¿no está cansada?
Si era franca conmigo misma, no tenía ganas de ir, pero cada sábado íbamos a comprar las verduras para la semana a la feria Juan Pablo II y así nos ahorrábamos de comprar en los almacenes que era mucho más caro y ella no tenía que ir sola a comprar, porque aunque era cerca, no lo era tanto. Así que me armé de valor y nos fuimos. A decir verdad, fue muy entretenido, porque aprovechamos de ir a ver la mini Feria de las Pulgas que se ponía arriba, con muchas cosas de segunda mano, sobre todo, ropa y libros. Decidimos no hacer almuerzo y compramos unas empanadas nada más, aunque al volver a la casa, se me pasó el hambre.
Por la tarde, me puse a lavar ropa y a hacer aseo general mientras mi mamá dormía una siesta, ella insistió en que yo también durmiera, pero estaba segura que no podría, estaba preocupada y la actividad física impedía que me preocupara más de la cuenta.
A veces me preocupaba mi mamá, había días en que parecía que todos los años se le habían venido encima y otros en los que solo parecía cansada; aun así, cada día parecía más viejita y me daba miedo que un día su corazón no aguantara más y me dejara sola. Ella ya era mayor. Yo nací cuando ella tenía cuarenta y seis años y ahora bordeaba los setenta años, muy trabajados, como había sido toda su vida.
El ruido del tren que pasaba frente a la casa me sacó de mis cavilaciones. Sacudí la cabeza, no quería pensar en eso. Perder a mi mamá no estaba en mis planes.
Antes de que se levantara fui a comprar el pan. Menos mal que ese fin de semana Ale, la dueña del almacén, había abierto, así que solo tenía que cruzar la línea del tren y no tenía que ir más lejos a comprar. No tenía ganas de caminar.
Estaba lleno. Esperaba en la fila cuando lo vi. Al tipo del café. ¿Acaso me estaba siguiendo? Su mirada se encontró con la mía, pero apartó su rostro de mí casi de inmediato. Al primer impulso pensé que no quería que yo lo viera porque me seguía (yo y mi paranoia), pero luego me di cuenta que al parecer no le gustó verme allí y si eso era así, mala pata para él, ese era mi barrio desde siempre y, ese mi negocio, donde yo iba a comprar.
Una flaca pelirroja le entregó el papelito con el total de la compra para pagar y él no supo qué hacer. Ja. En ese momento quedó demostrado que era mi almacén, ni siquiera sabía qué hacer. La chica no me miró, en realidad ni me vio, yo solo vi su espalda.

―¿Qué se le ofrece, vecina? ―me preguntó Nicole, la chica que atendía el negocio. Yo me sorprendí, me había olvidado que estaba ahí para comprar.