miércoles, 20 de septiembre de 2017

La Bandolera. Capítulo 2

Una vez llevados los dos ebrios al calabozo, Arturo y los demás vuelven a la fiesta. Jacqueline se encuentra sentada en una banca, sola, observando todo alrededor, sin detener su vista en nada ni en nadie. Busca a Jessie, la pequeña sigue entretenida con Tommy.
La mayor de las hermanas Smith se levanta y se dirige a la mesa de las bebidas. El problema es que también ve a Albert que se acerca a la mujer. El terrateniente se acerca lo suficiente para escuchar lo que hablan.
―Buenas noches, señorita ―dice el hombre―. No la había visto por aquí. Mi nombre es Albert Brown.
―Buenas noches, soy Jacqueline Smith ―respondió la mujer con educación.
―¿Smith?
―Sí.
―¿Es familiar del viejo Smith? ¿Louis Smith?
―Soy su hija.
―Vaya, vaya, mire lo que son las cosas.
―¿Por qué le sorprende tanto?
―Porque nadie me dijo que ese viejo tenía una hija tan linda.
―¡Brown! ―lo llama Arturo―. Ven acá.
―Permiso, señorita, me llama mi jefe.
Ella accede con un movimiento de cabeza y Arturo la ve buscar con su mirada a su hermana que ahora habla con varios jóvenes del pueblo.
Arturo le da un par de órdenes inútiles a su hombre para enviarlo lejos de Jacqueline, la que avanza un poco hacia su hermana.
Arturo se acerca a ella en dos zancadas y, esta vez con querer, pasa a llevarla, provocando que su vaso se le voltee encima.
―¡Y bueno! ¿Acaso no tiene ojos? Fíjese por dónde camina ―espeta ella con rabia.
―Esta vez no me voy a disculpar.
―¿Ah, no? Encima maleducado.
―Usted no acepta mis disculpas ni necesita mi ayuda, entonces yo no voy a malgastar mis palabras en usted.
―Imbécil.
―Loca ―replica él.
Ella alza la mano para golpearlo y él se la detiene en el aire.
―Usted a mí no me toca y si lo hace, aténgase a las consecuencias.
―Usted no tiene ni un pelo de caballero.
―Como usted no lo tiene de dama.
―No voy a permitir que me trate de esta manera.
―Usted me va a permitir lo que yo quiera.
―No tiene derecho...
―Tengo todo el derecho, este es mi pueblo y a usted ni siquiera la había visto antes.
―Llegué hace un tiempo, pero me estaba instalando.
―En mi casa.
El rostro de la joven se pone blanco, más blanco de lo que ya es.
―Esa casa es de mi papá.
―Se equivoca, señorita Smith, esa casa es mía, yo la compré.
Jacqueline se descoloca, pero solo un segundo, antes de que vuelva a elevar su rostro con altivez.
―¿La compró o se la robó, señor Morgan? ―cuestiona con malicia.
―Yo no soy un ladrón, señorita.
―No lo conozco, no lo sé.
―Yo se lo estoy diciendo.
―Viene muy de cerca la recomendación, ¿no cree?
―¿Qué me quiere decir?
―Que yo no sé quién es usted, no puedo estar segura de que no le robó esa casa a mi papá.
―La compré con todas las de la ley, aquí la única bandolera es usted.
―¡No le voy a permitir que me llame ladrona!
―¿Y yo sí tengo que permitirle a usted que me llame ladrón? Esa es mi casa y si quisiera, podría echarla ahora mismo.
―No se atreverá.
―¿Quiere probarme?
―Mire, señor Morgan...
―¡Hermana! ―grita Jessie que llega corriendo hacia su hermana―. No sabe lo que me pasó. ―Se detiene en seco y mira a Arturo―. Lo siento, no sabía que estaba ocupada. Buenas noches ―saluda con una reverencia.
―Buenas noches ―la saluda con una sonrisa, la niña tenía un gran carisma, muy diferente a su hermana.
―Dígame, hermana, ¿qué le ocurrió?
―Si está ocupada...
Arturo no quiere seguir la conversación en otro momento, siente la rabia recorriendo todos sus poros, pero al parecer Jessie tiene algo importante que decir.
―Podemos seguir nuestra conversación más tarde ―ofrece Morgan de mala gana.
―No se preocupen por mí, yo solo venía a solicitar permiso. Hermana, unos chicos del pueblo me invitaron al lago mañana ―anuncia con una gran sonrisa y emoción, toma las manos de su hermana―. ¡Ay, hermana! No sabe lo feliz que estoy de haber salido de ese pueblo del infierno donde lo único que querían esos hombres... ―la pequeña deja la frase a medio terminar, pues los sollozos le impiden continuar―. Aquí todos me han tratado con respeto, nadie se ha sobrepasado y los jóvenes como yo hasta quieren ser mis amigos, sin importar quién fue nuestro padre. Incluso me invitaron a la Escuela dominical y a las clases de la señorita Irwin.
Jacqueline se incomoda con la confesión de su hermana.
―Lo que sí me advirtieron es que la casa de nuestro padre ya no es de él, tiene otro dueño, dicen que es un hombre justo, deberíamos buscarlo y hablar con él para que nos deje quedarnos, si nos cobra alquiler, le podemos pedir que nos espere, yo puedo trabajar en lo que sea, pero no quiero volver al otro pueblo, por favor, se lo ruego.
―No se preocupe ―interviene Arturo un poco más calmado ante las palabras de la niña―, nadie las va a echar, claro, siempre y cuando cumplan las normas de convivencia de este pueblo.
Jessie se gira sorprendida.
―¿Usted es Arturo Morgan? Lo siento, yo no sabía ―dice cubriéndose la boca con la mano.
―Está bien, pierda cuidado, Jessie.
―Muchas gracias, le juro que buscaré trabajo para pagarle.
―No hace falta, usted es una niña, no debería preocuparse de ese tipo de cosas, mucho menos, trabajar ―le dice con un tono de recriminación hacia Jacqueline.
―Mi hermana también está buscando trabajo, ¿sabe?
―Jessie, por favor, el señor Morgan no tiene por qué enterarse de todo ―la reprende su hermana.
Arturo esboza una irónica sonrisa.
―No se preocupe, Jacqueline, es bueno a veces, ver la otra cara de la moneda.
―Perdón, hermana. Muchas gracias, señor Morgan, me voy antes de seguir fastidiando.
Y vuelve a correr, pero esta vez en dirección hacia sus nuevos amigos.
Morgan mira directo a los verdes ojos de la hija de Louis.
―No les iba muy bien en el pueblo de donde vienen ―se burla con sarcasmo.
―No es asunto suyo ―replica la mujer.
―Yo creo que sí, si usted vive en mi casa.
―No se preocupe, nos iremos.
―¿A dónde? ¿Volverá a su pueblo donde su hermana era tan infeliz y donde, incluso, querían abusar de ella?
Jacqueline baja la cabeza.
―Buscaré otra casa ―articula con dificultad.
―¿Con qué dinero? Nadie más las dejará vivir gratis ―encaró.
―Buscaré trabajo.
―No le ha ido muy bien en su empeño.
Es Jacqueline quien busca ahora los oscuros ojos de Arturo.
―Le pagaré, solo necesito un poco más de tiempo ―ruega rendida a las circunstancias.
Él esboza una sonrisa demasiado varonil para el gusto de la mujer.
―No se preocupe, ya veremos en el modo en el que me cobre su estadía.
Un nudo se retuerce en el estómago de Jacqueline. Arturo es atractivo, pero eso no quiere decir que se entregaría a él a cambio de dinero o de casa o de lo que fuera que él les diera. Para eso, hubiese preferido quedarse en Perley, ahí al menos hubiera ganado dinero como prostituta.
Cuando vuelve a la realidad, Morgan ya no está con ella. ¿En qué momento se había ido?
La fiesta termina con una reyerta entre varios hombres, como era de esperar. El alcohol hace mella en algunos hombres y eso los pone violentos. Esta celebración no es la excepción y los golpes entre dos hombres, termina con varios más que se involucran.
Jacqueline se aparta a un lado y observa cómo Arturo coopera codo a codo con el sheriff y el alguacil en disipar el desorden y ayuda con sus hombres a llevarse a algunos a la comisaría a pasar la noche y la borrachera.
―Parece un buen hombre ―comenta Jessie a su hermana
―¿De quién habla?
―De Morgan, el dueño de la casa donde vivimos.
―¿Usted cree?
―¡Claro que sí, hermana! Nos dejó vivir en su casa sin cobrarnos, por lo menos por el momento, nos dijo que no nos preocupáramos.
Jacqueline no responde, ese hombre de bueno, tiene lo que tenía su padre de honrado.
―¡Jacqueline!, no quería irme sin despedirme de usted ―le habla la señora Rangel, acercándose a la joven―. ¿Qué le pareció todo?
―Estuvo muy entretenido, muchas gracias.
―Me alegro mucho, aquí usted está en su casa y si necesita algo, lo que sea, no dude en buscarme. Ya sabe que vivo aquí al frente, en la parte de atrás del emporio tengo mi casa.
―Muchas gracias, señora Rangel ―agradece sincera.
―De nada, niña, que esté muy bien. Buenas noches, Jessie ―se despide de la hermana menor de un modo solo cortés.
―¿Es idea mía o no le caigo bien a esa señora? ―consulta la niña.
―No, yo creo que es porque todavía no la conoce y usted es una niña todavía, ella no tiene hijos, quizás no sabe cómo tratar a los niños.
―Tengo quince años, hermana, ya no soy una niña.
―Es cierto, Jessie, pero sigues siendo muy pequeña.
―Muy pronto encontraré marido y ya dejarán de verme como una niña ―replica enfadada y se va.
Jacqueline queda muda mientras la ve alejarse. Ella entiende que su hermana está entrando a la edad casadera, pero sabe que la fama que las precede no es la mejor. De hecho, a ella ningún hombre la ha pretendido, precisamente por ser hija de Louis Smith.
―Ya todo el mundo está volviendo a sus casas, ¿usted pretende quedarse aquí toda la noche?
La voz profunda de Arturo Morgan la saca de sus pensamientos y lo mira sin emitir palabra alguna.
―¿Se piensa quedar aquí? ―insiste con reproche.
Ella niega con la cabeza, un poco perdida, mirando a todas partes.
―No, no..., pero mi hermana... no la veo, no sé dónde se metió ―comenta preocupada.
―¿Le pasó algo?
―Se fue enojada conmigo.
―Yo la vi en el arco de la plaza, sola, parecía que lloraba, no me quise acercar, no quería que se malinterpretara mi preocupación.
Jacqueline lo mira con desconfianza. Arturo tendría unos veintimuchos o treintaypocos años, al parecer, seguía soltero, ¿acaso se estaba fijando en su hermanita? ¡Claro! Por eso el cambio de actitud en cuanto ella apareció y les permitió quedarse y...
―¿Le pasa algo? ¿Se siente bien? ―inquiere Arturo colocando sus dos manos sobre los hombros femeninos para hacerla reaccionar.
―No, no... ―tartamudea―. Voy a buscar a mi hermana, nos tenemos que ir.
―¿Quiere que las lleve? Ando en mi carreta
―No se preocupe ―responde de mal modo al tiempo que se zafa del agarre.
Jacqueline camina en dirección a la plaza para donde encuentra a su hermana, tal como le había dicho Morgan.
―Jessie, nos vamos ―ordena.
La niña se levanta con dificultad.
―¿Qué le pasa? ―interroga.
―Me torcí el pie, me duele mucho ―se queja.
―¿Necesita un médico? Puedo llamar al doctor Johnson ―ofrece Arturo que había seguido a la muchacha.
―No hace falta, seguro mañana amanezco mejor, solo pondré mi pie en agua fría y...
―Las llevo a su casa, Jacqueline, Jessie no podrá caminar en esas condiciones ―impuso el hombre.
―Se lo agradecería, señor Morgan ―acepta la mujer con resignación.
―Gracias ―dice la hermana con emoción.
El hombre, sin dificultad, toma a la menor en sus brazos y la lleva hasta la carreta, allí la sienta. Jessie se acomoda en el medio, Arturo da la vuelta y se sube al lado de la joven. Jacqueline se sienta al otro lado de su hermana.
―Es usted muy amable, señor Morgan, lamento mucho darle este trabajo ―dice Jessie―, yo no quiero traerle más problemas.
―No es un problema, Jessie, no se preocupe.
Morgan mira a Jacqueline, esta mira hacia afuera, no tiene cara para enfrentar a su benefactor.
Jessie y Arturo no paran de conversar por todo el camino. Jacqueline se siente muy incómoda. Su hermana le cuenta al hombre los planes que tienen en ese pueblo, de sus nuevos amigos.
―¿Y mañana podrá ir al río así? ―le pregunta en algún momento Arturo, lo cual hace que Jacqueline se vuelva a mirar a su hermana.
―No sé, espero amanecer mejor mañana.
―Si quiere que la lleve yo, al menos para no dejar plantados a sus amigos, solo debe decirlo.
―¿De verdad? ―preguntó ilusionada―.  Es que no sé cómo amaneceré ―dice con tristeza.
―Puede avisarme usted si desea ir.
―¿Y cómo podría avisarle?
―Su hermana puede llevarme el recado.
―Yo no soy mensajera ―replica Jacqueline.
―¿Ni siquiera por su hermana puede ser un poco más amable? ―increpa Morgan.
―Si amanece delicada, no va al lago y punto.
―¡Hermana! ―gime la menor.
―Basta, Jessie. Si no puede caminar hasta el río, no va. Asunto concluido.
La niña hace un puchero y baja la cabeza Las miradas de los dos mayores se encuentran. El uno con rabia, la otra con soberbia.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Capítulo 1

Arturo observa a los asistentes a la fiesta de aniversario que se lleva a cabo en la plaza del pueblo. Diez años se cumplen desde que los primeros valientes hombres se atrevieron a establecerse allí en busca de nuevos horizontes. 
Debería estar feliz, pues él, junto con otros cinco hombres, fundó el pueblo de Twin Valley, en el Condado de Norman, al norte de Minnesota; no obstante, no tiene deseos de festejar nada. Desde hace unos días alguien, quién sabe quién, se mete por las noches a sus dominios y abre las caballerizas para que sus caballos huyan, desparrama el pienso de los animales por la pradera, raya las paredes o suelta al ganado. En fin, cosas que más que dañarle, le fastidian, situación que ya lo está sacando de quicio. No sabe quién puede ser, ni siquiera imaginar. Mal que mal, Twin Valley es un pueblo pequeño y todos son conocidos, amigos, y nadie se atrevería a importunar a Arturo Morgan, el dueño de casi todo el pueblo.
―Hola, guapo, ¿no bailas? ―La señora Mark, esposa de Jason Mark, banquero del pueblo, y dueña de la boutique, coquetea con él abiertamente―. Estoy algo aburrida, ¿tú no? Podríamos pasar un buen rato juntos ―susurra y se acerca al hombre de un modo provocador, quien la observa con indiferencia.
―Pues busque a su marido, señora Mark, él es el encargado de entretenerla, no yo ―responde de mal modo y se aleja hacia el otro sector de la improvisada pista.
La mujer queda con la rabia a hirviéndole por dentro y el hombre lo sabe, pero no caerá en su juego, esa mujer se ha acostado con medio pueblo mientras su marido finge que no se da cuenta.
Margaret Mark es una mujer bonita y sabe muy bien cómo seducir a un hombre para que haga lo que ella quiere, no obstante, sus artimañas no funcionan con Morgan, a quien no le gustan la mujeres atrevidas; a la única que se lo permite es a Leslie Sun, su prostituta favorita, a pesar que él no permite más relación que la que tienen en la cama.
―¿Qué pasa, Morgan? ¿Y esa cara? ―exclama Jeff Donovan, el sheriff del pueblo, mientras se acerca al aludido.
―Sheriff Donovan, no lo había visto, pensé que no había venido.
―Estaba arreglando unos asuntos.
―¿Problemas?
―Algo así, pero no es momento para hablarlo ahora.
―¿Tendremos problemas en el pueblo?
―No, no te preocupes. ¿Y tú? Tan solo y apartado que estás.
―Estoy escapando de la señora Mark.
―Esa víbora. No se cómo Jason la soporta. Yo la habría expulsado de mi casa y de mi vida hace mucho tiempo.
―El hombre está enamorado.
―Eso no es amor, Morgan, eso tiene otro nombre y es cualquiera, menos amor.
Ambos echan a reír, pero la risa se congela en la boca de Arturo Morgan. Al otro lado de la plaza hay una mujer, una hermosa mujer de pelo negro, tez blanca y ojos verdes. Una mezcla maravillosa. Jeff sigue el curso de la mirada de su amigo.
―No me digas que te gusta la chica Smith.
―¿Smith?
―Jacqueline Smith para ser más exacto, hija del viejo Louis Smith.
―¿Y qué hace aquí?
―Llegó hace unos días con su hermana menor.
―¿Por qué no me dijeron nada? ―reclama.
―Porque solo yo lo sabía, Jacqueline llegó a verme y me pidió que no le contara a nadie que estaban en el pueblo hasta que pasaran unos días.
―¿Y eso?
―No tengo idea, no me quiso decir.
―Y tú le hiciste caso ―reprocha Arturo.
―No se le niega un favor a una dama ―indica el otro.
Arturo vuelve a observar a la joven. Esta vez ella lo mira con desprecio en sus ojos. La señora Rangel está de pie al lado de ella, es decir, Jacqueline Smith ya sabe todo lo que tiene que saber de él y del pueblo.
―No entiendo. Llegó con el mayor secreto y ahora se presenta ante todo el pueblo en una fiesta tan importante para nosotros ―medita Morgan, mirando a su interlocutor.
―Sus razones tendrá ―responde el sheriff, relajado.
Arturo guarda silencio. Vuelve a mirar y recorre con su vista el lugar, la hija de Smith, había desaparecido.
―¿Han sabido algo de los delincuentes que están atacando mi rancho? ―interroga Arturo con un poco más de molestia en la voz.
―Nada. Aparte de las letras que ha dejado en diversas partes, no tenemos nada ―responde Donovan, claramente frustrado.
―Espero que lo atrapen pronto, y que lo hagan antes que yo, porque si yo lo encuentro ―se gira para quedar de frente al sheriff de un modo amenazante― lo mato.
―Estás en tu derecho, Morgan, bastantes problemas te ha dado y no queremos en este pueblo a cuatreros que nos vengan a revolver el gallinero.
Arturo no contesta. En realidad, el daño no es tanto como la molestia que le provoca.
Al sheriff Donovan lo llama uno de sus hombres y Arturo vuelve a quedar solo.
No por mucho rato.
―¿Viste a la recién llegada? ―pregunta alegre como es él, Charly Doggins, el mejor amigo de Arturo.
―La divisé hace un rato.
―Es bonita.
―¿Te parece? ―responde a desgano.
―¿No la encuentras bonita?
―No sé, no me fijé ―dice despectivo.
―¡Vamos, Morgan! Es una preciosura de mujer.
―Si tú lo dices.
―¿Qué te pasa? ¿Estás enojado?
―No. Estoy un poco cansado.
―Ya. Esperas que te crea. Dime, ¿qué te pasó?
―No me gustó esa mujer.
―¿Quién?
―Jacqueline Smith. Me da mala espina.
―¿La nueva? ¿Y eso?
―No lo sé. Todavía estoy tratando de descifrándolo, pero no me gustó.
―Quizás si hablas con ella...
Arturo mira a su amigo con fastidio.
―Te estoy diciendo que no me agradó esa mujer y tú, ¿me mandas a hablar con ella?
―No la conoces, no puedes saber cómo es. Nunca has sido un hombre prejuicioso.
―Algo oculta, créeme, esa mujer nos traerá muchos problemas.
―Quizás el único problema será que nos peleemos por ella ―se burla Charly.
―¿Cómo quieres que te diga que esa mujer no me gustó ni me gusta ni me gustará? No necesito conocerla para saber que no quiero saber nada de ella ―replica más enojado aún.
―¿No será porque es hija del viejo Louis?
―Eso es un factor, sí, no lo niego. Smith dejó un reguero de deudas y timos.
―Es un factor determinante al parecer.
―Puede ser, pero ella... No... ¿Sabes que lleva aquí varios días?
―Me acabo de enterar. La señora Rangel dice que lleva aquí dos semanas.
―¡Imagínate! Una mujer que se esconde así y que luego aparece en un evento público... Permíteme que dude de sus buenas intenciones.
―No digo que tenga buenas intenciones, pero tampoco puedes condenarla por eso, quizás necesitaba instalarse y conocer un poco el lugar al que habían llegado.
―No necesitaba esconderse para eso.
―En eso tienes razón.
―¿Sabes dónde se está quedando?
―¿No lo sabes? ―pregunta el amigo sorprendido.
―No tengo idea. De ella nadie me ha informado nada, acabo de enterarme que llegó al pueblo, ¿qué parte de eso no te quedó claro?  
Doggins expande su pecho al aspirar mucho aire.
―En la vieja cabaña Smith ―suelta.
―¿¡Qué?! ―Arturo se espanta―. ¿Se está quedando en mi casa y yo no lo sabía?
―Creí que te lo habían dicho.
―Pues no, no tenía la más mínima idea.
Charly hace un gesto de culpa y lástima. Su amigo está en realidad enojado y duda mucho que las recién llegadas puedan quedarse a vivir en la casa de su amigo. Doggins sabe que Arturo es un buen hombre, justo y bondadoso, pero firme contra las injusticias, sin temor a luchar por sus valores.
―Arturo, no las emprendas contra ellas, son dos mujeres solas, recuerda eso, por favor, no tienen a nadie que las ampare.
―¿Y eso les da derecho a usurpar mi casa?
―Hasta hace un tiempo era de su padre.
―Ya no.
―Quizás ellas no lo saben.
―Eso no les da derecho a llegar como un par de ladronas.
―Puede ser que tengan miedo, están solas, no debe ser fácil tener que luchar solas contra el mundo y con un padre timador; su fama las precede.
―Sí, y al parecer sacaron las mañas de su padre.
―Han de haber estado desesperadas.
Jacqueline Smith queda en el campo visual de Arturo Morgan, sus ojos se encuentran unos segundos. La verde mirada de la mujer lanza chispas de odio a las oscuras pupilas del hombre, quien no lo hace mejor. El odio entre ambos es patente y al parecer, no habrá entre ellos acuerdo.
―Arturo ―le habla Charly.
―Créeme que si no estuviéramos en esta fiesta, iría y la sacaría a patadas de mi casa ahora mismo.
―Es una mujer, Arturo, Jacqueline Smith, aunque sea hija de ese hombre, no merece que la trates mal. Tiene miedo, se le nota.
―Jacqueline Smith ―articula el hombre―. ¿Te das cuenta, Charly?
―¿Qué?
―JS, Jacqueline Smith.
―¿Qué estás pensando?
―Jacqueline Smith es quien se mete cada noche a mi rancho a hacer vandalismo. Es ella, son sus iniciales.
―¡Es imposible! ¡Mírala! Es una indefensa mujer.
―¿Imposible? Piensa, Charly, hace casi dos semanas que comenzaron los ataques a mis tierras, se meten, sueltan a los animales, desparraman el trigo, botan la comida. ¿Cómo no lo pensé antes? No son actos de un hombre, mucho menos de un forajido; más parecen los caprichos de una mujer despechada. Y su inicial es JS.
Doggins queda pensativo, su amigo en cierto modo tiene razón.
―Le tenderé una trampa de la que no podrá escapar y no le quedarán ganas de quedarse en mi pueblo.
―No la vayas a lastimar ―ruega Charly.
Arturo clava su mirada en la de su amigo.
―No usaría mi fuerza física con una mujer, eso está descartado, pero de que se merece una lección, debes estar de acuerdo conmigo, en que se la merece.
―Morgan ―suplica una vez más un asustado Doggins.
―Esa mujer me las pagará, sí, señor ―sentencia el latifundista.


La fiesta sigue en tranquilidad. A Morgan le apetecería retirarse, sin embargo, no lo hace, prefiere quedarse allí a vigilar que todo marche en paz y que esa mujer no se vaya, si se va, lo más probable es que se fuera a su fundo a hacer de las suyas.
Se acerca a la barra de las bebidas y toma un vaso de whisky que se lo bebe de un sorbo. Se da la vuelta y ve a una joven desconocida para él que conversa animadamente con el joven Hiddle, Tommy, quien parece muy entusiasmado con aquella niña. Según sus cálculos, debe ser la hermana de Jacqueline, Jessie. La niña, pues para los treinta años de Morgan, Jessie con quince años sigue siendo una niña, es todo lo contrario a su hermana. Mucho más parecida a su padre. Rubia, de ojos azules, menuda y muy sonriente.
Piensa en acercarse a conversar con ella, parece mucho más afable que la amargada de Jacqueline, quien se cruza en su campo visual, cubriendo con su presencia a su hermana, que ni cuenta se da de lo que sucede. Arturo avanza sin mirar más que a la odiosa recién llegada, por lo que no se da cuenta que una incipiente pelea se gesta detrás de ella.  
―¡Idiota! ―Arturo reacciona al grito y mira por encima de la cabeza de Jacqueline en dirección a la disputa.
Uno de los hombres del aserradero de Robert Herman golpea a su hermano y en el altercado, empujan a Jacqueline. Arturo reacciona corriendo los pasos que le quedan para alcanzar a sujetar a la mujer que va a caer con estrépito al suelo, que en vez de eso, choca con el hombre.
―¿Se encuentra bien? ―le consulta él con preocupación.
Ella recorre su rostro y luego, cuando reacciona, le da unos manotazos para apartarlo.
―Hey, solo quería ayudarla ―protesta él ante la resistencia de la mujer.
―No necesito su ayuda.
―Al parecer no necesita nada de nadie si no fue capaz de anunciar su llegada como corresponde.
―No tenía obligación de hacerlo.
Los hombre de Herman continúan peleando y aparece el sheriff acompañado de su asistente el alguacil Watson.
―Lo siento, pero no tengo tiempo para usted, hay cosas más importantes en este momento, ya hablaremos. Permiso.
Y pasa por su lado para ir a ver a los hermanos que pelean.
―Imbécil ―masculla la joven sin moverse de su lugar, aun así, Arturo la escucha muy bien.
Se voltea y respira muy cerca de su oído.
―No me provoque, Jacqueline. Yo no le he hecho nada para que me trate de esta forma... Todavía.

Y se va sin volver a mirar atrás. Por una vez odia a esos dos que viven peleando por cualquier estupidez. 

lunes, 28 de agosto de 2017

¿Qué esperabas? Epílogo

Epílogo

Era diez de septiembre, el cumpleaños de mi esposo. Con Daniel nos casamos en febrero y de Luna de miel nos fuimos a Antofagasta. Vendí mi casa y aprovechamos de pasear y volver a recorrer aquellos lugares que habíamos frecuentado cuando nos conocimos.
Luis, el chico del Café del Centro todavía se acordaba de mí y me dijo que me había echado de menos, le conté a grandes rasgos lo sucedido y que me volvía a ir, así que al cancelar la cuenta, nos dimos un abrazo. Eso me gustaba de ese lugar, era como estar entre amigos.
Me despedí de la ciudad. Daniel quería trasladar a mi mamá del cementerio, pero yo le dije que no, a fin de cuentas, no estaba allí, además, sería bueno tener a alguien a quien visitar en Antofagasta.
Aquel día, que era su cumpleaños y, además, cumplíamos siete meses de casados, le tenía un regalo muy especial que solo sabíamos Julieta y yo.
A él nunca le gustó celebrar su cumpleaños, vaya a saber por qué, pero desde que nos conocimos sí lo quiere festejar... Pero esta vez, solo con su familia. Y eso a mí me viene muy bien.
Mi suegra le hizo una torta exquisita; mi suegro, un asado; sus hermanos se encargaron de las bebidas, y Julieta y yo de los adornos.
Al rato, decidimos que ya era hora de abrir los regalos. Abrió todos los que estaban allí, sin embargo, no había ninguno mío.
―Cuñada, ¿no le hiciste ningún regalo a tu marido? ―me reclamó, sin enojo, Carlos.
―Le tengo un regalo, pero quería que lo viera al final, por eso no lo dejé con los demás.
―A ver...
―¡Que lo abra, que lo abra! ―comenzaron a gritar todos, entre risas.
Abrió la cajita que le entregué y sacó un test de embarazo y un osito de bebé. Me miró con lágrimas en los ojos.
―Mi amor... Mi niña... ¿Es lo que estoy pensando?
―No sé qué estás pensando ―dije haciéndome la desentendida.
―¿Estamos embarazados?
―¡Siiiiii! ―respondí feliz y él me abrazó a lo bruto, como era su costumbre.
―Perdón, perdón. ―Se apartó de mí―. Perdón, ¿te hice daño? ¿Le hice daño al bebé?
―No, tontito.
Nos besamos. Todavía podía sentir esa magia cuando me besaba, como si nadie más en el mundo existiera. Lo amaba. Estaba segura de eso.
Todos nos felicitaron por la hermosa noticia. Un nieto más venía en camino y eso hacía muy felices a mis suegros.
Cerca de las ocho, apareció Martina con Miguel. Hacía un año que no lo veía. Mi marido y su familia, sí. Había estado en tratamiento y se suponía que ya estaba a punto de dejar las pastillas bajo supervisión médica. Él tenía una depresión por todo lo sucedido, desde el maltrato de su padre hasta tener que hacerse cargo de todo, pasando por la muerte de su madre y el incendio que dejó marcado su rostro. Y todo eso sin contárselo a nadie, sufriéndolo en silencio.
―Buenas noches, disculpen que vengamos así ―comenzó a decir Miguel―, pero veníamos a saludar a Daniel. Martina insistió en venir.
―Claro, claro, pasa ―aceptó el dueño de casa.
El ambiente se tornó raro, no mal, pero sí raro.
Daniel avanzó hasta donde estaba él. Los primos se saludaron con un apretado abrazo y algo le dijo Miguel a mi esposo, este también le contestó, pero no sé qué le diría.
Luego, saludó al resto. Cuando llegó mi turno, solo se paró frente a mí y sostuvo mi mirada unos segundos.
―Quería pedirte perdón, sé que lo que hice no tiene perdón de Dios, yo... yo no sabía lo que hacía. ―Sus ojos se aguaron. Creo que los míos también.
―Sé que estabas pasando por un mal momento.
―Perdóname, por favor, te lo suplico.
―No hay problema, Miguel, no te preocupes.
―Gracias.
Se iba a dar la vuelta cuando vio en la mesa el regalo que yo le había hecho a mi esposo. Y me miró. Yo sostuve la respiración.
―¿Estás embarazada?
Asentí con la cabeza, debo confesar que tuve mucho miedo y me llevé las manos a mi vientre, protegiéndolo.
―Felicidades, te mereces toda la felicidad del mundo.
―Gracias ―musité apenas.
Me dieron ganas de llorar. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil? Daniel llegó al lado mío y me abrazó a su costado de modo protector.
―Felicidades, primo ―lo saludó con tristeza―, les deseo toda la felicidad del mundo.
Ambos asentimos con la cabeza sin decir nada. A mí por lo menos, no me salían las palabras.
―Bueno, me voy, Martina se puede quedar, ¿cierto? Yo tengo que ir a ver a mi hijo, Hilda me llamó que está con fiebre y voy a ver si lo llevamos a médico.
―Claro, claro, hijo ―aceptó don Carlos―, anda tranquilo, Martinita se puede quedar aquí o si se quiere ir, no faltará quien la vaya a dejar.
―No te preocupes, primo, ella estará bien aquí ―indicó Carlos.
Ella había terminado con Mauro hacía una semana y había vuelto al fundo. Ya me contaría su historia, porque no habíamos tenido oportunidad de hablar desde su llegada. 
―Gracias. Chao ―se despidió Miguel―. Que estén bien.
Se subió a su camioneta y se fue despacio. Daniel me abrazó a su pecho.
―¿Cómo estás? ―me preguntó en el oído.
―Con una mezcla de sensaciones, de recuerdos. Y el embarazo no ayuda mucho ―confesé echándome a llorar.
Me apartó y puso una mano debajo de mi mentón.
―¿Debería preocuparme?
―No. ¿Por qué?
―¿Sientes cosas por él todavía?
―¿Aparte de miedo? No. Fue algo muy raro. Le tuve miedo, me acordé de lo que pasó el año pasado; pero a la vez los recuerdos de cuando éramos chicos también llegaron a mi mente y... Y también me dio pena, se veía muy triste, ¿o fue idea mía?
―No, no fue tu idea, a mí también me conmovió, sobre todo cuando vio tu regalo.
―Sí.
―Quizás pensó que podría haber sido suyo.
―Él nunca quiso. ¿Qué esperaba después de todo lo que pasó? ―Me encogí de hombros―. Será mejor que me vaya a lavar la cara, no quiero estar fea en tu día, además, que mañana ―le dije poniendo mis dos manos sobre su pecho de modo coqueto― vamos a ir a conocer a nuestro bebé.
―¿De verdad? ¿Lo veremos en esas pantallas?
―Sí, sí, y vamos a ver cómo está, de qué porte...
―¿Y sabremos si es niño hombre o niña mujer?
Me reí.
―No, todavía es muy pronto.
―Te amo, mi niña, te amo como no te puedes imaginar.
Nos besamos. No nos importó que estaba la familia mirando, tampoco que mis lágrimas buscaban nuestros labios. Nos besamos con todo el amor que sentíamos.
―No sabes cuánto te agradezco este regalo que me hiciste, por tu amor, por todo lo que me das día a día ―susurró, abrazándome fuerte contra él.
―¿Qué esperabas? ―le pregunté―. Después de todo lo que me has dado, enamorarme fue fácil... Aunque seas un poco bruto y me aplastes cada vez que me abrazas ―me quejé.
Me soltó un poco y largó una risotada tan propia. Secó mi cara con su mano y me besó en la frente.
―Tendré que tener más cuidado.
―Te amo ―expresé con todo mi sentimiento.
―Y yo a ustedes ―me contestó de igual modo antes de volver a besarme con todo el amor, brutalidad y dulzura que siempre lo hacía.


¿Qué esperabas? Capítulo 46

Capítulo 46

Desperté en una sala de hospital, rodeada de gente. Daniel, sentado a mi lado, me miraba expectante, como si supiera que iba a despertar. O quizás, ya llevaba tiempo allí esperándome.
―Hola, mi niña ―me saludó feliz y dulce.
―Hola ―respondí a su saludo, aliviada, si me encontraba allí era porque ya estaba fuera de peligro.
Mi pololo me dio un suave beso en los labios y me ardió.
―¿Te duele?
Me fui a tocar, pero tenía la mano atada a la camilla. Me aterré. ¿Y si todos en esa familia eran psicópatas? Me quise soltar, pero todos mis esfuerzos eran inútiles.
―Tranquila ―me dijo Daniel afirmándome con firme suavidad―, no te muevas. Te tuvieron que amarrar porque querías sacarte todo, estabas desesperada; el doctor dijo que por la experiencia traumática que viviste, pudiera ser que quisieras soltarte de las mangueras.
Me calmé.
―Si me prometes que te quedarás tranquila, te suelto.
―No quiero estar amarrada ―gemí.
―No pasa nada ―me tranquilizó y enseguida me soltó y me dio un beso en la comisura del labio, donde no dolía.
Me toqué el labio, lo tenía hinchado, seguramente por el golpe de Miguel.
―¿Ya puedo saludar a mi cuñadita? ―interrogó Julieta con ambos brazos en jarra.
―Claro, te cedo mi puesto un ratito ―concedió su hermano.
La niña casi se me tira encima de puro contenta.
―Me diste un susto de terror, cuñadita ―me decía mientras me daba un montón de besos en la cara. Ella creía ser grande, pero seguía siendo una niña, bueno, con dieciséis años, era una niña.
―Pero ya estoy bien.
―Sí, no sabes cuánto me hiciste llorar.
―Pucha, perdón.
―Pero ya estás bien y dijo el doctor que mañana a lo mejor te puedes ir a la casa.
Le sonreí, me sentía cansada.
Julieta se salió de la cama y la señora Rosa se acercó a mí y tomó mi mano.
―¿Qué quiere comer mañana para cuando llegue a la casa? ―me preguntó, ella es de las personas que demuestran su cariño con comida.
―No sé, lo que quiera.
―No, pues, dígame usted ―insistió con suaves caricias en mi pelo.
Miré a todos, la familia en pleno estaba allí conmigo.
―Lo que quieran ―musité y me dormí con los cariños de esa mujer que se parecía tanto a mi mamá y que me trataba como si yo fuera su propia hija.
Al despertar, solo Daniel me acompañaba.
―¿Todavía aquí? ―Fue mi saludo.
―¿Tú crees que te voy a dejar sola de nuevo?
―Perdóname.
―¿Qué tengo que perdonar?
―Eché a perder la celebración.
―No, mi niña, tú no echaste a perder nada. No fue tu culpa.
―Tuve mucho miedo.
―Me imagino. Fue muy rudo contigo.
―¿Qué pasó con él?
―Está al otro lado del pasillo ―respondió algo incómodo.
―¿Por qué?
―Estaba muy mal, estaba como loco. Le pusieron un sedante. Tiene algunos trastornos, lo atenderá un psiquiatra, porque llegó enajenado, con síntomas de psicosis, pero deben analizar si debe quedar internado o no, puede que tenga una depresión o algo así.
―Estaba muy mal, ¿tú sabías que su papá les pegaba?
―Me acabo de enterar y mi papá también. Estaba muy enojado con su hermano y con él mismo por no haberse dado cuenta y no haber defendido a sus sobrinos. Martina también lo sufrió, no en la misma medida, pero no salió libre del maltrato.
―Sí, ahora entiendo muchas cosas, él tiene muchas cosas no resueltas de su pasado.
―Es verdad, pero dime, eso no significa que querrás volver con él, ¿o sí?
―No, tontito, me da pena él, es muy triste lo que pasó con su familia, si quizás él hubiese confiado en mí, si me lo hubiera dicho, yo podría haberlo apoyado, pero ahora ya no, ya no podría volver con él; como te digo, es una lástima, pero ya no siento amor por él, ahora solo queda el cariño que sentía por el hermano de mi amiga.
―Te amo ―susurró en mi boca y me dio un suave beso, apenas rozando mis labios―. Mañana te podrás ir. Mi mamá dijo que te iba a esperar con pan amasado, con empanadas, que ni alcanzaste a comer, y con pastel de papas.
―¡Qué rico! Ya quiero irme ―expresé emocionada.
―Te quedan unas poquitas horas, mi niña, mañana volveremos.
―¿Qué hora es?
―Las dos de la mañana.
―Es tarde.
―Es que tenías que dormir. ¿Tienes hambre? Mi mamá dejó algunas cositas, el doctor dijo que no había problema en que comieras.
―¡Ya! ―respondí con entusiasmo, la verdad es que tenía mucha hambre.
Comí varias cosas ricas que me habían llevado y, aunque Daniel me miraba con atención, igual comí como si el mundo se fuera a acabar.
―Mientras dormías, pensé en algo: tendré que buscar nueva secretaria.
Me puse seria.
―¿Qué? ¿Por qué? ¿Ya no me quieres en tu casa? ―apostillé nerviosa.
Largó una risotada.
―No, mi niña, ¿cómo se te ocurre pensar siquiera en eso? ¡No! Yo te quiero ahí, pero cuando nos casemos y tengamos hijos, ¿con quién se quedarán? No me gustaría que otra persona los viera, al menos cuando sean pequeñitos, necesitarán de su mami.
Sonreí llena de felicidad.
―¿Me estás proponiendo matrimonio?
―No.
―¿Entonces?
―Te estoy haciendo una pregunta práctica.
―Ah, en ese caso, no sé, tendría que estar en la situación ―repliqué indiferente.
―En ese caso...
Se levantó y tomó su chaqueta que estaba encima de un sofá y sacó algo. Mi corazón se aceleró. Volvió conmigo y abrió una cajita con un hermoso anillo.
―Cristina Muñoz, ¿quieres casarte conmigo? Me arrodillaría, pero desde la camilla no me verías.
―Tontito, no tienes que arrodillarte. Y ¡claro que quiero!
Nos besamos, no me importó el dolor ni mis malestares, a pesar que debo admitir que él fue muy cuidadoso.
―Te amo, mi niña, no sabes cuánto y hoy ha sido el peor y el mejor día de mi vida.
―No pensemos en lo malo.
―Tienes razón.
Nos volvimos a besar. Me colocó el anillo, me quedaba a la perfección.
Se acostó a mi lado y así nos dormimos, abrazados. Yo me sentía segura en sus brazos y él no quería apartarse de mí.
Al amanecer despertamos a la vez. Abrí los ojos en el mismo instante en que él los abrió.
―Buenos días ―me saludó.
―Buenos días ―contesté.
Nos dimos un corto beso, mi labio ya no dolía.
―Hoy nos iremos ―me dijo, contento.
―Sí. Ya quiero estar allá.
―Yo también te quiero allá ―repitió con dulce burla.
A las once nos dieron el pase para irnos, me preguntaron si quería quedarme a almorzar, ni loca para aceptar comer comida de hospital, sabiendo que me esperaba un exquisito pastel de papas en familia.
Y así fue. La tarde la pasamos conversando entretenidos. Nadie mencionó lo sucedido con Miguel. Solo el padre, casi al llegar la noche, se acercó a mí, todavía caminaba con dificultad y se sentó a mi lado.
―¿Cómo se siente, mija? Yo siento harto no haberme dado cuenta que mi sobrino quería hacerle tanto daño.
―No, don Carlos, no fue su culpa ni de nadie. Él estaba mal, pero nadie podía saberlo, él no quería hablar de eso, tal como la tía Marisa, se callaron todo eso y ahora explotó. Miguel no es malo, solo está muy dañado y creo que como familia tienen que apoyarlo. Yo, obviamente, no podría hacerlo, no mientras no esté segura que puedo volver a confiar en él. Claro que igual apoyaré desde aquí, donde esté segura ―terminé con un tono de humor.
―No tiene que hacerlo.
―Miguel fue muy importante en mi vida, don Carlos; como hermano de mi amiga, crecí con él, él nos cuidaba en la escuela, cuando algunos chicos me molestaban por ser pobre, él me defendía; él nos acompañaba a las fiestas para que nuestros padres nos dieran permiso; él era un hermano mayor para mí. Ahora comprendo que confundí las cosas y en realidad fue como siempre me decía él mismo: lo que yo sentía era el amor que se puede sentir por un profesor, un amigo mayor, el hermano mayor de la amiga; así que si puedo ayudarlo, lo haré. Pero segurita aquí.
―Claro que sí. No sabe el susto que nos dio cuando Daniel nos dijo que usted no estaba y Miguel tampoco. No sabíamos dónde podía habérsela llevado. Pensamos que en su casa, pero era demasiado obvio. Claro que al no tener claridad de otro lugar... ―Meneó la cabeza en un gesto de desesperación.
―Ya pasó, don Carlos, ahora todo está bien, al menos terminó bien. O mejor de lo que podría haber terminado. No se preocupe usted, que también tiene que estar tranquilo.
Nos tomamos de las manos y él vio mi anillo.
―¿Y esto? ―me consultó, yo no usaba joyas.
―Le pedí matrimonio ―respondió Daniel por mí.
―¡Cómo se guardan una noticia así! ―exclamó con la cara llena de emoción―. Felicidades, ahora sí será mi nuera oficial, aunque para mí siempre será mi hija y si su futuro marido se porta mal, usted me dice nomás y yo lo pongo en línea altiro.
Me dio un abrazo bruto, como los de su hijo.
La mamá también se acercó a abrazarme, feliz por la noticia y también me dijo palabras llenas de cariño maternal.
Para qué decir Julieta, era la más feliz con la noticia; lo mismo los hermanos de mi ahora prometido. Y mis sobrinos no entendían mucho, pero igual me abrazaron. Eran muy especiales.
Deseé que mi mamá estuviera allí y su aroma llegó hasta mí y se fue, como una caricia, y supe que ella, donde estuviera, me cuidaba y estaba feliz por mí.




¿Qué esperabas? Capítulo 45

Capítulo 45

Me subió a su camioneta, ¿tenía todo preparado desde antes? Con razón Daniel no llegó a buscarme, debe haberlo entretenido con algo, de otro modo, estaba segura que habría estado esperándome fuera del baño.
―Miguel, ¿qué vas a hacer? ―le pregunté cuando terminó de subirme a la camioneta y me amarró al asiento con el cinturón de seguridad.
En lo que él daba la vuelta me zafé de un brazo, pero al intentar abrir la puerta, esta no se abrió.
―Tiene seguro de niños, no puedes salir ―me dijo con dureza mientras subía a la camioneta.
―Miguel, estás actuando como un psicópata.
―No, estoy actuando como un hombre enamorado que se niega a perder a la mujer de su vida.
―Esto no es normal, hay otras maneras.
―¿Otras? Pues tú no has querido otras maneras, Cristi.
―Miguel, por favor, sabrán que me secuestraste.
―¿Te secuestré, Cristi? ―interrogó al momento de echar a andar el vehículo―. No es secuestro, mi amor, nos escapamos juntos. Ya te darás cuenta que todavía me amas y seremos felices para siempre.
―Pero no de esta forma, Miguel, por favor, déjame volver.
―Tranquila, mi amor, todo estará bien ―me dijo y buscó mi mano, la que tomó con suavidad, pero una suavidad contenida, como si solo esperara que volviera a confiar en él para dar otro zarpazo.
Y se me ocurrió que quizás si hacía lo que él me decía, si le hacía creer que seguía queriéndolo, podría ganar tiempo para escapar. Pero luego lo pensé mejor y si lo hacía, él podría tomarlo de otra manera y ser peor.
Miré hacia afuera y lloré en silencio. Pensé en Daniel, seguramente ya debía estar buscándome, preocupado. Quizás también se había dado cuenta de la desaparición de su primo y más nervioso estaría. ¿Por qué fui al baño sola? Debí dejar que me acompañara. Esperarlo, porque estaba bailando con una vecina cuando aproveché para ir. ¡Qué rabia! Miguel no tenía ningún derecho a hacer eso. ¿Qué se creía? Estaba loco. Eso era seguro. Se había trastornado. Algo le había hecho cambiar. Ya no era el Miguel que yo había conocido.
Llegamos a su casa. Me hizo bajar de la camioneta y me obligó a entrar con él. Ya no rogaba, sabía que no serviría de nada. Esperaba que al estar seguro que no me iba a poder escapar, se tranquilizara y me escuchara para entrar en razón.
―Esta es tu nueva casa, mi amor, ¿te gusta? ―me dijo como si fuera lo más natural del mundo.
―Es muy linda ―halagué con sinceridad, si no hubiese estado de por medio el secuestro, hasta podría haber disfrutado de ese lugar.
―Ven, ¿quieres algo? ―me preguntó.
“Escapar”, contesté en mi mente.
―Nada ―respondí en voz alta.
―Mi amor, no te sientas incómoda, esta es tu casa y puedes hacer lo que quieras.
Me llevaba abrazada, mejor dicho aferrada a él, y todavía no me soltaba, lo cual hizo luego de cerrar la puerta con llave.
―¿De verdad no quieres tomar algo?
―De verdad, gracias, ya tomé demasiado.
―Pero hubieras seguido tomando de seguir en la fiesta, ¿no? ―me dijo con recriminación.
―No, ya no quería seguir comiendo ni tomando nada más.
―Como digas.
Miguel se apartó y caminó hasta un mueble bar donde guardaba varios tipos de licores, esperaba que no se pusiera a tomar; si bueno y sano parecía un loco, borracho no me lo quería ni imaginar.
―¿Estás segura que no quieres un ron-cola para relajarte? Estás un poco tensa.
―No, no, gracias ―tartamudeé.
Se volvió a acercar a mí y tomó mi cara entre sus dos enormes manos.
―Tranquila, todo va a estar bien, yo sé que debes estar nerviosa, pero ya verás que muy pronto te sentirás en casa, como debe ser.
Me dio un pequeño beso en la boca y se volvió a separar de mí.
―Miguel, tú sabes que nos van a venir a buscar, ¿cierto?
―No tienen por qué.
―Por favor... ¿Qué te pasa? ¿Qué quedó del Miguel que conocí de niña, con el que crecí, el que me cuidaba, el que me retaba, al que molestaba y no se enojaba?
Se devolvió con celeridad y volvió a tomar mi cara.
―Sigo siendo el mismo, Cristi, sigo siendo el mismo. Es solo que no soporto que te hayas ido con Daniel. Él no te merece, él anda con una y con otra, ¿cuánto crees que le va a durar la calentura por ti? Después te dejará llorando y peor de lo que estas. Él sabe cómo hacer que las mujeres crean en él, él sabe cómo conquistarlas, y ¿sabes qué es lo peor?, que él siempre ha querido lo que tengo yo y por eso te quiere a ti.
―Eso no es verdad.
―Sí lo es, ¿por qué crees que se enamoró de ti tan perdidamente desde que te vio? Porque él sabía lo que yo sentía por ti, sabía que tú también me amabas y se fue metiendo y metiendo hasta robarte.
―Si tú hubieras actuado como corresponde, él no hubiera hecho nada. Es más, no hizo nada, él respetó el amor que yo sentía por ti.
―¿Respetó qué? ¿Acaso me vas a decir que cuando fueron a Mejillones no pasó nada?
―¡No!
―No te creo.
―Es verdad, él quería subirme el ánimo por lo que había pasado contigo, él decía que tú no ibas a durar mucho tiempo lejos de mí.
―Yo no quería estar lejos de ti, pero él estaba metido todo el tiempo entre nosotros. Yo quería algo entre tú y yo, nadie más, pero él... él se metía y... ―Me dio un beso―. Mira, aquí estamos los dos solos, ¿no te parece maravilloso? Sin esa gente chismosa que lo único que quiere es hacerle daño a las parejas enamoradas y felices como nosotros. Ni Daniel ni nadie va a volver a interponerse entre nosotros.
No supe qué decir.
―Ya verás que lo mejor es ir poco a poco, que nos volvamos a conocer, y cuando ambos estemos seguros, mostrarle al mundo lo que nos amamos.
Me aparté de él con brusquedad.
―¡No, Miguel! No. Tú y yo no estamos enamorados ni somos felices; tampoco estoy encantada de estar aquí, estoy secuestrada; tampoco tu primo se metió, eras tú el paranoico y, ¿sabes qué?, por un momento sentí lástima, pensé que estabas delirando, no sé, que estabas mal de la cabeza, pero ahora veo que solo eres un idiota que no tiene idea de lo que es el amor.
―¡Cállate!
―No me callo, ¿sabes por qué? Porque tú a mí no me intimidas. ¡Viólame, pégame! Haz lo que quieras, pero ya nunca más te voy a volver a amar. Después de todo lo que me has hecho, de todo lo que me estás haciendo, ¿qué esperabas?, ¿que te siguiera amando? No. Imposible seguir amándote.
―No estás hablando en serio.
―Hablo muy en serio, y ahora déjame ir.
―No, tú te mueves de aquí.
―Esto no va a terminar bien si tú no dejas que me vaya. Daniel va a venir por mí.
―¡No lo menciones! ―gritó.
―Aunque te hierva la sangre, Daniel es mi pololo y lo amo. Y él me ama a mí.
―¡Cállate! ―amenazó con los dientes apretados.
―¡Yo amo a Daniel! Y tú no puedes hacer nada en contra de eso.
Me dio una bofetada horrible. Mi labio se partió y mi lengua se rajó por un costado.
―Perdón, perdón, mi amor, yo no quería hacerlo, tú me obligaste ―se disculpó desesperado y puso su pañuelo en mi herida.
―Déjame, psicópata, no me toques ―repliqué más enojada que asustada.
―Perdóname, tú me provocaste, yo no quería.
―Y te voy a seguir provocando, imbécil, porque hagas lo que hagas y digas lo que digas, métete bien esto en la cabeza: yo no te amo ―marqué una a una esas últimas tres palabras―. Y no te voy a amar nunca.
―No me sigas provocando.
―Mátame si quieres, pero no vas a escuchar de mi boca ni un solo “te amo” para ti. Eres un imbécil, no sé cómo no me di cuenta antes que eras un estúpido narcisista, que jamás has amado a nadie, que solo te aprovechabas de la situación.
―Eso no es verdad.
―Cuando te confesé que te amaba, ¿qué pasó? ¿Acaso no me abusaste bajo el muelle?
―No te abusé. Tú me incitaste.
―Yo no te incité, ni siquiera sabía bien lo que hacía.
―Agradece que no hice nada más, si mi papá no nos hubiese visto... ―Hizo un gesto de desagrado―. Ahora no te estarías quejando.
No entendí en un primer momento lo que quiso decir, pero lo entendí al segundo.
―¿Crees que yo quería tener sexo contigo en ese momento?
―Siempre has querido eso, y está bien, mi amor, eso hacen dos enamorados. Y hablando de eso...
Se acercó más a mí y rozó su boca con la mía. Quise apartarlo, pero su fuerza era mayor.
―No te resistas, hoy serás mía y nadie podrá evitarlo.
Me llevó al dormitorio en sus brazos. Yo pataleé, peleé, grité, supliqué; pero nada hacía que él desistiera de llevarme. Me lanzó a la cama y yo quise escapar, pero me agarró de la pierna y ató una corbata a mi pie y a su cama, luego agarró mi muñeca e hizo lo mismo. Yo peleaba, pero todos mis esfuerzos eran inútiles. De todas formas, no dejaría de luchar, si quería estar conmigo, sería a la fuerza. Durante muchos años lo esperé para ser una feliz pareja, no iba a permitir que viniera ahora a hacer lo que se le antojara. Yo no era más que un trofeo para él. Él nunca me quiso, nunca me amó.
Se quitó la camisa y se tiró sobre mí.  Con mi mano libre lo golpeaba, pero creo que ni lo sentía. Gritaba pidiendo auxilio a pesar de saber que era inútil.
―No sacas nada con gritar, nadie va a venir en tu ayuda. Además, sé franca, tú no quieres ser rescatada.
―Quiero irme de aquí ―dije entre dientes―. Me das asco.
―No hablas en serio.
―Mírate la cara, pareces un monstruo, ¿cómo podría amarte? ¿Cómo podría besarte sin sentir repugnancia por tu aspecto?
Se echó hacia atrás como un animal herido. Me sentí mal (mi complejo de culpa no podía aparecer en peor momento).
―Di que no es verdad lo que dices.
Dudé un solo segundo.
―No puedo, porque es la verdad. Me provocas náuseas. No podría estar con un hombre como tú.
―¡Te voy a marcar como yo a ver si sigues teniendo asco de mí y a ver si alguien más te va a querer volver a mirar! ―gritó como un demente y salió de la pieza.
Yo intenté quitar las amarras, pero no podía, estaban demasiado apretadas y con la mano izquierda tampoco era muy hábil.
Cada vez me desesperaba más al no poder soltarme y sabía que si Miguel había salido, no había sido para ir a dar una vuelta.
A punto estaba de soltarme, cuando apareció con una vela encendida.
El corazón se me paralizó por un momento. ¡Maldita la hora en la que se me había ocurrido ofenderlo de esa manera!
―Miguel... Basta, por favor, mira lo que estás haciendo, tú no eres así. ¿Qué diría tu papá?
―¿Mi papá? Viejo de mierda ese, todos lo adoraban, era un hombre tan correcto, tan amable, ¿no? Pero lo más bien que se encamaba con cuanta vieja se le cruzara en el camino y cuando yo lo vi y lo encaré, me sacó la cresta, me dejó todo moreteado. Y cuando me vio contigo en el muelle, a correazo limpio me quitó las ganas de estar contigo.  
―No sabía, nunca me lo dijeron y tu papá no parecía ser así de violento.
―Lo era y mucho. Mi mamá no sé por qué lloró tanto cuando se murió si él le sacaba cresta y media por cualquier cosa. ¿Sabes por qué a mi mamá le dio cáncer a los pechos? Por los golpes de mi querido papito. Por eso ella nunca usaba ropa corta, por las marcas que le había dejado mi papá.
―Por lo mismo, Miguel, suéltame, no hagas esto, ¿qué diría tu mamá?
―¿Qué diría? Ella quería que estuviéramos juntos, siempre supo que yo estaba enamorado de ti, pero mi papá decía que no, que un amor echaría por tierra toda la amistad que por años habíamos construido, que yo era un tarado por haberme fijado en ti.
―Dudo mucho que tu mamá querría verme así, atada, asustada, amenazada por ti ―susurré con tristeza.
―Tú me provocaste.
―No hagas lo mismo que hacía tu padre, por favor. No seas como él.
―Tú me amarás.
―No así.
―Mi mamá amaba a mi papá a pesar de todo.
―Eso no era amor. Y hoy las cosas son diferentes. Miguel, si te pillan aquí, te meterán preso. Suéltame.
―¿Para qué, para que te vayas?
―Por favor ―volví a suplicar.
Dejó la vela en la cajonera y se sentó en la cama.
―Déjame ir ―rogué llorando.
Soltó la amarra de mi brazo.
―Te amo, Cristi, siempre te he amado ―expuso con voz quebrada.
Alcé mi mano y acaricié su rostro, secando esa lágrima que rodaba tímida por su mejilla.
―Lo sé, pero amas mal, no aprendiste a hacerlo.
―Quédate conmigo ―me suplicó llorando con profundo dolor.
El corazón se me hizo trizas.
―No me pidas eso.
―No quería lastimarte.
―Lo sé.
―Perdóname.
―Puedo perdonarte, pero no me pidas que vuelva contigo, después de todo lo que has hecho.
―No puedo dejarte ir. Mucho menos con Daniel.
―¿Qué tiene él que te molesta tanto?
―¿Qué tiene? Todo, Cristi, lo tiene todo, ¿no lo ves? Tiene una familia que lo ama, que se ama; mujeres, las que quiere, y te tiene a ti.
Respiré hondo.
Él se apartó un poco y yo intenté llegar a mi pie.
―Me duele, está muy apretado ―le dije.
Lo soltó, pero con su mano apretó mi muñeca para que no escapara.
―Suéltame.
Un vidrio quebrándose hizo que Miguel me apretara más la mano y me tapara la boca con su otra mano.
―¡Cris! ―La voz de Daniel me tranquilizó, pero perturbó a Miguel, lo vi en sus ojos y tuve más miedo que antes.
La mano de Miguel sobre mi boca, me ahogaba. Con mis manos intentaba quitarlas, pero me era imposible.
Volví a llorar. Miedo era poco decir. Tenía pánico. Si Daniel venía solo, podía pasar cualquier cosa entre ellos, y si no, entonces sería peor.
―Dime que me amas ―exigió, pero no soltó mi boca. El aire cada vez me faltaba más.
―Miguel, ya sé que estás aquí ―gritó Daniel.
Yo gemí para intentar que me escuchara, pero Miguel colocó una almohada sobre mi cara y la aplastó para acallarme.
De ahí en más, mi único pensamiento era la muerte. El oxígeno apenas si llegaba a mis pulmones. Comencé a patalear, desesperada por la falta de ventilación.
―Suéltala ―demandó Daniel.
―Ella es mía.
―¡La vas a matar, Miguel, mírala!
―No me la vas a quitar.
Silencio. Ya mis pulmones casi no tenían aire.
―Me voy y los dejo tranquilos si le quitas esa almohada de la cara.
―Mentira, nunca la dejarás tranquila.
―Te lo juro, primo, la dejo tranquila, los dejo tranquilos a los dos, pero suéltala, por favor.
Yo dejé de patalear. Ya no me quedaban fuerzas para seguir luchando.
―¡Mírala! ¡La vas a matar! ―gritó Daniel desesperado y eso me dio fuerzas para seguir luchando un poco más.

Me logré zafar un poco, al menos para tomar un poco de aire, pero en la lucha por escapar, Miguel me golpeó y caí de la cama, pero antes de terminar de caer, me agarró el pie, por lo que caí de espaldas y me golpeé en la cabeza. Logré mirar a Daniel que me miraba con cara de espanto. Modulé un “te amo” y me dejé vencer.