miércoles, 21 de junio de 2017

Cumpleaños de Vicente

Cumpleaños de Vicente

Macarena estaba apresurada arreglando todo con ayuda de Ingrid, Francesca,  Fernanda, Marta y Begoña. Era el cumpleaños de Vicente y quería que saliera todo a la perfección. Su hijo no dejaba de moverse en su vientre, le quedaba apenas unas semanas para el parto y ya su barriga era enorme. No tanto como para los gemelos, pero sí ya estaba a punto de dar a luz, por lo que todo lo que hacía la cansaba.
―Mami, mami, ¿puedo inflar globos?
―Claro, hija ―respondió la madre―, tu tía Ingrid está en eso.
La niña se fue corriendo a ayudar a su tía, mientras que Benjamín estaba entusiasmado colgando serpentinas y un letrero de Feliz Cumpleaños junto a Fernanda. 

Cerca de las cuatro de la tarde, llegó la torta que habían encargado. Todo estaba listo para cuando los hombres llegaran. Don Carlos había inventado una reunión importante e inaplazable para poder llevarse a Vicente y dejar tiempo para preparar todo.
A las seis de la tarde, llegaron. Era una tarde calurosa de verano. En Noviembre hacía calor en la capital. Y ya estaban casi a diciembre, solo faltaban ocho días para el mes de la navidad.
Se escondieron todos al oírlos entrar. El silencio en la casa era total. A los niños era a quienes más les costaba guardar silencio, porque se miraban y se sonreían.
―Tan callada que está la casa ―comentó Vicente―, los niños deben estar durmiendo todavía.
―Seguramente, o están atrás en la piscina ―respondió el padre―, vamos a ver.
Llegaron al patio y allí, en coro, gritaron un efusivo "Feliz cumpleaños". El hombre se emocionó, sobre todo al ver correr a sus dos hijos a él para abrazarlo.
―Feliz cumpleaños, papi ―saludaron ambos, abrazándolo.
Macarena se acercó a paso lento y cansado a su esposo.
―Feliz cumpleaños, mi General.
―Muchas gracias, mi Capitana.
Se besaron, con un beso de auténtico amor, un amor que seguía intacto, a pesar del tiempo.
Los demás se acercaron a saludarlo, con cariño. Los invitados eran Álvaro con Estrella; Toñita, la hija de ambos; Clara Lazo; Renata, la periodista que siempre los apoyó; Cristian Sáez, quien tuvo un papel importante al ayudarlos, asistió con Leonardo, su pareja; también invitaron a Miranda, José Miguel y Elena, quien se hizo amiga enseguida de Benjamín y Monserrat y también asistieron algunos compañeros de tablas.
―Muchas gracias por estar aquí ―agradeció Vicente en voz alta.
―¡Un brindis! ―exclamó Diego.
Se sirvieron tragos y bebidas y se repartieron entre los invitados.
Elena se acercó al cumpleañero y lo abrazó.
―¿Cómo estás, princesa? Hace mucho no te veía.
―Bien, estoy viviendo con mi papá, ya no estoy en tu casa.
―Qué bueno, ¿y te gusta vivir con ellos?
―¡Siii! Ellos son muy buenos conmigo.
―Eso me hace muy feliz.
La niña lo volvió a abrazar y Vicente la tomó en sus brazos.
―Has crecido ―comentó a la niña.
―Sí, toda la ropa me quedó chica. ―Rio con timidez.
―Qué bien, eso significa que muy pronto serás grande y muy linda, pero nada de andar mirando chicos, ¿me oíste? Hasta los treinta por lo menos.
―Eso me dice mi papá ―respondió con voz seria.
José Miguel se acercó y Vicente le devolvió a la niña.
―Está preciosa ―aduló Vicente.
―Sí, y muy regalona, además.
―Está bien, se lo merece.
―Gracias, por todo lo que hicieron, con su testimonio y los antecedentes que entregaron, fue muy fácil obtener la tutela de mi hija.
―Era lo menos que podíamos hacer, no podíamos permitir que ella siguiera haciéndose cargo de ella, además que no lo estaba haciendo.
―Es cierto.
Los dos hombres se separaron y disfrutaron de la fiesta. Los niños corrían y jugaban felices. Los adultos conversaban. Al rato, ya cansados, se dispusieron a poner música para karaokear, lo que se transformó en risas y bromas.
Pero Macarena no se sentía del todo bien.
―¿Qué pasa, mi Capitana? ¿Estás aburrida? ―le preguntó su esposo al verla en un rincón sentada sin compartir con nadie.
―No, no, es que no me siento bien, estoy un poco cansada. Casi nueve meses de embarazo no son fáciles de llevar.
―Me imagino ―reconoció Vicente, sentándose al lado de su mujer.
―Pero anda con los invitados, es tu cumpleaños.
―¿Y dejarte sola? No, ellos se divierten perfectamente sin mí.
―Pero no es la idea.
―Tú eres mi mujer, quiero estar contigo.
―Entonces, vamos, no dejaré que te pierdas tu cumpleaños por mi culpa.
―No digas eso.
Macarena se levantó de la silla y, al hacerlo, un chorro de líquido corrió por sus piernas. Ella dio un grito.
―¡Capitana! ―Se alteró el esposo.
A los gritos, los invitados se volvieron a mirarlos y Marta fue la primera en llegar.
―Rompió fuentes, hay que llevarla a la clínica ―dijo la mujer, nerviosa.
―Pero es tu cumpleaños ―protestó Macarena.
―Y mi bebé está por nacer, ¿qué mejor regalo podría desear?
Y nació. Diez para las doce de la noche. Boris llegó a sus vidas el mismo día del cumpleaños de su padre.
―Gracias, mi capitana ―susurró él en cuanto se llevaron al niño para su lavado y control, y besó la frente de su mujer.
―Es hermoso.
―Sí, precioso. Se parece a ti.
―No lo creo.
―Sí, es igual a ti.
Macarena cerró los ojos, estaba cansada, había sido un día agotador con todos los preparativos y la labor de parto. De pronto, Boris apareció ante ellos, como si hubiera estado allí siempre.
―Papá ―musitó Vicente.
―Hola, hijo.
―¿Cómo es que...?
―Se me permitió este momento para compartirlo contigo. Gracias por darle mi nombre al niño.
El hijo miró a su mujer y luego a su padre.
―Fue de común acuerdo.
―Lo sé y lo agradezco, cuídalos mucho, yo lo hago desde este lado.
―Lo haré.
―Me siento orgulloso de ti y del hombre en el que te has convertido, eres un esposo amante y un papá fantástico, me hubiera gustado ser un poco como tú.
―No digas eso, tus circunstancias...
―No le puedo echar la culpa a mis circunstancias de todo el daño que hice.
―Pero nos salvaste, al final, nos salvaste.
―Y lo haría mil veces más si fuera necesario. No sabes cuánto me arrepiento de todo lo que hice.
―Lo sé, papá, tú hiciste lo que pudiste cuando abriste tu corazón al amor y dejaste ir el rencor y el odio.
―Demasiado tarde.
―No, no fue demasiado tarde, lo hubiera sido si la muerte de Macarena y mis hijos hubiera sido real. 
―Agradezco que no lo fue.
―Lo sé.
―Me tengo que ir. Cuídate, hijo, recuerda que siempre estaré para ayudarte.
―Gracias.
―Dale mis cariños a Macarena, besitos a los niños y dile a Fran que la sigo amando, que está cada día más hermosa.
―Se lo diré.
―Adiós.
―Adiós, papá.
Y desapareció, tal como había aparecido.
Macarena abrió los ojos y miró a su esposo.
―¿Por qué lloras? ―le preguntó.
―Porque a pesar de todo, a pesar de todo lo malo, a pesar de las mentiras, engaños y maldades de nuestras familias, estamos aquí, somos felices y se nos dio una oportunidad de hacer las cosas mejor que ellos.
―Sí, es cierto y seguiremos por siempre y para siempre y aun después, intentando que nuestra familia sea feliz.
―Sí, juntos en las buenas, en las malas y en las peores, y eso les enseñaremos a nuestros hijos.
―Siempre.
―Te amo, mi Capitana, ¿qué habría sido de mí si no hubieras aparecido en mi vida? Seguiría siendo un tiro al aire, un tipo que no valía la pena.
―No digas eso, tú siempre has valido mucho, sólo que no querías que nadie se enterara.
―Tú viste lo que nadie más había visto.
―Tú me mostraste lo que a nadie habías mostrado.
―Te amo, mi Capitana.
―Y yo a ti mi General.
―Duerme, mi Capitana, necesitas descansar, ha sido un día largo.
―¿Vas a venir mañana?
―Sí, voy a venir temprano, ahora voy a ver a nuestros puntitos que quedaron asustados porque su mamá se había enfermado.
―Dale muchos besitos y tráelos mañana.
―Claro que sí, amor.
―Feliz cumpleaños, Vicente.
―Me diste el mejor regalo que pude soñar.
Ella sonrió y cerró los ojos, con suavidad al principio, pero antes de cinco minutos ya estaba dormida. Vicente le dio un suave beso y salió de allí rumbo a Recién Nacidos, donde vio, como aquella vez, a su hijo a través de la ventana. La matrona lo hizo entrar y dejó que tomara en brazos al bebé. Ahora tenía más experiencia.
―Aprendió. ―Sonrió la cuidadora, sólo entonces me di cuenta que era la misma que lo atendió hacía cuatro años atrás.
―Sí, con dos hijos a la espalda, tenía que aprender, ¿no?
―Sí. Felicidades.
―Gracias, ¿y su mamá cómo está?
―Bien, sigue admirándolo y va a todos los estrenos en su teatro.
―Dele mis agradecimientos y dígale que cuando vaya, me busque y me hable.
―¿De verdad?
―Claro que sí, que me diga que es su madre y yo le haré una atención.
―Gracias, va a estar feliz.
Vicente sonrió y acostó a su pequeño que ya se incomodó en sus brazos y le tomó una fotografía con su celular.
―Hasta mañana ―se despidió el hombre.
―Hasta mañana, don Vicente, y muchas gracias.
―Muchas gracias a ti ―dijo e indicó a la cuna de su hijo.
Se fue a su casa y allí, despiertos todavía, lo esperaban sus gemelos. Él los abrazó y los llevó consigo a su dormitorio.
―¿Qué les parece dormir los tres juntos?
―¿Por qué la mamá no vino contigo? ¿Dónde la dejaste?
―Ella está en el hospital porque ya nació su hermanito, mañana la vamos a ir a ver y a lo mejor, se puede venir mañana mismo con nosotros.
―Yo quiero que esté aquí ―sollozó Monserrat.
―¿A ver? ¿La niña más linda quiere llorar?
―Quiero a mi mamá, no quiero estar sola.
―¿Y para qué estoy yo? La mamá tiene que quedarse allá esta noche y si tú lloras, la mamá también se va a poner triste y ella necesita estar tranquila, ¿ya?
―Yo no lloro porque yo ya soy grande ―dijo Benjamín con aire suficiente.
―Tenemos la misma edad ―protestó su hermana.
―Entonces no llores, mañana vamos a ir a ver a la mamá y a nuestro hermanito.
La niña se escondió en el pecho de su padre.
―No peleen, aunque son gemelos, son diferentes, Monse es más sensible, y eso no es malo.
―Lo siento ―se disculpó Benjamín.
―Tengo pena ―confesó la niña.
―Estás con nosotros, no llores ―la consoló su hermano.
―No estás solita, estamos contigo y vamos a dormir juntos. Además, mira. ―Le mostró en su celular, la foto del bebé.
―Es lindo. ―La niña se alegró con su nuevo hermanito.
―Parece una papa ―replicó Benjamín―. Es feo.
Vicente echó a reír. Benjamín y sus cosas.
Ya no hablaron más, la niña se durmió de inmediato y el papá comprendió que su niña tenía sueño, eso la tenía así. Benjamín, en cambio, demoró un poco más en dormirse, pero antes de una hora, también dormía profundamente.



Vicente recapituló su vida. Y se alegró de tener esta familia, de haber conocido a Macarena, el amor de su vida, la mujer que lo acompañaba y lo apoyaba en todo. Aunque su matrimonio partió como una mentira de siete años, sabía que se transformaría en un amor eterno, por siempre, para siempre y aun después.