sábado, 28 de octubre de 2017

La Bandolera. Epílogo

El grito de Jacqueline provoca que Arturo corra hacia la casa, sin embargo, es interceptado por Luna Roja y el señor Herman.
―¡Está sufriendo! ―protesta el hombre.
―¿Y crees que no lo sé? ―interroga el indio―. Yo tengo tantas ganas como tú de ir a verla, pero el doctor Johnson está con ella, además Anne y la señora Rangel la acompañan.
―Es lo normal en estos casos, Morgan ―indica Robert Herman―. Yo estaba como tú cuando nació mi pequeña.
Un nuevo grito, más extenso que los anteriores, y luego se hace el silencio. Los tres hombres se miran asustados. El llanto de un bebé. La emoción invade sus rostros.
―¡Ya nació! Mi hijo ya nació ―exclama lleno de júbilo el vaquero.
Pocos minutos después, aparece la señora Rangel anunciando que el nuevo padre puede ir a ver a su esposa. Habían tenido que sacarlo de la casa pues cada dos segundos golpeaba la puerta del dormitorio donde se encontraba Jacqueline, lo que colocaba más nerviosa a la primeriza madre.
El niño es muy parecido a su padre, solo que sus ojos son verdes como los de su madre. Arturo acuna a su bebé y se acerca a la cama donde su mujer ya está en calma.
―Es hermoso ―le dice él.
―Se parece a ti.
―Tiene tus ojos.
El hombre se agacha y la besa. Ella cierra los ojos, está cansada.
―Duerme ―le dice él.
Dos golpes en la puerta.
―Pase ―dice Morgan.
Luna Roja aparece ante ellos.
―¿Puedo pasar? ―pregunta el hombre.
―Claro.
Arturo Morgan le enseña a su hijo, al que el hombre toma en sus brazos.
―Es un bello niño.
―Sí, hermoso ―declara el orgulloso padre.
―¿Cómo te sientes? ―inquiere el indio a la joven madre.
―Muy bien, gracias... papá.
Luna Roja cambia de expresión en una milésima de segundo. Ella sonríe al darse cuenta que no se equivocó.
―Era sumar dos más dos, ahora lo entiendo; aunque para ser sincera, me gustaría saber por qué abandonó a mi mamá. Y de paso a mí.
―Yo no abandoné a ninguna de las dos. Es una larga historia. Resumiendo, te puedo contar que con tu mamá nos casamos en mi tribu y cuando ella estaba embarazada, la arrebataron de mi lado y se la llevaron.  Poco después se casó con Smith. Cuando él se fue, yo me acerqué a ustedes para cuidarlas, pero Jessie nos amenazó con contarte la verdad, fue tan dura, que tu mamá fue incapaz de volver a levantarse.
―Debieron decírmelo.
―Habríamos hecho todo para evitarte ese sufrimiento.
―¿No te importaba que yo llamara “papá” a otro?
―Se me clavaba un puñal en el corazón.
Ella se sienta en la cama. Arturo le quita el niño de los brazos y Luna Roja se sienta al lado de su hija y la abraza.
―Yo hubiera callado toda la vida, con tal de evitar que sufrieras por mi culpa, pero de haber sabido que lo comprenderías, te aseguro que te lo hubiera dicho antes.
―Gracias por estar conmigo.
―Gracias a ti por dejarme ser tu padre.
Arturo agradece a la vida haber conocido a una mujer como Jacqueline. Ahora entiende por qué la vida lo hizo esperar tanto, era porque le tenía preparada a la mejor mujer del mundo.
Poco rato después, Luna Roja abandona la habitación y la joven cierra los ojos cansada. Arturo contempla a su hijo y a su mujer. Se ven muy plácidos. Con su dedo, acaricia la mejilla de su esposa.
―Te amo, mi bandolera favorita ―susurra―. Robar mi corazón fue lo mejor que pudiste haber hecho, pues ahora me has recompensado con un hijo maravilloso.
Jacqueline abre los ojos apenas.
―Disculpa, me dormí, ¿me hablabas?
―No, mi bandolera, duerme tranquila, yo cuidaré de ustedes.

Ella sonríe y vuelve a dormir segura del amor de Arturo Morgan, el hombre que la cautivó en cuanto la miró con esos profundos ojos negros y al que está segura, jamás podrá dejar de amar.

FIN


**Muchas gracias por acompañarme en esta nueva aventura, espero que les guste el final y que me sigan acompañando. Disculpen si no contesto todos los mensajes, pero el tiempo no me da para todo. Un abrazo y a quienes no me siguen en mi grupo de Las Presionadoras les dejo el enlace https://www.facebook.com/groups/presionadorasdefreya/?ref=group_header para que se unan y puedan saber todas las novedades que se vienen. 
**NOS VEMOS EN OTRA AVENTURA 💓

La Bandolera. Capítulo 28


―¿Qué voy a hacer, señora Rangel? ―cuestiona Jacqueline y se cubre la cara con las dos manos.
―Debe estar tranquila, todo el mundo sabe que usted no es culpable de nada.
―¿Y eso importa? Si Jessie es quien mató a esos hombres...
―No lo piense.
―Debo hacerlo, después de esto, lo más probable es que Arturo no querrá saber nada de mí.
―¿Por culpa de su hermana? Si no le importó de quién es hija, ¿cree que le va a importar lo que haya hecho su hermana?
―Tengo tanta vergüenza.
La señora Rangel no contesta, se queda mirando a Arturo y Robert que acaban de llegar y están en la puerta; habían escuchado la última parte de la conversación de las mujeres. Arturo no sabe qué hacer ni qué decir para tranquilizar a su prometida.
Empujado por Herman, Morgan se acerca a Jacqueline y la abraza de los hombros.
―¡Arturo! ―Se espanta la joven.
―No importa lo que haga o haya hecho tu hermana, sé muy bien que tú no eres como ella ―asegura con cariño.
―Nunca pensé que Jessie se comportara de este modo.
―Creo que nadie lo pensó.
―¿Han sabido algo?
―¿De ella? No.
―¿Del señor Wilking?
―Está en el consultorio del doctor Johnson, lo encontraron en el sótano, está grave.
―¿Qué le pasó?
―Fue atacado, aunque no sabemos quién lo hizo.
―¿Jessie?
―JS.
―Oh, por Dios, y él, ¿está consciente? ¿Dijo algo?
―Murmura cosas casi inentendibles, lo que más repite es: “ella”, “es el diablo” y pide que no vuelva. No sé si se refiere a Jessie o no.
―No debimos venir a este pueblo ―espeta la chica, alejándose de su prometido.
―¿Por qué dices eso?
―¡Porque sí! Si nosotras no hubiésemos venido, nada de esto estaría pasando.
―No digas eso ―suplica Morgan.
Ahora Jacqueline se da licencia para llorar.
―Somos una escoria, no merecemos nada, ¡debería morirme!
Arturo se acerca a ella y la zamarrea de los hombros.
―Escúchame bien, Jacqueline Smith ―la reprende con dureza―, nunca más vuelvas a decir nada así, ni que remotamente se le parezca. Lo que haya hecho tu padre y lo que haga tu hermana no tiene nada que ver contigo ni con lo que yo siento por ti.
Ella lo mira con tristeza.
―Te amo y nada de lo que haga nadie me va a obligar a dejar de hacerlo ―asegura él con todo el amor.
―Cargaré sobre mis hombros la vergüenza de...
―Nada. Tú no cargarás nada. Tú no eres culpable y todo el mundo lo sabe.
El bullicio en la calle y unos gritos de los vecinos, alertan a los hombres que, sin pensarlo, se lanzan al suelo con sus mujeres en el preciso momento en el que unas balas rompen las ventanas.
―¡Jessie Smith! ―Se escucha gritar afuera―. Suelte el arma.
―¡Primero muerta! ―responde la niña.
Arturo y Robert se hacen una seña y, dejando a sus mujeres en el suelo, se acercan a la ventana para observar lo que sucede afuera. Jessie está escondida detrás de un árbol de la plaza.
―Jessie, por favor, deje esta tontería ―grita Arturo.
―¿Tontería? Ninguna tontería, señor Morgan, vine a este pueblo a vengar a mi padre y eso voy a hacer.
―No tiene que hacer nada.
―¡Jessie! ―exclama Jacqueline como un ruego y se sitúa al lado de su prometido.
―¡Suelte el arma, Jessie, o me obligará a dispararle! ―advierte Donovan en la calle.
Un disparo hiere al sheriff en el hombro. Morgan y Herman buscan la procedencia de aquella detonación. Sobre el techo de la glorieta se encuentra Pete Bala Loca.
―¿Está en complot con ese hombre, Jessie? ―interroga Morgan.
―Siempre ―responde con ironía.
―Pero ¡Jessie! Él quería obligarnos a...
―A usted, hermana ―se burla―. A mí no tenían que obligarme a nada.
Jacqueline cae sentada en un sillón ante las últimas palabras de la niña. Su corazón late a mil por hora y sus pulmones no cumplen su función.
Arturo y Robert se van a una y otra ventana a mirar lo que ocurre, esa es la gran ventaja de encontrarse en esa casa, desde allí se puede observar casi todo el pueblo.
Así es como ven a Luna Roja avanzar sin miedo hacia Jessie por su espalda. Una bala de Pete casi le roza, sin embargo, al indio no parece afectarle, sigue caminando con decisión. Jessie se voltea y lo ve, le apunta y dispara, no obstante, Luna Roja esquiva la bala con facilidad. Su rostro está serio, sus ojos solo miran a la niña. Jessie va a disparar de nuevo, pero ya no le quedan municiones. El indio, furioso, le arrebata la escopeta y la quiebra en dos con ayuda de su pierna.
―¡Pete! ¡Pete! Mátalo ―ordena la niña.
―Si salieras de la mira de mi escopeta, podría hacerlo ―grita el otro.
Arturo Morgan sale de la casa y se transa a disparos con el forajido del techo, quien no gana y cae estrepitosamente a la tierra.
Morgan se acerca y lo remata a golpes. Los otros hombres hacen una ronda en torno a ellos, aplaudiendo y dando vítores por los golpes del hombre.
―Lo vas a matar ―advierte el sheriff, que se aprieta la herida con la mano.
―Lo van a matar igual cuando le hagan el juicio, así que solo estoy adelantando un hecho. No vaya a ser que se nos escape otra vez y siga haciendo de las suyas. ¿De verdad quieres que lo deje vivo?
El sheriff no contesta, Morgan tiene razón, ese hombre es muy peligroso, lleva a cuestas varias muertes y a punto estuvo de matarlo, de no ser por Charly Doggins que lo empujó, el proyectil le habría dado directo en su pecho.
El doctor Johnson se acerca a Donovan para ver su lesión. Ya habían llegado tres heridos y un muerto por Jessie o Pete aquella tarde.
Al ver que Pete ya no podrá hacerle daño, Jacqueline sale de la casa y corre hasta su hermana, donde está con Luna Roja todavía, para increparla acerca de sus motivos.
―Usted no lo entendería, Jacqueline ―le contesta la pequeña―, solo los de sangre caliente, los Smith, los verdaderos Smith, podemos comprender.
―¿Qué está diciendo?
―No me diga que no lo sabe.
―¿Saber qué?
―Basta ―sentencia el indio―. La llevaré a la cárcel, donde debe estar.
―¿Qué pasa, Luna Roja, no quieres que sepa la verdad?
―¡Cállese y vamos!
Luna Roja la agarra del brazo para sacarla.
―¿No vio la carta, acaso? La dejé ahí para que la encontraran.
―Jessie, no sé qué quiere decir.
Jessie se ríe con estridente burla, en tanto es casi arrastrada por el indio hasta la cárcel.
―¡Usted nunca sabe nada, hermana! ―se mofa de ella mientras la llevan detenida.
Arturo deja a Pete con los demás hombres, se acerca a Jacqueline y la abraza.
―¿Qué quiso decir? ―consulta ella.
―No le hagas caso, solo quería molestarte.
―¿Qué decía esa carta?
―Ya te dije.
―Dámela.
―Se la entregué al sheriff Donovan como prueba.
―¿Qué más decía? Tú la leíste, ¡dime! ―exige.
―No es momento.
Jacqueline frunce los labios en expresa molestia y luego, rendida, deja caer su cabeza en el pecho masculino.
―No soy hija de él, ¿cierto?
Arturo la aprieta con fuerza.
―No ―responde con pesar.
―¿Por qué Jessie lo sabía y yo no?
―Porque a eso apeló Louis Smith con Jessie. Llevaban la misma sangre, sangre guerrera, la misma fuerza, la misma valentía.
―Más encima, ahora resulta que soy una bastarda ―protesta Jacqueline.
―No digas eso.
―¿Decía ahí quién era mi padre?
Morgan niega con la cabeza.
―¿Y así y todo vas a seguir queriéndome?
El hombre sonríe y acaricia las mejillas de su prometida.
―Te amé cuando eras mi bandolera, ¿y no te voy a amar ahora que eres mi prometida?
―Gracias.
―¿Por qué?
―Por amarme así.
―Gracias a ti por mirarme con esos bonitos ojos verdes.
Luna Roja vuelve donde se encuentra la pareja.
―¿Cómo quedó?
―Bien. En realidad, protestaba y se burlaba.
―Creo que se volvió loca.
―No, ella se creyó la justiciera de su padre, planeó todo para llegar aquí, para que las cosas se dieran como ella quería; con lo único que no contó, y que fue lo que finalmente la delató, es que usted y Morgan se enamoraran ―explica el indio.
―¿Por qué dice que eso la delató?
―Porque de no ser así, él hubiese desconfiado de usted hasta el final y ahora usted estaría en el lugar.
―¿Tanto así me odiaba?
―No es odio ―musita Luna Roja.
―Será mejor que volvamos a la casa ―sugiere Morgan.
―Hay que esperar a ver qué pasa con Jessie.
―Quedará allí, el sheriff Donovan había llegado a la comisaría y la va a interrogar, mañana tal vez pueda verla, por hoy no hay mucho que hacer.
―No puedo creer que mi hermana, mi hermanita, sea la asesina.
―No te tortures con eso.
Jacqueline exhala un fuerte suspiro.
―¿Están seguros que ella asesinó al coronel y al alguacil?
―No lo sabemos a ciencia cierta, debemos esperar a que ella confiese.
―¿Y Roger?
―Él no aparece, quizás se escapó al ver en lo que estaba metida su hermana.
―Será un duro golpe para Tommy.
―Sí, él estaba muy enamorado de ella.
―Él la quería bien.
―Su padre hablará con él.
―Se me cae la cara de vergüenza. No sé cómo voy a volver a mirar a toda esta gente a la cara.
―Tú no eres culpable de nada, así es que no tienes por qué estar avergonzada. Todo el pueblo sabe que tú estabas ajena a las fechorías de Jessie.
―De todas formas, Arturo, ella es mi hermana y le caía bien a todos.
Él sonríe con dulzura.
―Ya ves que las apariencias engañan, mi bandolera, resultó que tú eras la hermana buena, aunque, para ser sincero, muchos se dieron cuenta desde un principio.
―Como la señora Rangel. ―La joven sonríe también―. Jessie siempre se quejaba de que ella no la quería y yo nunca me atreví a preguntarle de frente lo que ocurría con mi hermana, siempre pensé que ella no estaba acostumbrada a tratar con niños.
―La señora Rangel es una buena mujer, con ojo de lince para reconocer a las personas, fue la primera que me advirtió de ella.
―Tonta Jessie, si me hubiera dicho, si ella...
―Su padre la envenenó.
―Ahora entiendo esas escapadas, debe haberse ido a encontrar con él para ponerse de acuerdo. ¿Tú nunca la viste?
―No, yo me hice cargo de él al final de sus días, no mucho antes de morir, antes de eso, él vivía en su casa y lo que hacía o dejaba de hacer, yo no lo sabía. Yo lo acogí poco tiempo desde que casi no podía levantarse.
Otro suspiro de la joven.
―Bueno, será mejor que volvamos a la casa, tú debes descansar y Jessie no nos ha dado tregua.
―¿Vas a descansar conmigo? ―inquiere socarrón.
―¡Oye! ―protesta ella con sus mejillas rojas como flor.
―Era solo una pregunta ―replica y luego le da un corto y dulce beso.
Se suben como siempre al caballo de Morgan.
―¿Te asusta? ―se anima a consultarle.
―¿Andar a caballo? Sí.
―Siempre me llamó la atención que te aferraras tan fuerte a mí y que no fueras capaz de pelear arriba de un caballo.
Ella se ríe con timidez.
―Es que una vez me caí de un caballo y le tomé miedo. No me había vuelto a subir a uno hasta que lo hice contigo.
―¿Por qué no me dijiste?
―Porque si te decía, tú podías usarlo en mi contra.
―Tontita, yo lo que menos quería era hacerte daño.
―Yo no lo sabía.
―Y ahora, ¿sigues temiendo?
―Contigo, no.
El hombre sonríe, besa la cabeza de su prometida y echa a andar su caballo a paso lento. Si pudiera, le evitaría todo este dolor, pero nada puede hacer, más que quedarse a su lado y apoyarla en todo lo que pudiera.
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―Apresaron a Leslie Sun por intento de homicidio de Wilking, ella y Jessie se pusieron de acuerdo para matarlo, contó todo apenas la apremiamos un poco, Wilking habló ―le cuenta Arturo Morgan a su prometida unos días más tarde―. Las van a llevar a Mankato para hacerles un juicio. La señora Mark también será llevada, pues ella fue la autora intelectual, no participó en el hecho, eso la salva. Ahora bien, ellas participaron solo en este último ataque, esperaban que usted fuera culpable, sin embargo la señora Lakewood reconoció a Jessie como la chica que habló con su esposo días antes de su muerte, también terminó confesando la muerte del alguacil. Mucho me temo que la horca será su fin ―terminó pesaroso.
―Ella se lo buscó, ni siquiera hay un arrepentimiento de parte de ella ―replica Jacqueline.
―No sé si ella estará consciente de su destino ―dice él con tristeza.
―Espero que sí, porque si todo esto no es más que un capricho más...
―Ella dice que no está arrepentida, que hizo lo que tenía que hacer.
―No entiendo cómo puede haber tanto odio en una persona. Jessie era... era...
―Jessie siempre fue igual ―interviene Luna Roja―, recuerdo cuando yo llegué a cuidarlas, ella no aceptaba un no por respuesta.
―Eran cosas de niña ―justifica Jacqueline.
―No eran cosas de niña, ella maltrataba a su madre siempre, ¿o se le olvida?
―No ―admite la joven con voz queda.
―Ahora solo fue más lejos, pero todo su derrotero la trajo hasta donde está ahora.
―Bueno, pero es mejor no hablar de ella, cuando fui a verla a la cárcel me dejó bien en claro que no era su hermana y que no quería volver a verme, así que, ¿por qué tengo que sufrir yo por ella?
―Tienes toda la razón, mi bandolera ―le dice Morgan a su prometida en tanto le da un beso.
―Vamos a comer, la cena está lista.
―Vamos.

Luna Roja contempla a la pareja que, a pesar de las dificultades, han sabido salir airosos y con un amor más fuerte que sabe será capaz de superar cualquier obstáculo 

viernes, 27 de octubre de 2017

La Bandolera. Capítulo 27

Los hombres vuelven cerca de la una de la madrugada. Sin novedades. Habían decidido seguir buscando al día siguiente, aquella noche no había más que hacer.
Arturo entra a la casa y ve a Jacqueline que está con su cara escondida entre sus brazos sobre la mesa. La observa unos segundos, luego se acerca y acaricia su negro y rizado cabello. Ella reacciona y levanta la cabeza.
―¿Qué pasó?
El hombre niega con la cabeza.
―No la encontramos.
―Bueno, ella se lo buscó ―replica con evidente molestia.
―¿Estás enojada?
―Sí.
―¿Conmigo?
―No. Con Jessie. Tengo rabia. He pensado mucho, analizado cada una de las cosas que ha hecho, de sus palabras, que ahora cobran sentido. Yo le he dado todo. He hecho muchas cosas para evitarle sufrimientos...
―Sufrimientos que has tenido que vivir sola ―la interrumpe Morgan.
―¡Sí! Siempre busqué la forma de que ella no tuviera que sufrir todo lo que yo he sufrido, y mira cómo me paga.
―No es tu culpa.
―Lo mismo me dice Anne, pero ¿sabes qué? Sí es mi culpa, porque yo debí dejar que ella sufriera, que ella viera que la vida no es color de rosa, que las cosas no son fáciles. Tú me lo dijiste, también; yo a su edad tuve que hacerme cargo de todo, pues aunque mi mamá estaba viva, no hacía más que llorar por los rincones por la pérdida de mi papá, parecía más una viuda que una mujer que había sido abandonada por su marido ―concluye alzando la voz.
―Debes estar tranquila, hiciste lo que más podías.
―Demasiado. Mientras yo me desgastaba por hacerle la vida más sencilla, más fácil, más feliz... Ella buscaba la forma de acabar conmigo. ―Se le quiebra la voz.
Arturo no sabe qué hacer, por lo que atina a abrazar a su prometida. Ella se levanta y se refugia en sus brazos.
―Tranquila ―articula él.
―¿Sabes qué? ―dice ella apartándose de él.
Él ladea la cabeza esperando.
―Ya no voy a pensar en ella. Si está en problemas, es porque ella se lo buscó. Le di todo y si ella no lo agradeció, no es mi problema. Si ella quiere ser una fugitiva, allá ella. Me cansé de darlo todo por gente que no lo reconoce.
―¿Qué quieres decir con eso?
―Desde que era una niña, cinco o seis años, trabajé codo a codo con mi papá, me iba al campo con él: mi mamá tenía que cuidar de Jessie. Más adelante, cuando Jessie fue mayor, yo seguí trabajando, no solo en el campo, también en casa. Cuando mi papá se fue, mi mamá no quiso nada más con la vida, no quería levantarse, apenas comía... Menos mal que Luna Roja estaba con nosotros; había venido en nuestro rescate, por decirlo de algún modo, pues él se hizo cargo de muchas cosas de las que debía ocuparse mi papá, que no estaba, y mi mamá era como si no existiera, hasta que finalmente murió. Debo admitir que él me alivianó la carga, sin embargo, aquello no duró mucho tiempo, pues muy pronto los hermanos Riggs comenzaron con sus acorralamientos hasta que, finalmente, cuando nos enteramos de la muerte de mi papá, tuvimos que escapar. Luna Roja nos ayudó a hacerlo, mantuvo a esos hombres ocupados hasta que nos fuimos. Inclusive en esos momentos, mi preocupación más grande era Jessie, que no sufriera, que no pasara necesidades...
―Preferías no comer tú por darle a ella todo lo que tenían, lo recuerdo bien ―dice con ternura, al tiempo que acuna su rostro para contemplar los verdes ojos―, cuando aún tu orgullo te ganaba y no querías ninguna ayuda de parte mía.
―Sí ―responde avergonzada.
―Escucha, mi bandolera, quédate tranquila, muy pronto todo se aclarará, Jessie regresará a casa y tendrá que admitir que se ha equivocado, posiblemente su juventud y la poca experiencia la han hecho dar pasos en falso.
―¿Y si ella fue quien...? ―duda en decir la oración completa.
―No lo creo, yo supongo que son dos cosas distintas.
―Pero ambas tienen el sello de JS.
―Eso no quiere decir que sean la misma persona. Todos sabían que JS hacía desmanes en mi rancho, tal vez solo se aprovecharon.
―¿Tú crees?
―Estoy seguro ―asevera con una sonrisa.
Ella le devuelve la sonrisa.
―Espero que así sea, de otro modo, no sé qué será de ella.
Arturo no responde, él también espera que así sea, por Jessie, pero más por Jacqueline, sabe que si algo malo le ocurre a su hermana, no se lo perdonará.
Al día siguiente, todos se levantan antes del alba y se reúnen en la casa mayor, menos Joe, que aún no aparece.
―¿Dónde está? ―interroga Morgan por su capataz.
―No lo hemos visto ―responde Leroy.
―Aquí estoy ―indica el aludido apareciendo ante ellos desde la calle.
―¿Y tú?
―Estaba en el pueblo. Desapareció Richard Wilking.
―¿¡Qué?!
―Nadie lo ha visto desde anoche. Antes de cerrar, ya no se encontraba en el Saloon, las mujeres no lo vieron salir.
―¿Crees que Jessie...?
―Arturo ―habla Jacqueline a sus espaldas.
El hombre voltea con un gesto de culpa.
―Jacqueline.
―¿Puedo ir la casa de mi padre?
―¿Necesitas algo?
―Quizás Jessie haya ido allá y puede haber dejado algo que nos indique dónde está.
―Está bien. Iré contigo. Vayan ustedes a ver el asunto al pueblo. Joe, hazte cargo.
―Por supuesto, Morgan.
―Vamos, Jacqueline, si hay algo que nos indique el paradero de Jessie, es mejor que lo encontremos pronto.
―¿Pasó algo?
―Nada importante. No te preocupes. Vamos.
Ambos se suben al caballo y salen a paso lento. Los demás hacen lo mismo en dirección al pueblo.
Jacqueline y Arturo llegan a la casa y ella se dirige de inmediato hasta el cuarto de su hermana.
―Se llevó sus cosas ―informa ella.
―¿Segura?
―Así es.
―Jacqueline, lo siento, no sé ni qué decir.
―No hay nada qué decir. Anoche estuve pensando mucho, Jessie se ha comportado muy errática este último tiempo y no sé por qué, por lo que sí creo que es ella la que está haciendo daño.
―¿Crees que ella haya sido capaz de todo lo que se adjudica JS?
―Jessie Smith, JS, ¿no lo entiendes? Es ella, no yo.
―¿Y los asesinatos? Jacqueline, yo creo que tu hermana puede haber hecho los desmanes en mi hacienda; puede que ella haya abusado de Roger, manipulándolo para hacer cosas que él no quería; también puedo creer que ella haya jugado con Tommy y con Roger y con algunos más; pero ¿asesina? Esas son palabras mayores.
―¿Crees que no lo sé?
―¿Entonces?
―Si escapó fue por algo. ¡No tuvo tapujo en lanzarse sobre ti! Me acusó a mí de querer meterme entre ustedes, de querer robarle el hombre a mi hermana.
―¡Eso no es cierto! Nunca estuve con ella.
―Lo sé, mi amor, pero si fue capaz de eso, pudo ser capaz de mucho más. ¡Yo era su hermana y no tuvo ni un solo pero en lastimarme así! ¿Qué más crees que pudo hacer?
―No quiero pensarlo. Jessie es solo una niña.
―Al parecer ella ya no era una niña, solo nosotros la veíamos así.
Jacqueline se sienta en la cama y ve bajo el ropero una carta tirada. Se agacha para sacarla.
―¿De quién es? ―consulta Arturo.
―Es letra de mi papá ―responde leyendo el sobre.
―Ábrela.
―No me atrevo, léela tú, se la escribió a mi hermana ―dice ella y le extiende el sobre para que él lo lea.
El hombre abre la carta y la repasa rápidamente para analizar de qué va antes de leerla en voz alta.
―¿Qué dice?
Morgan toma aire.
―¿Es malo lo que dice?
―Creo que no tiene importancia ―contesta, cierra la carta y se la guarda en el pantalón.
―No, Arturo, dime lo que dice. Lee la carta o dámela a mí.
―Será mejor que nos vamos.
―No quieras protegerme, que eso ha llevado a más de un problema.
El hombre admite la veracidad de las palabras de su prometida y vuelve a sacar la carta, sin atreverse a abrirla.
―Dime ―exige.
―Tu padre le dio una lista de personas a quienes matar.
―¿El coronel Lakewood?
―Entre otros.
―¿El alguacil?
―También.
―¿Quién más?
―Wilking ―contesta, ella espera más nombres―. Jason Mark, Tom Hiddle, Charly Doggins, Robert Herman, Leroy, Joe, Roger, el sheriff...
―¿Quién más?
―Nadie que conozcas.
―¿Tú?
―No.
―Dijiste “personas” y has nombrado solo hombres, ¿hay alguna mujer?
Arturo baja la cabeza.
―No me ocultes nada.
―La señora Rangel, la señorita Irwin y la señora Mark.
―La última no me molesta ―ironiza.
El hombre ladea la cabeza condescendiente.
―Es broma ―repone.
―Lo sé, cariño.
―¿Qué más dice?
―Nada importante.
―¿Por qué se la envió a ella?
―No sé, aquí dice que era un tema conversado, esta es solo la lista de las personas de quienes debía deshacerse.
―Debemos avisarle a la señora Rangel que su vida está en peligro.
―Sí, vamos al pueblo, ¿qué haremos con esto?
―Hay que entregársela al sheriff, si Jessie es la que anda regando muerte, no debe quedar impune ni libre para que siga lastimando gente.
―¿Segura?
―Es lo correcto, aunque me duela.
―Está bien, le llevaré esta carta al sheriff, es justo que él sepa también lo que está ocurriendo ―explica con pesar.
―Por supuesto ―afirma ella―. Jessie es mi hermana, pero no permitiré que ella siga haciendo daño, por más que algunos se lo merezcan.
―Te amo ―articula Morgan con algo de dificultad.
―Y yo a ti ―responde ella.
Se acercan uno al otro y se besan, luego quedan abrazados por un buen rato.
―Vamos, mi bandolera ―susurra él en su oído.
Ella se aparta para mirarlo con algo de recriminación.
―Tú eres y siempre serás mi bandolera favorita ―le asegura él con fingida inocencia.
La vuelve a besar.
Rato después llegan al pueblo, el que está revolucionado por la desaparición de Richard Wilking; a pesar de no ser el hombre más querido del lugar, eso no quita el hecho de que tampoco lo quieren asesinado.
―¿Tú crees que ya esté muerto? ―pregunta Jacqueline a su prometido.
―Espero que no.
―Voy al almacén a ver a la señora Rangel.
―Te acompaño.
―Está a media cuadra ―se burla ella.
―No importa.
La lleva de la mano hasta la puerta del emporio y una vez que la sabe segura dentro de la mercantil, retorna con los demás hombres que están abocados al caso Wilking.
―Donovan, necesito hablar contigo. A solas ―habla Morgan.
―Vamos a mi oficina.
Ambos hombres se dirigen hasta el despacho.
―Tú dirás ―le insta el oficial.
―Mira esto ―le dice y le extiende la carta.
El sheriff la toma y la lee en silencio. Su gesto se tuerce a medida que va avanzando en su lectura.
―¿Me estás diciendo que Jessie Smith, la pequeña hermana de Jacqueline, es la asesina?
―Eso me temo ―responde Morgan.
―¿Qué haremos?
―No tengo idea. Imagínate en mi posición, Jessie es la hermana de mi prometida.
―¿Ella lo sabe?
―Sí.
―¿Qué dice?
―Le afecta, no obstante, sabe que no puede quedar impune.
―Hay que buscarla. Wilking no aparece. No sé qué pudo haber pasado con él, según sus propias palabras, primero muerto antes de salir del pueblo.
―Entonces está muerto, porque, definitivamente, en el pueblo no está.
―No sé, no sé, desapareció de la nada, ¿cómo es eso posible? Las mujeres dicen que de un momento a otro ya no estaba en la barra; nadie lo vio salir, nadie lo vio conversar con nadie extraño. Los hombres que se encontraban allí tampoco vieron nada extraño.
―Si no fue Jessie, ¿quién?
―No sé, si ellos hubieran visto a la niña, lo habrían dicho. Te juro que estos asesinatos me tienen de cabeza, y ahora me dices que la culpable es una pequeña niña. Muy astuta ha de ser si es ninguno se dio cuenta de esto antes.
Arturo agacha la cabeza.
―O quizá se aprovechó de que ninguno dudaría de ella ―acota pesaroso.
El sheriff resopla.
―¿Jacqueline qué dice de lo demás que aparece en la carta?
―No sabe todo.
―¿Cómo así?
―Ella no ha leído la carta.
―Lo hiciste tú y le ocultaste información.
―Así es.
―Sabes que se lo vas a tener que decir en algún momento.
―Quizás no haga falta.
―Morgan, sabes que tarde o temprano se enterará y me parece que es mejor que lo sepa por ti.
―No sé cómo lo tome.
―Como sea que lo haga, debes decírselo.
―No sé si me atreva.
―Insisto en que es mejor que se entere por ti.
Arturo no contesta, sabe que lo que su amigo dice es cierto, pero no se atreve a revelar ese horrible secreto a su prometida.
―Tienen que venir ―dice Charly Doggins luego de entrar a la oficina del oficial, pero se queda interrogante al ver la cara de ambos―. ¿Pasa algo?
―La niña Smith está fuera de control, hay que tener cuidado con ella, Charly.
―Lo sé, apareció Wilking.
―¿Dónde estaba?
―En el sótano de su cantina.
―¿Está...?
―No, según el doctor Johnson puede salvarse, a pesar de que lo encontraron en muy mal estado.
―¿Qué quieres decir?
―Yo creo que mejor lo ven por ustedes mismos.
El Sheriff y Morgan se miran extrañados y salen rumbo a la consulta del médico. Allí los hacen pasar de inmediato hasta donde se encuentra Wilking, quien tiene una horrible marca en la mejilla, JS.
―¿Ha dicho algo? ―pregunta Morgan.
―No, solo balbucea cosas incomprensibles.
―¿Incomprensibles?
―No dice nada coherente.
―¿Qué dice?
―Escúchenlo por ustedes mismos, no ha parado de quejarse.
Efectivamente, pocos segundos después, el hombre se remueve desesperado.
―Es... el... diablo... ―gime el enfermo―. Es el diablo.  
―Lo acaban de oír ―indica Johnson.
―Wilking. ―Arturo Morgan se acerca y le habla―. ¿Quién le hizo esto?

―Ella... Ella... ―responde el hombre con sus ojos desorbitados de terror. 

jueves, 26 de octubre de 2017

La Bandolera

El silencio sepulcral da la respuesta.
―¿Por qué? ¿Por qué ese afán de traerme mal? ¿Por qué esperaba que yo fuese castigada por algo que no había cometido?
―Él nunca iba a hacer nada en contra suya.
―¿Cómo lo sabe? Podría haberme puesto en la cárcel desde el primer día.
―No lo hizo ni lo va a hacer, y eso usted lo sabe; él siempre ha estado seducido por usted, ¡cómo si no lo supiera! ―termina con ironía.
―Jessie... ―La mayor está extrañada de las cosas que dice su hermana.
―Cálmese, Jessie ―insta Arturo―, las cosas no tienen por qué tornarse de este modo. No tiene por qué ofender a su hermana.
―¿Ofender? ¿Yo la ofendo a ella? Mire la clase de mujer que es, ¿o qué cree? ¿Que los hermanos Ross se imaginaron que ella quería irse al prostíbulo para pagar nuestra deuda? Ellos nunca la hubieran vendido si ella no se hubiera prestado ―expresa con rencor.
―Será mejor que se calle, después se va a arrepentir de lo que está diciendo.
―Si mi papá se murió fue por su culpa.
―¿Qué? ―pregunta Jacqueline en absoluto conmocionada.
―Jessie, deje de hablar sandeces.
―No son sandeces.
―Sí lo son, ahora déjese de boberías y váyase a su habitación. Ya hablaremos usted y yo más tarde.
―¿Quiere hablar conmigo como las otras veces que ha estado en mi habitación? ―Un tono de seducción se nota claramente en su voz.        
El hombre pierde la paciencia ante las últimas palabras de Jessie y se saca el cinturón de su pantalón.
―¿Qué va a hacer? ―consulta alarmada.
―¿Qué cree? Le voy a bajar ese maldito capricho suyo que no sé a qué viene.
―Usted no me va a golpear.
―Si no sube a su habitación en este mismo instante, le juro que conocerá la fuerza de mi cinturón.
―No me amenace, señor Morgan.
―No es una amenaza, no suelo hacerlo.
Jessie entrecierra los ojos y abre la boca como para protestar, no obstante, se calla y corre al segundo piso.
Jacqueline y Arturo se miran. Una con vergüenza y el otro con culpa.
―¿Crees que ella...? ―comienza a decir la mujer.
―No. Jessie está perdida, es caprichosa, es como su padre, pero, al igual que él, no es una asesina. Su padre fue muchas cosas, menos un asesino; lo mismo pienso de Jessie.
―Eso espero.
Arturo se acerca a su prometida y acuna su rostro entre sus manos.
―Pase lo que pase y sea como sea, no las abandonaré; te amo y no dejaré que nada malo te pase ni a ti ni a tu hermana.
―Lo siento tanto, al parecer solo te he dado problemas.
―No digas eso ―ruega él antes de besarla y ser correspondido plenamente por ella.
Roger se pasea enojado fuera de las caballerizas. Leroy lo observa displicente. Albert mira a uno y otro.
―Por favor, muchachos, ¿pueden dejarse de niñerías? Parecen dos mujeres histéricas ―increpa Albert a sus amigos.
―Yo no voy a hacer las paces con un hombre que trata de esa manera a la mujer de la que estoy enamorado.
―Una mujer que no te ama y que solo te utiliza, Roger, ¿cómo no te das cuenta? Es una perversa.
―Lo mismo pensabas de la señorita Jacqueline y ya ves que te equivocaste. 
―Eso no tiene nada que ver. Morgan cambió con la llegada de esa mujer, eso nadie lo puede negar.
―A ti te molestaba ella, independiente de los sentimientos de nuestro jefe.
―Pues no, para nadie era un secreto que él se convirtió en un pelele con esa mujer, y todas las pruebas apuntaban a que ella era la de las estupideces.
―Lo mismo ocurre con Jessie, ¿por qué no puede ser que alguien quiera inculparla falsamente?
―Por favor, si algo debo reconocer de Jacqueline es que nunca dio pie en falso, ella siempre fue como fue; en cambio Jessie no hace otra cosa que caer cada vez más bajo con sus actitudes y acciones.
―¿Qué acciones? ―espeta Roger.
―Asesinatos. Es un secreto a voces en el pueblo. La única sospechosa es Jessie, que juega a dos bandas entre tú y Tommy Hiddle, sacando provecho de ambos para hacer sus fechorías.
―¡No sabes lo que dice! ―exclama el otro fuera de control.
―Sé muy bien lo que digo y tú sabes que es verdad. Esa mujer es una arpía.
―¡Es una niña!
―Ya no lo es, y no lo parece.
―Basta los dos ―se impone Albert―. Lo que sea que pase con Jessie es problema de Morgan, no nuestro y, Roger, ten cuidado, si esa niña es lo que se piensa, te meterá en problemas. Si ella te ha manipulado para hacer cosas no decentes, es mejor que lo digas; si tienes pruebas de lo que ella ha hecho, también. Es mejor que salves tu pellejo y no caigas con ella cuando todo esto reviente. Y tú, Leroy, no puedes salvar el mundo, no pretendas hacerte el vengador de causas perdidas.
―¿Causas perdidas?
―Es una causa perdida desde el momento en el que Morgan, nuestro jefe, está involucrado y no permitirá que Jessie caiga en desgracia por esto que está ocurriendo. Aun si ella fuera la asesina del coronel o del alguacil, ¿crees que él la va a entregar a la justicia? Jamás. Él la va a defender hasta el último. Son dos hombres que no valían la pena. No me vas a decir que muchos hombres de este pueblo están felices de haberlos sacado del camino, si fue Jessie, ella hizo lo que muchos no nos atrevimos a hacer, ni fuimos capaces.
Leroy y Roger bajan la cabeza.
―Ella hizo lo que muchos pensamos y nadie se atrevió.
―Eso no le da derecho a arrebatar una vida ―reclama Leroy.
―Por favor, Leroy, aquí se arrebatan vidas a diario. Este pueblo es más tranquilo que muchos de por aquí cerca, sin embargo, la fiebre del oro ha convertido a hombres en asesinos; los forajidos aparecen y este pueblo se convierte en un infierno, los que van camino a buscar oro, a trabajar en el ferrocarril, o los que simplemente pasan por aquí como por otros pueblos para robar y desmantelar lo que se pueda...
―Insisto en que nada le da derecho a otro el arrebatar otra vida, tampoco tenía derecho a hacer tantos desmanes, aquí mismo, ¡tú mismo tuviste que arreglar un millón de veces sus estupideces!
―Sí, pero no es nuestro asunto.
―¡Lo era! Nosotros debíamos arreglar sus descalabros.
―Parte de nuestro trabajo.
―A mí no me contrataron para trabajar en la madrugada por una chiquilla malcriada.
―Tú trabajas lo que haya que trabajar y a la hora que haya que trabajar. No tienes derecho a reclamo, si no te gusta, te vas.
―¿Me estás echando?
―¡No, Leroy! Estoy tratando de que entiendas que el tema de las hermanas Smith no es de tu incumbencia y que no eres el padre de Roger para que lo protejas de nada. Él sí es un hombre y sabe muy bien lo que hace y, si no lo sabe, pues entonces está perdido.

―¿Y Jessie? ―inquiere Arturo al ver que la niña no está para la cena.
―No ha vuelto a bajar ―responde Jacqueline.
―Anne, ¿puedes ir a buscarla, por favor? ―solicita el dueño de casa.
―Yo puedo ir a buscarla ―indica Jacqueline.
―No, es mejor que vaya Anne ―le responde a su prometida y luego se vuelve a dirigir a su empleada―. Si te contesta mal o no quiere venir, no le insistas.
―Sí, señor Morgan.
Arturo se sienta a la mesa y se queda contemplando a Jacqueline, que tiene una mirada sombría.
―¿Cómo te sientes?
―No sé, ¿confundida?
―¿Temes que Jessie no sea lo que aparenta?
―No entiendo por qué me odia tanto.
―No te odia.
―Ay, Arturo, ella quería que me colgaran. ¿Quién me dice que no fue ella la que habló con el coronel Lakewood?
―¿Tú crees que ella podría haber atentado contra esos hombres?
―Ya no sé nada.
Morgan se levanta y se acerca a ella, la toma de los hombros y la pega a su cuerpo.
―Oye, escúchame bien, ya vamos a desenredar este entuerto y todo saldrá bien.
―Ella es todo lo que tengo.
―¿Y yo?
―De mi familia. Y tengo miedo que ella tenga la maldad de mi padre.
Luna Roja se detiene en la puerta de la cocina al ver la escena y escuchar las últimas palabras de Jacqueline.
―¿Qué pasó con Jessie? ―interroga el indio.
―Nada nuevo ―contesta el dueño de casa―. Sigue con su actitud soberbia y hoy dejó en claro que quiere hacerle daño a su hermana.
El recién llegado resopla con furia.
―Ella está muy extraña, no sé dónde quedó mi hermanita.
El hombre niega con la cabeza.
Los pasos que vienen desde el pasillo, provoca que callen.
―No quiso bajar ―anuncia Anne.
―Voy a hablar con ella ―expone Luna Roja.
No espera respuesta, simplemente da sus grandes pasos camino al segundo piso.
Los tres que quedan en la cocina, se miran.
―¿Cómo estaba? ―consulta Arturo a Anne.
―No la vi, no quiso salir.
―¿Seguía enojada?
―Supongo, no quiso contestar.
―No está ―dice Luna Roja al volver.
―¿Qué?
―Eso, no está en su dormitorio.
―Quizás fue al...
―Se llevó sus cosas ―explica el indio.
Jacqueline se aterra. No sabe dónde puede estar su hermana y ya es de noche; no quiere imaginarla por ahí, sola. Ya está comenzando a helar y no tiene dónde ir.
―Saldremos en su búsqueda ―ordena Morgan.
―Claro, la rastrearé.
―Yo iré con mis hombres a los posibles lugares donde pueda haber ido.
Jacqueline se deja caer en una silla y esconde su cara entre sus manos. Arturo la observa unos segundos y luego acaricia su cabeza.
―Tranquila, la encontraremos.
―Espero que no haga una locura.
―Es un acto propio de su capricho.
―Empiezo a creer que no es solo el capricho lo que la mueve.
―¿Quieres ir con nosotros?
―No. Sería un estorbo más que ayuda. Ni siquiera sé andar a caballo.
―Como quieras.
Le da un beso en la cabeza y sale en busca de los hombres que pueden ayudarle a buscar a la niña.
Roger no se encuentra por ninguna parte.
―Seguro lo convenció para irse con ella ―espeta Leroy.
―¿Por qué tanto odio? ―interroga Arturo esperando una respuesta.
―Porque esa chica es nociva, aunque a ti te haya parecido un juego, porque pensabas que era Jacqueline, lo que hizo nunca fue algo inocente, era producto de una mente maquiavélica, utilizó a Roger como un muñeco y nos trató a todos como unos estúpidos.
―¿Y con Jacqueline?
―Ahora nada. Sé que no fue ella.
―¿Solo eso era lo que te molestaba?
―¿Qué más? Ya te dije, para mí nunca fue una broma de mal gusto, era maldad pura. Y tú encima la defendías.
―Bueno, no es momento para eso. Ahora tenemos que encontrar a Jessie.
―Busquemos a Roger.
―¿Sabes dónde puede estar?
Leroy sonríe con ironía.
―No.
Arturo no puede enojarse y también sonríe.
―¿Irás con nosotros? ―inquiere.
―Sí. No tengo opción, ¿no es verdad? ―responde mirando a Albert.
Este le devuelve una mueca divertida. Leroy puede aparentar dureza, sin embargo, es un buen hombre que solo quiere lo mejor para ellos.
 Se separan. Algunos van por los alrededores; otros al pueblo, a casa de los Hiddle; otros se dirigen a la antigua casa Smith; y Arturo con Joe y Leroy van a hablar con el sheriff.
En la casa, en tanto, Jacqueline y Anne se toman una taza de té, ambas se sienten muy nerviosas.
―¿Por qué no te vas a acostar? Es tarde y debes descansar ―le dice Jacqueline a su amiga.
―No te puedo dejar sola.
―No es tu responsabilidad.
―Mi marido está allá afuera buscando a tu hermana.
Jacqueline baja la cabeza con el sentimiento de culpa martillando todo su ser.
―No te sientas mal, no es tu culpa.
―Pero es mi hermana.
―Ella toma sus propias decisiones, tú no puedes hacer nada más.
―No debí permitir que fueran a buscarla, si se fue, es su problema y quizás le haga bien tener que valerse por sí misma y entender que el mundo no gira a su alrededor. Siempre he tratado de protegerla y tal vez ese haya sido mi error.
―No te tortures, amiga, hiciste lo que mejor podías.
―Pero lo hice mal ―termina con la voz quebrada.

miércoles, 25 de octubre de 2017

La Bandolera. Capítulo 25

Arturo se dirige a la mercantil de la señora Rangel; necesita calmarse.
―¿Han sabido algo? ―consulta la mujer de inmediato.
―Nada. No hay pistas. Bueno, solo una, que inculpa a Jacqueline.
―¿Quién será el desgraciado que quiere hacerle tanto daño a esa joven?
―No tengo idea, creí que sería Leslie Sun, pero ella pareció muy sorprendida cuando le conté lo sucedido, además, puede ser muchas cosas, pero ¿asesina? No sé.
―No se olvide que ella le dijo a Luna Roja dónde encontrarla, suponiendo que él quería lastimarla.
―Es cierto.
―¿Tiene relación con el asesinato del coronel?
―¿Aparte de que ambos incriminan a Jacqueline? No. Y que ambos murieron de un disparo al corazón.
―O sea, están en nada.
―Peor que en nada. El coronel salió solo, por voluntad propia, lejos de su casa y lo mataron. Watson se fue a la colina, lejos de todo y lo asesinaron. Sin violencia, sin signos de lucha. Una bala. Solo una bala certera. Es un enigma. ¿Quién es capaz de llevarse a dos hombres, uno cuya seguridad era a toda prueba y el otro, que la seguridad era su fuerte?
―Una mujer.
―¿Qué?
―Eso, una mujer, ¿quién más puede apartar a un hombre, haciéndole olvidar el sentido común?
―Pero ¿quién? Yo por eso pensé que podría haber sido Leslie Sun.
―¿Leslie Sun? No me cae bien, pero por ella pagan. No es gran cosa irse con ella.
―Entonces, estoy perdido. Leslie Sun sabía que Watson había recibido un balazo, pero dijo que era algo lógico. No sé si creerle o no. Para ser franco, no sé qué creer.
―Habrá que tener los ojos bien abiertos ―comenta la mujer―, pues si esos hombres se alejaron por propia voluntad, miedo no tenían y eso solamente puede significar que, o fueron muy tontos, o fueron engañados por alguien a quien conocían.
―Es lo único claro ―replica el hombre―. Bueno, me voy, tengo cosas que hacer, ahora más que nunca Jacqueline tendrá que estar resguardada, alguien la quiere ver muerta.
―No la deje salir, que no ande sola por ahí ―ruega la dueña del local.
―Espero que haga caso, la obediencia no es su fuerte ―bromea Arturo.
―Cada vez está más dócil.
―Sí, debo reconocer que es una mujer muy dulce ―acepta con ojos de enamorado.
―Sí, y usted está embobado con ella ―se burla.
―Para qué negar lo evidente, ¿no? Esa mujer me trae de cabeza. Buenas tardes, señora Rangel, le da mis saludos a Herman.
―Él está en la oficina del comisario, seguro lo verá allá. Usted salude a Jacqueline de mi parte, dígale que la iré a visitar uno de estos días.
―Se lo diré y le hará bien que la visiten, aparte de Anne, no tiene mucha compañía, no se puede decir que cuenta con su hermana.
La mujer hace un gesto de desagrado. Él esboza una casi imperceptible sonrisa antes de salir del almacén y se dirige a la comisaría, sin embargo, antes de llegar, se topa con la señora Mark.
―Hola, guapo, ¿andas solo o con la asesina esa?
Arturo se detiene y observa largamente a la esposa del banquero.
―La señorita Smith no es una asesina ―asegura con firmeza.
―La señorita Smith ―ironiza―. Ya quisieras que fuera una señorita.
―Lo es.
―Claro, claro; como si en el pueblo no se supiera que la tienes de amante en tu casa, menuda señorita.
―Ella está en mi casa como medida de protección, y no solo ella, también su hermana.
―¿La mocosa come-hombres?
―¿Qué dice?
―Vamos, todo el mundo sabe que mientras le da esperanzas a Tommy, se revuelca con tus peones.
―Agradezca que es mujer, señora Mark, de otro modo, se hubiera ganado un buen golpe. Permiso.
―Tú estás muy seguro de que esa mujer es inocente; ten cuidado, Arturo Morgan, que cuando abras los ojos, puede ser muy tarde.
El hombre la mira de arriba abajo y se va sin decir nada.
En la comisaría se encuentran los hombres más importantes del pueblo, aquellos dos asesinatos en tres meses les concierne a todos.
―Ahora el amenazado soy yo, sheriff ―dice en ese momento Wilking, el dueño del Saloon.
―¡Arturo! Por fin volviste ―lo recibe Donovan―. ¿Cómo te fue?
―Leslie Sun no sabe nada.
―¿Qué van a hacer? Yo no quiero morir ―dice Wilking asustado.
―Lo que tú tienes que hacer es no alejarte del pueblo ―explica Morgan―, sea quien sea que te quiera sacar de aquí, debes negarte.
―¿Y eso?
―Tanto Watson como el coronel fueron alejados y asesinados, pero no hay rastro de pelea, por lo que suponemos que alguien conocido, y confiable, se lo llevó.
―¡Eso quiere decir que no estamos seguros en este pueblo! ―protesta el banquero―. Si están entre nosotros, podría ser cualquiera.
―Incluido tú ―indica Donovan.
―¡Yo no soy un asesino!
―No estoy diciendo que lo seas, lo que digo es que no podemos desconfiar de nosotros mismos. Quizás eso es lo que buscan.
―Desde que llegaron las hermanas Smith... ―comienza a decir Ralph Bishop, el sepulturero.
―Ni lo digas ―retiene Robert Herman.
―Ellas no tienen nada qué ver con todo esto ―asevera Tom Hiddle―. Es obvio que alguien quiere inculparla y nuestro deber es saber por qué.
―¿Celos? ―interviene el doctor Johnson.
―¿Celos? ¿De quién? ¿Por qué? ―Son las preguntas que se oyen de los asistentes.
―Los celos son el motor más potente del ser humano. Quizás alguien aquí quería tener a Jacqueline Smith y, al no lograrlo, la quieren incriminar.
―Pero ¿llegar a tanto por un capricho o una calentura? ―duda Bishop.
―No sabes la cantidad de veces que he tenido que ver casos realmente dramáticos por celos: asesinatos de las peores formas, quema de posesiones, escándalos que dejarían a cualquiera con la boca abierta.
―No sé, pero no puedo creer que sea esa joven, yo la he visto algunas veces y aunque muchos la han considerado arisca ―expone el señor Doggins―, más parece asustada que agresiva, lo cual es lógico, pensando en de quién es hija y con esos tres pisándoles los talones. No. Definitivamente, ella no es.
―¿Y la hermana? ―insiste el sepulturero.
―Por favor, la hermana es una niña aún, de la edad de mi Tommy.
―Eso no quita que sea bastante suelta de cascos ―repone Jason Mark.
―Miren quién habla de cascos sueltos ―ironiza Bishop.
―¿Qué quieres decir? ―se molesta el banquero.
Bishop, un hombre corpulento, mucho más que todos los demás allí, sonríe con sarcasmo, la mujer de Mark ha pasado por casi todos los hombres del pueblo, incluido él.
―No vinimos a criticar a nadie ni a pelear entre nosotros ―interviene Donovan―, necesitamos armar un plan para descubrir al asesino.
―Si no hay nada, ¿con qué podemos empezar? ―replica Morgan.
―Yo creo que lo primero es volver al sitio del suceso y ver si hay alguna pista allí, y desde allí iniciar una investigación. Huellas, cabello, no sé, algo que nos diga con exactitud lo que ocurrió, cómo y por qué ―sugiere Herman.
―Sí, en realidad, el sitio del suceso fue dejado de inmediato para traer a Watson hasta aquí.
―¿Quién lo encontró? ―consulta Jason Mark.
―Los hermanos Oleson. Ellos venían rumbo a su trabajo cuando encontraron el muerto en las praderas, vinieron de inmediato a avisar, fuimos y continuaba tirado bajo un árbol. Lo trajimos en ese mismo instante.
―¿Y quién encontró al coronel?
―Sus hombres. Al ver que su jefe no volvía, salieron a buscarlo por los alrededores hasta que dieron con él, a varios kilómetros de su casa.
El sheriff se siente impotente al no lograr atar los cabos sueltos en ambos casos. De hecho, el asesinato del coronel Lakewood estaba en punto muerto al no saber quién había sido la mujer que habló con él días antes de su asesinato.
Arturo, por su parte, quiere que pronto se aclare este problema, pues tiene ansias de saber quién odia tanto a Jacqueline como para querer perjudicarla de aquella forma.
Los demás hombres se debaten con la mirada, aquellos que están a favor de la joven y los que dudan de su inocencia.

****

El lugar de asesinato aún se encuentra lleno de sangre. El alguacil Watson fue asesinado bajo un árbol y abandonado a su suerte, quizá ni siquiera estaba muerto cuando lo dejaron solo. Se había desangrado por completo, lo que les hace pensar en que no fue en la madrugada, más bien, debió ser cerca de la medianoche.
―¿Qué dicen? ―interroga el banquero―. ¿De quién pudo ser obra esta muerte?
Morgan recorre el lugar, lo mismo hace el sheriff, los otros solo miran horrorizados, sobre todo el dueño del Saloon, quien sabe será la próxima víctima.
―¡Aquí hay algo! ―grita Donovan.
Todos se vuelven a mirarlo. En su mano tiene un pañuelo. El mismo pañuelo que hace tiempo le entregaron sus hombres. El mismo que le devolvió a Jacqueline pues era de su madre. Lo toma en sus manos para asegurarse que sea como piensa. Ahora sí, casi cada pieza del rompecabezas está armado en su cabeza, solo falta una: el porqué.
―Siguen queriendo inculpar a Jacqueline ―comenta Doggins.
―Así es ―responde Arturo.
―¿Y si no la quieren inculpar, sino que es ella? ―sugiere Bishop.
―Ella no es. No sería tan tonta para dejar huellas por donde pasa ―replica Herman―. Esto es para desviar nuestra atención.
―Alguien debe ser. ¿No hay ninguna otra sospechosa? ―inquiere Wilking.
―No ―asegura con firmeza Morgan.
―A mí me parece que sabes algo, ¿vas a ocultarnos información que pudiera ser importante, no solo para este caso, también para el asesinato del coronel y los mismos desmanes en tu rancho? ―espeta el sepulturero.
―Y no te olvides que yo ya fui amenazado ―agrega Wilking.
―¿Escondería algo que pudiera ayudar a solucionar este caso? ―interroga Morgan―. ¿Acaso creen que soy tan estúpido como para encubrir a una asesina?
―Eso sería una gran traición, Wilking, y todos sabemos de la integridad de Morgan ―defiende Charles Doggins.
―¿Entonces?
―Entonces hay alguien en el pueblo que está en contra de nosotros y quieren matarnos a todos. ¿Por qué? Hay que descubrirlo ―enuncia Wilkiing―. ¿Qué tienen en común los dos asesinados y yo, que estoy amenazado? No crean que es fácil para mí estar en esta posición, sabiendo que en cualquier momento me van a matar igual que a los otros.
―Nadie te va a matar ―asegura el sheriff―, siempre y cuando tú no caigas en el engaño de alejarte del pueblo.
―Te juro que ni a patadas me sacan de mi Saloon.
Los hombres se largan a reír. Wilking es un tipo cuya única arma es su trapo secador de copas y, aunque mantiene una escopeta en su local, muy pocas veces lo usa, el sótano es su arma de defensa cuando llegan tipos buscando problemas.
Arturo Morgan se retira a su casa. Teme por quien pueda ser la de los asesinatos. Porque una cosa es que Jessie haga ciertas maldades para vengarse de su hermana, vaya Dios a saber por qué, y otra, muy distinta, es que ande por ahí asesinando hombres y amenazando gente.
Entra y Jacqueline, como de costumbre, está en la cocina. La observa en silencio, sin decir nada. No sabe cómo decirle lo que acaba de suceder. Mucho menos que este nuevo asesinato tiene la marca de JS, ya no sabe si para incriminarla, para molestarla, o porque en realidad hay alguien por ahí cuyas iniciales son JS y quiere hacerse notar y dar a conocer su nombre y poder. O bien, Jessie perdió sus cabales y erró su camino.
―¡Arturo! ―exclama Jacqueline asustada.
―Disculpa, no quise asustarte ―dice el dueño de casa.
―¿Pasó algo?
―Sí.
―¿Qué sucedió?
El hombre se sienta pesadamente en una silla.
―¿Es grave?
―Asesinaron al alguacil Watson ―dice de sopetón.
―¿¡Qué!? ―inquiere conmocionada.
―Anoche. Lo asesinaron en las colinas, lejos de todo.
―¿Saben quién fue?
―Tenía una JS en la frente.
Jacqueline cae sentada en una de las sillas.
―¿Me van a llevar detenida?
―No. Todos saben que no eres tú. El problema es saber quién.
―¿No tienen una idea? ¿Algo que les dé una pista?
―Nada. No sabemos cuál es la relación entre el coronel Lakewood y el alguacil. Mucho menos qué tiene que ver Wilking.
―¿El dueño del  Saloon?
―Así es.
―¿Qué, también lo mataron?
―No, le dejaron una nota anunciándole que él sería el próximo.
―¿Una amenaza?
―Así es.
―Los hermanos Ross...
―Dudo que sean ellos, este caso y la llegada de los otros tipos, es diferente.
―Pero ¿están seguros que la muerte del coronel y del alguacil fueron hechos por la misma persona?
―Sí, el disparo fue hecho por la misma arma y la estampa de JS apareció en los dos casos.
―¿Qué van a hacer?
―¿La verdad? ―Ella asiente con la cabeza―. No sé. Estamos perdidos.
―¿En realidad no tienen ningún sospechoso?
―Ojalá tuviéramos algo. El crimen de Lakewood no ha tenido avance y mucho me temo que el de él y el de Watson queden impunes al no encontrar al asesino.
―Supongo que no me echarán la culpa a mí ―dice Jessie entrando a la cocina.
―Jessie... ―reconviene la hermana.
―¿Qué? Es la verdad, ahora último soy yo la culpable de todo. Ahora le molesto a todo el mundo. Seguramente, también dirán que yo soy JS, por Jessie Smith.
―¿Lo es? ―encara el dueño de casa.
Las dos hermanan lo miran con asombro.
―¡Arturo!
―Eso es lo que quisiera, ¿o no? Así, mi hermana quedaría libre de sospecha y se libraría de mí ―arremete la menor.
―No sabe lo que dice, Jessie, si quisiera perjudicarla, lo hubiera hecho ya, sé muy bien que usted es la de los desmanes nocturnos, pero el daño era solo a mí y de mí dependía si la acusaba o no. De lo que espero no sea culpable es de los asesinatos del coronel y del alguacil del pueblo. De eso sí no podría salvarla ni Dios.
―¿Y cómo está tan seguro que era yo la de los desmanes en su rancho?
―Tengo pruebas.
―¿Pruebas? Ninguna que me inculpe a mí.

―¿Y a mí sí, hermana? ―interroga Jacqueline con la duda golpeando sus sienes