domingo, 15 de octubre de 2017

La Bandolera. Capítulo 21

Antes de finalizar el almuerzo, Jessie pide permiso para retirarse de la mesa, a lo cual los adultos acceden.
―¿Pasó algo? ―consulta Morgan.
Jacqueline baja la cabeza sin contestar.
―¿Discutieron? ―vuelve a preguntar.
―Sí, aunque a mí no me ha querido decir por qué ―responde Anne levantándose de la mesa y recogiendo los platos, Joe la imita.  
―¿Qué pasó, Jacqueline? ―le pregunta Arturo a su invitada una vez más.
―Ella se enojó porque yo me ofrecí a ayudarle a Anne con las cosas de la casa ―contesta la joven en voz baja―, discutimos, se comportó de un modo muy engreído, nunca la había visto así.
―¿Le faltó al respeto?
Por contestación baja la cabeza.
―Hablaré con ella, no puede comportarse de ese modo ―advierte el dueño de casa.
―No hace falta, ya entenderá; además, no quiero que se siga molestando conmigo.
―A ver, Jacqueline, Jessie es una niña y por mucho que usted quiera protegerla, no puede creer que el mundo gira a su alrededor, debe ser disciplinada como corresponde.
―Ella ha pasado muy duros momentos.
―Al igual que usted.
―Yo ya soy mayor.
―¿Por cuánto? ―ironiza el hombre―. Estoy seguro que usted a su edad se hacía cargo de más cosas que ella.
La joven vuelve a bajar la mirada.
―No se preocupe, no haré nada, solo hablaré con ella para saber qué es lo que le está pasando.
Ella acepta con una afirmación con su cabeza. No está del todo convencida, pero sabe que es lo mejor.
―¿Le pasa algo más?
―No. Es solo que pelear con Jessie me deja mal, ella es todo lo que tengo y si se enoja conmigo...
Arturo extiende su mano y toma la de la mujer.
―No se preocupe, usted también es todo lo que ella tiene, no creo que dure mucho tiempo enojada.
―Ojalá así sea.
―Así será. Quédate tranquila.
―Gracias ―dice ella con suavidad.
Jessie entra a la cocina y se detiene de súbito al ver las manos unidas de su hermana y su ayudador. La mayor quiere soltarse, él no lo permite.
―Necesito ir a mi casa ―espeta la niña.
―¿A qué necesita ir? ―interroga Arturo.
―Debo buscar unas cosas mías.
―¿Qué cosas? ―pregunta Jacqueline.
―Cosas. No creo que tenga que darle explicaciones de cada paso que doy.
―Claro que tiene que darle explicaciones a su hermana, Jessie, usted está a su cargo ―interviene Morgan.
―Ella no tiene nada, es usted quien se preocupa de todo lo que yo necesito ―contesta con soberbia.
Arturo se levanta con autoridad.
―En ese caso, Jessie, dígame a mí qué es lo que necesita y yo enviaré por ello, usted no se mueve de esta casa.
―¡No puede hacer eso!
―Puedo y lo estoy haciendo, si usted no quiere respetar a su hermana, yo la obligaré a hacerlo.
―Ella no ha dejado de ofenderlo y desairarlo, incluso ante la gente; le ha querido perjudicar de un millón de maneras, ¿y usted la defiende?
La mandíbula del hombre se tensa.
―No es asunto suyo, Jessie, y creo que lo mejor es que vuelva a su habitación para que medite en lo que está diciendo y en lo agradecida que debería estar de su hermana.
―¡Gracias a mí la tiene en esta casa! ―grita fuera de sí.
―Vuelva a su habitación y no salga de allí hasta que yo lo permita ―ordena con furia contenida.
La niña lo mira con lágrimas en los ojos.
―Vaya ―vuelve a mandar.
Jessie sale corriendo. Arturo baja la cabeza y se vuelve a mirar a Jacqueline que está con la vista perdida.
―¿Jacqueline?
―Ella tiene razón ―dice en un suspiro y se levanta para salir afuera.
―Jacqueline...
El dueño de casa mira a sus amigos que observan la escena con incomodidad. Joe le hace un gesto para indicarle que siga a la mujer, lo cual hace de inmediato.
―Jacqueline... ―le habla de nuevo al encontrarla en el pórtico.
La joven le da la espalda y vuelve a caminar.
―Si cree que fui muy duro con su hermana...
Ella se gira y lo mira.
―No, no. Usted consideró que era lo correcto, está bien.
―¿Entonces? ¿Qué pasó?
―Ella tiene razón ―expone con pena― si no fuera por ella, yo no estaría aquí, usted lo único que quería era echarme y quitarme a mi hermana.
―Eso no es así ―replica.
―No lo niegue. Yo no estaría aquí si no fuera por el cariño que siente por ella.
―Le tengo cariño a Jessie, es verdad, pero no es por eso que las traje aquí.
―No quiero hablar ahora.
―¿Estás enojada conmigo?
―No.
El hombre se acerca a la mujer y en el momento en el que la va a tomar de los brazos, un disparo le da en el hombro al dueño de casa, el que tastabilla y es sujetado por Jacqueline que da un grito aterrado.
En cosa de segundos, Arturo saca su arma del cinturón y se da la vuelta para disparar en dirección a donde vino el primer disparo. Joe sale de la casa con su propio rifle.
―Entra a la casa ―le ordena él.
―Arturo...
―¡Entra! ―grita desesperado por la seguridad de la joven.
Jacqueline obedece. Joe la ayuda a llegar a la puerta al tiempo que dispara en dirección a los forajidos que están escondidos tras unos árboles. 
Los dos hombres se esconden tras unos pilares.
―¿Sabes quiénes son? ―inquiere el capataz.
―No, pero mucho me temo que sean los hermanos Ross. El disparo iba a Jaqueline, yo me interpuse de casualidad, por eso me llegó a mí.
―¿Fue mucho?
―No, solo un rasguño.
 Un nuevo disparo se oye y los dos hombres buscan el lugar adecuado para devolver los disparos. Luego de varias detonaciones, se escuchan otras más lejos. Capataz y patrón se miran extrañados.
Unos gritos y el galope de los caballos de los delincuentes perdiéndose en las praderas, confunde a Arturo y a Joe.
―¡Hey, jefe! No puede ser que tengamos que llegar nosotros a defender su rancho ―se mofa Albert Brown, quien iba a cargo de los hombres que arreaban el ganado.
Los dos hombres de la casa salen con la sonrisa pintada en la cara, por fin habían vuelto los vaqueros de las montañas.
―¡Y a ustedes!, ¿se les perdió la casa? ―se burla de vuelta.
Los hombres ríen, la felicidad se siete en el ambiente... Hasta que Albert se da cuenta de la sangre en el pecho de Morgan.
―¿Qué pasó? Vamos a la casa, hay que llamar a un médico ―indica alterado.
―No hace falta, fue solo un rasguño.
Morgan tastabilla, se siente mareado, más por la preocupación que por el disparo.
―Pues mucha sangre ha perdido para ser solo un rasguño. Vamos.
El hombre se baja de su caballo y ayuda a Joe a llevar al dueño del fundo a la casa, el resto sabe qué hacer y llevan las reses al establo.
 Las mujeres esperan ansiosas dentro de la casa, hubo muchos disparos y ni Joe ni Morgan han entrado.
―¿Qué fue todo eso? ―consulta Jessie entrando a la cocina.
―Alguien nos atacó ―responde Jacqueline―, hirieron al señor Morgan, Joe también salió y no han vuelto.
―¿Cree que les pasó algo?
―No lo sabemos, Jessie, debemos esperar.
―¿Esperar? ¿Aquí?
―Aquí. No es seguro allá afuera.
―Pues ya que ustedes son tan cercanos, debería preocuparse un poco más de él ―espeta con molestia.
―Estoy preocupada, y mucho, pero no es prudente salir, debemos esperar.
―Si yo fuera usted, no lo habría dejado solo.
―Pues él me pidió que entrara.
―Y ahora le obedeció, nunca hace caso a lo que dice, pero hoy sí, justo hoy.
―No era momento para discutir, Jessie, hay cosas que se deben hacer cuando se deben hacer, si me quedaba, el señor Morgan iba a tener que, aparte de cuidarse, preocuparse de mí, ¿qué iba a hacer yo, agarrar una pistola y disparar? Sabe bien que no sé hacer eso.
―Quizás el señor Morgan está muerto afuera y usted muy tranquila aquí.
―No estoy muerto, Jessie ―indica Morgan entrando.
―¡Señor Morgan! ―exclama la niña con emoción y se lanza a sus brazos.
Arturo la aparta.
―Cuidado, está herido ―advierte Albert.
―Perdón.
Jacqueline se acerca a Arturo y mira la herida.
―Debe ir a acostarse, llevaré agua y vendas. Hay que llamar al doctor ―dice con externa firmeza.
―Gracias ―dice él, ya el dolor se está haciendo cada vez más fuerte.
―Lo llevaremos a su habitación ―dice Albert―, en momentos como este, me gustaría ser yo el herido ―bromea con coquetería hacia Jacqueline.
―No te pases de listo, Brown, que aunque estuvieras agonizando, la señorita Smith no se haría cargo de ti ―replica Arturo.
―Ah, la quieres como tu enfermera particular ―se burla el otro.
―Cálmate, que herido como estoy no me costará nada hacer que la respetes.
―No he dicho nada que le falte el respeto, solo expuse un hecho, Morgan, no te pongas así.
―Entonces cállate ―ordena molesto.
Jacqueline le regala una sonrisa a Arturo y se va hacia el fogón, vierte el agua hervida en una fuente, mientras tanto, Anne busca unas telas limpias.
Joe y Albert acompañan a su jefe al segundo piso, a su cuarto. Poco después, llega Jacqueline con las cosas para hacer la curación en tanto esperan al doctor.
Quedan solos en el dormitorio. Ella comienza con la limpieza de la herida.
―¿Duele mucho? ―pregunta ella al notar un pequeño brinco.
―Algo, pero no fue el dolor lo que me hizo saltar.
―¿No?
―No, fue el tacto de tus manos.
Ella enrojece notoriamente. Él toma su muñeca.
―Gracias ―le dice con cariño.
―Gracias a ti ―responde ella―, esa bala era para mí.
―Por suerte no te llegó, iba directo a tu cabeza.
Ella se estremece.
―Ese hombre no me dejará en paz, ¿verdad?
―No te preocupes, antes de que se les ocurra volver, estarán muertos.
―Yo no me alegro de la muerte de nadie, pero de ellos sí, quisiera que estuvieran muertos.
―Pronto lo estarán, ya lo verás ―le dice y luego le sonríe―. Continúe, señorita enfermera, debe seguir limpiando esa herida.
Ella también sonríe y enjuaga la tela para volver a ponerla en la herida.
―Quiero besarte ―susurra.
―Ahora no es el momento ―responde ella, sigue lavando la herida, el brazo y parte del pecho donde la sangre había corrido―. No es adecuado ―se repite a sí misma, más que al hombre.
Cambia el paño para secar la zona infectada. La sangre sigue brotando de la herida, por lo que ella toma otro lienzo y aprieta la abertura para que se detenga la hemorragia.
Él coloca su mano sobre la de ella.
―¿Sabes lo difícil que es sentir tus manos y no poder tocarte?
―No tengo idea ―responde socarrona.
―Mentirosa ―replica divertido.
―No soy mentirosa ―contesta Jacqueline al tiempo que se inclina y lo besa.
Arturo se sorprende, pero le corresponde sin ningún miramiento.
―Creo que deberían dispararme más seguido ―susurra él muy cerca de sus labios.
―No digas tonterías ―responde ella de igual modo.
―Si por cada disparo me gano un beso tuyo, que me disparen el resto de la vida.
Ella ríe entre avergonzada y feliz.
―Mi bandolera se puso roja ―se mofa él.
―No te burles ―ruega ella sin enojo, levantándose para apartarse.
―No me burlo, me encanta.
La tira hacia él y la vuelve a besar ya sin pudor.

sábado, 14 de octubre de 2017

Capítulo 20. La Bandolera

La pareja se incomoda con la aparición de la niña.
―Yo salí a tomar aire ―responde la mayor de las hermanas.
―Yo fui a dar la última vuelta a la casa para verificar que esté todo en orden, acabo de volver.
En ese preciso momento, aparece Luna Roja, que viene desde la calle.
―¿Y tú? ―lo interroga Morgan.
―Fui a ver que la señora Rangel estuviera bien, está sola y asustada por lo ocurrido.
―¿Pudo ver al señor Herman? ―consultó Jacqueline.
―Sí, lo vi antes que la señora Rangel volviera a su casa esta noche, ella se queda todo el día con él y por la noche vuelve a su casa.
―El doctor dijo que en un par de días podría salir del policlínico ―indica Jacqueline.
―Sí, en unos días lo darán de alta.
―Me gustaría poder visitarla ―comenta ella.
―Sabe que no es prudente ―replica Arturo.
―Lo sé, pero eso no quita mis ganas de poder ayudarla y acompañarla tal como ella ha hecho conmigo.
―Ella sabe que no puedes ir, para eso estoy yo, yo la acompaño cada noche, si ahora estoy aquí es porque vine por algunas cosas, vuelvo enseguida con ella ―explica el indio.
―Llévale mis saludos, por favor, y dile que me encantaría estar con ellos en este momento.
―Yo le digo, no te preocupes. Voy adentro por mis cosas, permiso.
―Claro.
Luna Roja entra a la casa y las dos hermanas se observan unos segundos. Morgan traslada su mirada de una a la otra sin decir nada. El indio reaparece y se marcha de vuelta a la casa de la señora Rangel.
―Bueno ―comienza a decir Morgan―, es hora de ir a dormir.
―Sí, yo estoy cansada ―expresa Jacqueline.
―¿Usted se va a dormir, Jessie?
―No, hermana, voy a quedarme un ratito aquí, está agradable la noche.
―No se acueste muy tarde ―aconseja el dueño de casa.
―No, no, me quedaré un ratito.
―Buenas noches.
―Buenas noches ―responde la menor.
―Buenas noches ―se despide la otra―. Buenas noches, Jessie, yo también me voy a dormir.
―Hasta mañana ―dice la pequeña.
Jaqueline entra a la casa y al llegar a su dormitorio se encuentra con Arturo Morgan que la espera.
Sin decir nada, la toma del brazo y se mete con ella a la habitación.
―¿Qué pasa? ―interroga ella.
―Sht ―le dice él, poniendo un dedo en su boca para acallarla.
Ella quiere replicar, sin embargo, algo le dice que no lo haga, que debe obedecer y se calla.
Él la contempla en silencio, recorre con su mirada todo su rostro. Esos ojos verdes que lo hechizaron al primer contacto, su tez blanca en contraste con el oscuro cabello, fue lo que más llamó su atención...
Jacqueline abre la boca para hablar, quiere saber qué es lo que pasa, por qué ese silencio, incómodo para ella, pues la mirada de ese hombre la pone nerviosa. Él niega con la cabeza y le da un suave beso.
―¿Qué pasa? ―susurra ella.
―Quiero comprobar una hipótesis.
―¿Qué?
―Eso, no tienes que nada de qué preocuparte.
―¿Qué quieres probar?
Los pasos de Jessie se oyen en el pasillo y Arturo hace callar a Jacqueline.
―¿Qué pasa?
Le vuelve a dar un beso que la silencia.
La puerta de Jessie se cierra y Arturo se separa de la mujer.
―Quiero que las cosas queden claras entre tú y yo, nada más ―dice con un tono un poco más alto.
―¿Qué?
―Eso, quiero que entiendas de una vez por todas que no voy a permitir que sigas con esto.  
―Por favor, Arturo, dime qué es lo que pasa.  
―¿A qué te refieres?  ¿Sabes qué? Será mejor que te vayas, esto no es correcto, no está bien que estés en mi dormitorio, mucho menos a esta hora.
―¿Lo que se hace en un dormitorio de noche, no se puede hacer de día? ―le pregunta el hombre con un tono burlón.
―Váyase, ¿quiere?
―Volvemos al usted, te enojaste ―siguió diciendo socarrón.
―Sí, me enojé, no sé qué pretende con esto o si solo vino a buscar lo que siempre ha querido y le advierto que no lo encontrará, no importa las excusas que use.
―Por favor, Jacqueline, si quisiera acostarme contigo ya lo hubiera hecho; por las buenas, estoy seguro que has estado muy bien dispuesta, y por las malas, ya se lo dije una vez, me costaría nada hacerlo.
―Pues no lo hará. Si se atreve a tocarme...
―No necesitas amenazarme, no haré nada en contra de tu voluntad. No te preocupes, me iré ahora mismo.
―¿Qué dices? No entiendo nada.
―No hay nada que entender.
―Sal de aquí.
―Sí, me voy.
―¿Sabe qué, Arturo Morgan? Yo creo que usted está loco, siempre está diciendo cosas que yo no entiendo, cosas a medias, cosas que usted supone yo debiera saber, pero no, no las sé, no tengo idea de lo que me habla ahora, no tengo idea de qué me habla cuando me dice que soy una bandolera.
―Mi bandolera favorita ―la corrige él.
―Como sea, también me habla de jueguitos nocturnos y yo no tengo idea a qué se refiere.
―Precisamente, eso quería saber ahora y como siempre, lo echas a perder.
―¿Yo lo eché a perder?
―Sí. Así que ahora no servirá de nada. Buenas noches.
Jacqueline abre la boca, pero no logra articular palabra antes de que Arturo deje su alcoba.
―Maldita, Jacqueline Smith, si no fuera por su hermana, le juro que la sacaría a patadas de mi casa, pero no lo haré, por más cosas que haga ni por más que se me enfrente. Solo por Jessie la soporto ―farfulla en el pasillo―, aunque no sé cuánto más lograré soportarla.   
Abre la puerta y emite un suspiro, espera que la niña lo haya escuchado, cada vez siente más desconfianza de ella, quizás las palabras de la señora Rangel habían calado demasiado hondo en su mente y eso le hace ver cosas que tal vez no existan, de todos modos, nada pierde con estar atento.
Se mete a su cuarto y se acuesta a dormir, sabe que aquella noche no tiene de qué preocuparse, nadie atacará en su rancho.
Efectivamente, al día siguiente el rancho amanece sin ninguna novedad. En su vuelta por sus terrenos, puede darse cuenta que todo marcha bien.
Vuelve a la casa a media mañana. Jacqueline se encuentra en la cocina preparando la comida.
―Buenos días ―saluda él.
―Buenos días ―responde ella de mal modo.
―¿Cómo amaneció?
No hay respuesta.
―¿Está enojada?
Nada.
―¿Me va a hacer la ley del hielo?
―No tengo nada que hablar con usted.
El hombre se acerca a ella y de la cintura la voltea hacia él.
―¿Puedo explicarme?
―¿Qué me va a decir? Para usted no significo nada, solo soy un juguete que toma cuando está aburrido, el pago por lo que usted hace por nosotras, nada más.
―No es así.
―¿No? Pues eso es lo que parece.
―Estás muy equivocada, ¿no te das cuenta que muero por mi bandolera favorita?
―No sea ridículo, deje de decirme así, ya no estoy usurpando su casa, estoy aquí y trabajo...
―Cállate, no sigas. Escucha, necesito aclarar algunas cosas.
―Tengo que cocinar ―replica ella, no quiere caer de nuevo en las garras de ese hombre que la trastorna.
―Más tarde hablamos.
―No creo que tengamos nada que conversar.
―Tenemos.
Arturo saca el pañuelo que hace un tiempo encontraron en el rancho y se lo muestra.
―¿De dónde sacó esto?
―¿Es suyo?
―Algo así.
―¿Cómo algo así?
―Era de mi mamá.
―¿JS?
―Jessica Smith. ¿De dónde lo sacó?
―Hace un tiempo, en uno de los ataques, se le cayó a la bandolera.
―Ese pañuelo lo tenía guardado en uno de mis cofres, donde tengo todas las cosas importantes, los recuerdos, no sé quién pudo sacarlo.
―Tome, si es importante para usted...
El dueño de casa le extiende el pañuelo y ella lo recibe con recelo.
―Gracias.
Se lo guarda en el bolsillo de su delantal.
Morgan se acerca a ella con ganas de besarla.
―No ―suplica ella, no quiere volver a caer en su juego.
―¿De verdad no quieres que te bese?
―No quiero que siga jugando conmigo, aunque usted piense que yo hago esas cosas, aunque vivo en su casa y dependo de usted... creo que no... que no merezco... esto...
―Yo te dije que no me gusta jugar y es verdad, no me gusta, mucho menos lo voy a hacer contigo. ―El hombre sacude la cabeza―. Hablamos más tarde, debo irme.
Le da un rápido beso en los labios y sale de la cocina. En pocos segundos entra Jessie.
―¿Fue idea mía o escuché al señor Morgan? ―pregunta la niña.
―Sí, vino a dejarme esto, lo encontraron en algún lugar del rancho, ¿usted se lo llevó?
―Lo llevé un día al río ―confiesa la niña―. Lo perdí, pero no quise decirle nada para que no me regañara.
―Debió decírmelo, Jessie, ¿se da cuenta que esto es importante? Es una de las pocas cosas que tenemos de mamá, sabe que todo quedó en Perley y lo más seguro es que ya no quede nada de nuestra casa.
―Lo sé, hermana, perdón.
―Está bien. No se preocupe. ¿Me puede ayudar a poner la mesa?
―¿Y Anne?
―Está planchando alguna ropa, eso puede hacerlo sentada y así tendrá toda la tarde para descansar.
―Ayer dijo el doctor que está embarazada, no enferma ―expresa con aire arrogante.
―Pues sí, pero nosotros estamos aquí para ayudar, no para criticar, además, ella debe cuidarse.
―Estamos como invitadas, hermana, que no se le olvide.
―Ya no, Jessie, yo estoy trabajando para el señor Morgan, él iba a contratar una chica para ayudarla a Anne, y yo me ofrecí.
―¿Por qué hizo eso? Si él iba a traer a alguien más para que atendiera la casa...
―¡Jessie! No vamos a vivir de gratis aquí toda la vida.
―¿Por qué no? ¿Acaso el señor Morgan nos está echando? ¿O es que usted ya se ha puesto insolente con él de nuevo?
―No, no es eso, pero, Jessie, por favor, usted no puede pretender vivir de allegada y no hacer nada para retribuir...
―Usted misma estaba en contra de que la gente hiciera algo por otra para luego cobrárselo. ¿No era eso por lo que no quería aceptar la ayuda del señor Morgan? ―espeta la niña.
―No sabe lo que dice, Jessie.
―¿No?
―No. ¿Y sabe qué? No se preocupe, yo pondré la mesa.
―No le gusta que le diga la verdad.
―No quiero discutir. Salga de aquí, vaya a su habitación, la llamaré cuando sea la hora de comer.
Jessie alza la barbilla y se da vuelta con rebeldía.
Jacqueline suspira, nunca pensó que Jessie pudiera comportarse de esa manera. Anne llega a la cocina y observa a su amiga con extrañeza.
―¿Te pasa algo?
―No.
―No me mientas, por favor, algo te pasa, ¿peleaste con el señor Morgan de nuevo?
―No, no; es Jessie, tuve una discusión recién con ella, pero ya va a pasar.
―¿Y eso?
―Nada, nada, una tontería.
―¿Te ayudo? ¿Qué falta aquí?
―Nada, no te preocupes, siéntate.
―He estado sentada toda la mañana ―protesta la embarazada.  
―Bueno, si quieres puedes ayudarme con estas verduras ―acepta entregándole una fuente―, son para una ensalada.
―¿Ves que podía ayudarte?
Se pone manos a la obra mientras Jacqueline continúa con la cacerola en el fuego.
A mediodía llegan los dos hombres a almorzar. Jessie baja, sin embargo, no mira ni habla a nadie.

Arturo desliza su mirada de una a otra hermana, sabe que algo malo ocurrió entre ellas, sin embargo, no dice nada. Ya hablaría con Jacqueline para enterarse de lo sucedido. Los verdes ojos de la joven se topan con los negros del dueño de casa y él nota que hay tristeza en ellos. Ladea un poco la cabeza y ella niega de un modo casi imperceptible con la cabeza. Él se preocupa, no obstante, guarda silencio, lo único que hace es regalarle una pequeña sonrisa a modo de apoyo silente. 

La Bandolera. Capítulo 19

Arturo entra a la cocina y ve a Jacqueline haciendo la comida, mientras Anne se encuentra sentada.
―¿Qué pasa?
―¡Señor! ―Anne se levanta de golpe, asustada al ver a su jefe, no obstante, un mareo la obliga a sentarse de nuevo y al hombre a acercarse a ella, preocupado.
―¿Qué pasa, Anne?
―No se ha sentido bien estos días ―responde Jacqueline―, le he dicho que vaya a ver al doctor Johnson, pero se niega, dice que ya se le va a pasar.
―¿Joe lo sabe?
―No quiero decírselo, no quiero que se preocupe, ya suficientes problemas tienen como para preocuparse de algo sin importancia ―replica con celeridad la esposa del capataz.
Arturo alza una ceja y busca la expresión de Jacqueline, quien se encoge de hombros sin saber qué decir.
―Le avisaré a tu esposo y verás al doctor ahora mismo, no puedes dejarlo pasar, estás pálida.
El dueño de casa, sin esperar nada, sale a toda prisa para buscar a su amigo, su esposa necesita atención y no la va a dejar así.
―¡Joe! ―llama a su capataz desde su caballo.
―Morgan, ¿pasa algo?
―Sí, es tu mujer. ¡Roger, ve a buscar al doctor Johnson! Vamos, Joe, no es grave, pero tu esposa necesita atención.
No se lo tiene que repetir dos veces, Joe sube a su caballo y sigue a Arturo hasta la casa, donde la mujer sigue sentada, obligada por Jacqueline.
―¿Qué te pasó, querida? ―la interroga preocupado.
―Nada, solo me sentí mal.
―Y se sintió mal ayer y anteayer ―agrega Jacqueline.
―¿Por qué no me lo dijiste?
―Porque no es para tanto.
―Pero dime qué te pasa, qué sientes.
―Mareos, náuseas, malestar general, pero ya se me va a pasar, debo estar algo agripada.
―De todos modos te verá el doctor.
―No quiero ir al pueblo a ver al doctor, sería demasiado escándalo para nada.
―No te preocupes, no vas a ir al consultorio del doctor Johnson, el doctor Johnson vendrá hasta aquí.
―No puede ser ―dice con fastidio.
―No me importan tus protestas, el doctor te verá y no se diga más, y debiste decirme de tus malestares.
La esposa lo mira con los ojos aguados y un pequeño puchero. El hombre se agacha y toma con una mano las dos de su esposa y con la otra, su mejilla.
―Me preocupas y no me gusta que me ocultes cosas ―le dice más tranquilo y hasta con ternura.
―Tengo miedo.
―¿Miedo?
―No sé, a que sea algo grave.
―Lo sabremos cuando venga el doctor.
―¿Por qué no te vas a acostar? ―interviene Arturo.
―No hace falta, además, todavía falta para el almuerzo y...
―No te preocupes por eso, yo termino aquí ―ofrece la mayor de las Smith.
―Vamos, a acostarse, señora Riggs, de otro modo me veré forzado a obligarla ―bromea el esposo medio en serio, medio en broma.
Anne obedece y Joe la acompaña hasta su cuarto.
Arturo observa a Jacqueline que había vuelto a su labor en el fogón. Le gusta verla allí, se da cuenta que le agradaría verla en su cocina cada día.
―Vuelvo a la hora de almuerzo, dígale a Joe que se quede con Anne si lo desea, iré a ver a mis hombres.
―Claro ―responde ella.
Él se acerca y le da un beso en la cabeza. Ella se vuelve sorprendida.
―Te veo más rato.
―Ya. ―Ella se confunde con la actitud del hombre.
―Gracias por hacerte cargo.
―Hice lo que había que hacer.
―Podrías haber esperado que alguien más lo hiciera.
Ella se da vuelta y queda de frente a él.
―No soy una mantenida, ya se lo dije y hacer esto me hace sentir que no soy solo un estorbo.
―¿Tú crees que yo no sé que le ayudas a Anne con los que quehaceres de la casa?
―¿Quién se lo dijo?
―No importa quién. Nos vemos luego.
Le da un furtivo beso y sale sonriendo feliz. Ella también sonríe y así vuelve a la comida que está preparando.
 Jessie ve alejarse al hombre, no quiere entrar a la casa, al parecer él no tomó en cuenta lo que le contó acerca de su hermana, ¡como si no fuera importante!, pero ya vería lo importante que es.
Roger llega con el doctor Johnson, el que es guiado por Jacqueline a la habitación de la paciente. Jessie se queda con Roger en el pórtico.
―¿Cómo está, Jessie? ―consulta el joven un poco nervioso.
―Bien, aburrida sin poder salir.
―Es lo mejor, sabe que las cosas no están muy bien.
―Sí, pero podría salir por aquí cerca, ¿o no? Porque en este rancho no hay peligro.
―Tiene razón, le preguntaré al señor Morgan si podemos salir, ¿le gustaría salir conmigo?
―Sabes que sí ―responde ella, coqueta.
Roger sonríe, esa chica lo tiene loco.
―Pero necesito que me hagas un favor.
―¿Otro?
―Sí, es algo pequeño ―le dice ella al tiempo de posar una de sus manos en el pecho del joven y con su boca muy cerca de la de él.
―Lo que quieras ―accede él por completo embobado.
Jessie sonríe y le da la espalda al chico, lo que necesita es algo muy especial y quizá le cueste un poco que él ceda, pero sabe muy bien cómo convencerlo.

El doctor Johnson sale del cuarto de Anne acompañado de Joe.
―¿Qué pasó? ―inquiere Jacqueline a los dos hombres con preocupación.
―No hay de qué preocuparse ―responde el doctor con una sonrisa.
―¿Qué tiene entonces? Si no está enferma...
―No, enferma no está, está esperando un bebé.
―¿Un bebé? ―casi grita―. ¡Felicidades, Joe! ―Le toma ambas manos con alegría―. La voy a ver ―avisa sin esperar respuesta.
Joe sonríe ante la actitud de la amiga de su mujer.
―Bueno, doctor Johnson, muchas gracias por venir.
―No hay de qué. Me alegra de que no era nada grave, ahora a cuidar mucho a tu mujer y a darle muchos mimos.
―Sí, lo haré, hemos esperado tanto tiempo un hijo, que ahora haré todo lo que pueda para que salga todo bien.
―De todas formas, no olvides que no está enferma, si bien tiene que cuidarse, no puede estar sin hacer nada, que eso es peor.
―Lo intentaré ―replica con aire divertido el nuevo padre.
Arturo vuelve galopando y se topa con los dos hombres que siguen conversando.
―¿Cómo les fue? ¿Qué tiene Anne? ―interroga bajando del caballo.
―Voy a ser papá ―responde, lleno de orgullo, el capataz.
―¡Felicidades! ―exclama Morgan, acercándose a su amigo para abrazarlo.
―Gracias, hace mucho tiempo lo esperábamos.
―Sí, por fin, ahora a cuidarla mucho, creo que tendré que conseguir otra cocinera, ya no podrá hacer mucho esfuerzo.
―Eso mismo le estaba diciendo a Joe ―interviene el médico―. Debe cuidarse, pero tampoco deben impedirle que haga su vida normal, de otro modo, al momento del parto, no será capaz de tener al niño.
―Hemos esperado tanto tiempo, que nos costará mucho no tratarla con guante de seda ―replica Morgan.
Joe estalla en una estridente risa.
―¡Oye! Ni que tú fueras el padre, no vaya a ponerme celoso.
Su amigo le sigue en la risa al darse cuenta de lo que había dicho.
―Somos amigos, Joe, llevas más de cinco años casado y todavía no tenían un hijo, así que me siento parte de esto.
―Lo sé, amigo, gracias ―le dice colocándole su mano en el hombro.
―Bueno, yo me voy, ya lo saben, tienen que cuidar a la señora Riggs, pero no se sobrepasen con los cuidados.
―Sí, doctor, gracias.
Los dos hombres ven al doctor alejarse y ellos entran a la casa. En la cocina están las dos mujeres, Jaqueline y Anne, conversando, la embarazada se encuentra sentada mientras la otra está ante una olla, terminando la comida.
―Felicidades, Anne, estoy feliz por ustedes ―le dice Arturo.
―Gracias, señor Morgan, por fin, ¿no?
―Sí, ahora tendré que conseguir a alguien más para que me ayude con la casa.
―¿Me va a echar?
―Claro que no, pero no podrás hacer fuerza ni podrás tener tanta carga en la casa.
―No es necesario ―protesta.
―Sí lo es, ya está decidido, así que nada de protestas.
―Yo puedo ayudar ―ofrece Jacqueline.
Arturo la mira y le regala una sonrisa.
―¿Estás segura?
―Sí, a mí no me gusta estar aquí sin hacer nada, me gustaría ser un aporte.
―Por mí no hay problema, por supuesto te pagaré.
―No es necesario ―replica la joven.
―Si viniera otra persona, le tendría que pagar.
―Será mejor que discutan en otro momento ―propone Joe―, ahora tenemos que almorzar, debemos ir a ver los novillos.  
―Siéntense, voy a servir de inmediato ―ordena Jacqueline con voz de mando.
Arturo entorna los ojos, pero no dice nada.
―¿Y Jessie? ―consulta Anne.
―Estaba afuera, debe seguir allí ―responde Jacqueline.
―No, no estaba afuera ―aclara Joe.
―La voy a ver a su habitación ―indica Morgan y sube de dos en dos los peldaños hasta las alcobas.
No está allí. Baja y la busca por toda la casa. Nada.
―No la encontré ―dice, extrañado.
―¿Y a dónde pudo ir? Sabe que no puede salir.
―La veré afuera, quizá anda por ahí.
Joe acompaña a su jefe y entre los dos buscan a la niña, pero no la encuentran. Al volver, se encuentran en la puerta, y ven que ella viene desde el otro sector.
―¿Y usted, Jessie? ¿Dónde se había metido?
―Fui a dar una vuelta, ya estoy un poco cansada de este encierro.
―Sabe que es necesario, y usted sabe que no puede andar sola por ahí.
―Ya, lo siento, perdón ―suplica la niña con una cuota de rebeldía.
―Está bien, en cuanto lleguen los hombres con el rebaño, podrá salir al río, por ahora no es conveniente.
Ella asiente con la cabeza y entra a la casa, donde la comida ya está servida.


Por la noche, Jaqueline sale al pórtico y se sienta en la silla mecedora, necesita pensar. Arturo le había dicho que quería estar con ella sin esconderse, no obstante, en todo el día sus acciones no demostraron que pareciera que ellos estaban juntos; de hecho, cuando se fueron después del almuerzo se había despedido como cualquier otro día, seguramente solo quería burlarse de ella. Una pequeña lágrima cae por su mejilla, la que se seca de inmediato con rabia.
―¿Qué haces? ―La voz ronca de Arturo la sobresalta.
―Nada ―responde levantándose.
―¿Qué pasa? ―le pregunta, preocupado.
―Nada.
―No me mientas.
―No miento.
―Estás triste ―indica poniendo su mano en la mejilla femenina.
―No ―responde bajando la cara.
Morgan levanta el rostro de la joven y acuna su rostro
―¿Qué pasa? ―vuelve a preguntar―. Y no quiero una mentira.
―Nada, de verdad.
Ella intenta bajar la cara, sin embargo, él se lo impide.
―No, no apartes tu mirada. Mírame ―suplica.
Los verdes ojos de la mujer se encuentran con los negros del hombre. Él sonríe y la besa, con delicadeza al principio, luego profundiza más el beso hasta convertirse en un beso pasional.
Ella se aparta y lo mira con los ojos húmedos. No quiere ser un juguete de ese hombre que remueve cada centímetro de su ser.
―¿Por qué lloras?
―No estoy llorando ―replica ella y se aparta de ese hombre, molesta por ser tan susceptible.
―Jacqueline...
La puerta de la casa se abre y la pareja mira a la pequeña Smith que los observa con recelo.

―¿Y ustedes? 

viernes, 13 de octubre de 2017

La Bandolera. Capítulo 18


Arturo se pasea exasperado por el establo. Otra vez JS. No puede creer que Jacqueline lo haya hecho luego de lo vivido la noche anterior. Se habían quedado conversando durante largo rato, él le contó cosas de su vida, cosas que a nadie más había dicho y ella le había confesado de los hombres que querían venderla, de lo mal que lo pasaban en el Perley, de lo mucho que la gente las despreciaba y de cómo Luna Roja tuvo que defenderla en más de una oportunidad de los tipos que creían que por ser hija de Louis Smith era una mujer fácil.
―¿Qué harás? ―interroga Leroy de mal modo.
―No sé.
―¡Por favor, Morgan, esa mujer debe pagar! ―replica el hombre.
―No voy a hacer nada en contra de ella.
―¿Y hasta cuándo aguantarás que haga lo que se le antoje? No puedes seguir permitiendo que ella siga causando daño en este lugar.
―Yo permito lo que se me dé la gana ―sentencia con enojo ante la actitud de su empleado, sabe que su invitada a él no le cae nada bien, sin embargo, eso a Arturo lo tiene sin cuidado, él es el jefe y Leroy debe obedecer.
―Y ahora nosotros tendremos que recoger el desastre de tu amante, ¿no?
―Ella no es mi amante.
―Ah, por favor, prefería a Leslie Sun, al menos ella se muestra tal cual es y no es una hipócrita malnacida igual a su padre.
―¡Basta, Leroy!
―¿Te molesta que te diga la verdad en la cara? Verdad que, para que tú sepas, todos pensamos. ¿Acaso crees que es muy divertido para nosotros tener que recoger lo que tu puta desparrama?
―¡Leroy! ―exclama Joe como una orden.
―¿Es mentira?
Arturo Morgan, que hasta ese momento se había controlado, aprieta los puños y la mandíbula.
―Esa mujer es una perra odiosa, desde que llegó no ha hecho más que darnos problemas, por su culpa el señor Herman estuvo a punto de morir.
Sin resistirse más, el vaquero le da un puñetazo a su empleado que lo deja tirado en el piso con la boca y nariz sangrando.
―No vuelvas a decir algo así de Jacqueline.
―Tú mismo dijiste que querías vengarte de ella, que querías hacerle pagar todo, pero luego, te movió el...
―¡Cállate! ―le grita el hombre al tiempo que le da una patada en las costillas, no le gusta escuchar ese tipo de cosas de su protegida.
―¿No te gusta escuchar la verdad? Solo te gusta escuchar lo que quieres oír; no quieres amigos ni empleados, quieres esclavos que bailen a tus órdenes, que hagan lo que dices, sin protestar. Lástima para ti que yo no soy así. Me da asco esa mujer, la odio, desde que ella llenó tu cabeza de pajaritos, te convertiste en otro hombre, no, qué digo, no un hombre, un pelele.
Morgan va a hacer un nuevo ataque contra el hombre que sigue en el suelo, sin embargo, Joe lo detiene.
―Cálmate, Morgan, no vale la pena.
―Lo mataría de inmediato ―masculla.
―Cálmate, vete a casa, yo arreglo las cosas aquí, es mejor que las cosas se calmen.
―Está bien. Yo voy a ir a hablar con Jacqueline, me debe una gran explicación.
―Claro que sí. Ve tranquilo.
―Gracias.
Arturo le da dos golpes en la espalda a su capataz y vuelve a la casa más que enojado, furioso; las palabras de Leroy quedan dando vueltas en su cabeza, de todos modos, llega a la casa y ve a Jacqueline que toma desayuno en la mesa de la cocina, se encuentra sola.
―Buenos días, ¿pasa algo? ―le dice la joven algo confundida por el rostro molesto del hombre.
―¿Por qué, Jacqueline? ―le reclama con más decepción que enojo.
―¿Por qué, qué?
―Anoche creí que las cosas habían terminado bien entre nosotros, ¿debía aparecer la bandolera otra vez? Lo entiendo cuando las cosas marchaban mal, pero ¿ahora?
―No entiendo, Arturo, no sé de lo que me habla.
―No se haga la tonta, ¿quiere?
Jacqueline se levanta y da vuelta la mesa para acercarse a él.
―Le juro que no sé de lo que me habla ―insiste―, créame, por favor.
El hombre le toma la cara con una mano y la mira directo a los ojos.
―No me mientas.
―Ni siquiera sé de qué habla.
―Ahora lo vas a ver.
El hombre acaricia la mejilla de la joven en un acto de desesperación, quiere besarla, sin embargo sabe que no es el momento. Baja con su mano y toma la de ella, la tira hacia afuera y la sube a su caballo junto con él. Llegan hasta el establo donde los hombres están recogiendo el trigo, menos Leroy, que, sentado a un lado y cruzado de brazos, mira todo con rabia.
―¿Qué es esto, señor Morgan? ―le consulta ella con temor al ver que los hombres de su benefactor se vuelven a verla con resquemor en su mirada.
―Dígamelo usted, señorita Smith, ¿qué significa esto? ¿Por qué, tenía que hacer desmanes justo anoche? Creo que es una malagradecida.
―Yo no hice nada, mucho menos estoy para hacer este tipo de cosas infantiles, ¿no será que alguna de sus amantes se quiere vengar de usted y usted me culpa a mí?
―Mire.
El hombre la jala del brazo y la lleva al otro sector, donde las letras de JS se pueden leer con claridad.
―Dígame qué significa esto ―le indica las iniciales―. JS, Jacqueline Smith, ahora, ¿qué me dice?
―Que no soy tan estúpida para dejar una evidencia de tamaña idiotez, ¿cree que yo dejaría mi firma como si fuera una delincuente profesional?
―Prefiero “bandolera” ―expone él.
―Claro ―interviene Leroy―, eres su bandolera favorita, obvio, si eres su puta favorita también, deben jugar mucho en la cama, ¿no? ―increpa con sarcasmo.
La mujer abre mucho los ojos y se queda de piedra, no sabe qué responder a eso, ¿acaso Arturo les había contado una historia errónea?
―¡Basta, Leroy! Ya te dije que no voy a permitir que la trates así.
―Ya te vas a cansar de ella y te vas a dar cuenta de la clase de mujer que es, esa mujer es una perdida peor que su padre. 
―Yo no soy así ―murmura ella con la voz queda.
―Salgamos de aquí ―ordena y la lleva directo hasta su caballo―. Joe, hazte cargo.
Jacqueline se aferra al hombre y esconde su cabeza en el pecho de él cuando comienza a galopar.
―Dígame la verdad, Jacqueline ―ruega él al detenerse en una loma―, ¿fue usted? Juro que no me voy a enojar, solo quiero entender.
Se baja del caballo y luego la baja a ella, dejándola pegada a él.
―Le juro por Jessie, que es lo que más me importa en este mundo, que no fui yo, ¿por qué haría una cosa así? Anoche conversamos, yo le conté todo lo que vivimos en el otro pueblo, ¿por qué me iba a exponer a que ustedes me trataran de igual forma? ¿Cree que no tuve miedo ahora cuando me enfrentó a esos hombres?
―No la enfrenté.
―Así lo sentí.
―Lo siento si así pareció, yo solo quería que usted me negara frente a frente que no era JS.
―Yo no soy JS. No tengo idea quién quiere incriminarme, no sé por qué, pero le juro que yo no he sido. No fui.
―Veo sus ojos y no puedo no creerle.
―Créame, ¿por qué haría una cosa así?
―Dígamelo usted.
―No puedo decírselo porque yo no he hecho nada.
―No juegue conmigo.
―Sabe que no me gusta jugar.
Sin decir más, Arturo besa a la joven, ella alza sus manos y las pone en las mejillas masculinas.
―Yo no he hecho nada ―asegura ella mirándolo a los ojos.
―Te creo, mi bandolera favorita, y te digo que en secreto quería que fueras tú.
―¿Yo? ¿Por qué?
―Porque así tendría una excusa para “castigarte”.
―¿Castigarme?
―Con un castigo muy placentero ―le responde él con su voz cargada de deseo.
La vuelve a besar con más pasión en esta ocasión y se acerca cada vez más a ella.
―Arturo ―dice ella con una mezcla de ardor y temor.
―No digas nada, solo siente.
Ella se deja llevar por ese beso, no le importa nada.
Él se aparta unos pocos milímetros de la boca femenina.
―Dime algo, ¿serías mi novia?
La mujer se espanta y se echa un poco hacia atrás.
―¿Novia?
―Así es, ¿crees que me gusta estar así, como dos delincuentes, escondidos de todos?
―¿Estás seguro que es eso lo que quieres?
―¿Tú no?
Ella vuelve a él, con sus labios casi pegados a los de él, aspira su aroma e intenta no besarlo.
―Yo... ¿Importa acaso lo que yo piense?
―Dime, ¿quieres?
―Sí ―responde ella y no se resiste más, junta sus labios con los de él, a lo que él responde de inmediato.
Después de un rato de estar juntos, el hombre va a dejar a su novia a la casa, él debe ir a ver cómo van las cosas en el establo y poner en regla a Leroy, no permitirá que nadie le falte el respeto a su futura esposa.

Jessie ve llegar a su hermana con el dueño de casa.
―¿Dónde estaban? ¿Pasó algo? ―consulta la niña.
―Nada ―se apresura a contestar Arturo―. Nada malo, al menos.
―Ah, yo creí que había pasado algo, como salieron tan apurados...
―Sí, tenía que enseñarle algo a su hermana en el establo.
―Ah, ¿por qué? ¿Hubo algún problema?
―No, ninguno ―contesta el hombre un poco extrañado de la insistencia de Jessie.
―¡Qué bueno! ―exclama la niña con alivio y se acerca a Arturo, le toma las manos―. Tenía tanto miedo que se volviera a enojar con mi hermana y nos echara de aquí, donde he sido tan feliz.
―Yo nunca he pensado en echarlas de esta casa, Jessie ―afirma el hombre y aparta sus manos de las de la pequeña, todavía las palabras de la señora Rangel dan vueltas en su cabeza.
―Es que como han peleado tanto y el otro día los escuché pelear y usted le dijo que ella se tendría que ir sola, pensé que quizás habían discutido y que ella se había tenido que ir ―asevera la chica con preocupación, pero Arturo puede ver falsa preocupación en los ojos de la hermana de su novia.
―Pues no, Jessie, Jacqueline no se irá a ninguna parte, eso se lo puedo asegurar, quédese tranquila. Ahora me tengo que ir, Jacqueline, vendré más tarde para hablar con usted, ahora voy a arreglar el asunto a las caballerizas y vuelvo. ―El hombre habla de tal modo que Jacqueline comprende que su noviazgo debe quedar entre ambos y ella esperará, no sabe por qué, pero si él lo quiere así, por algo será, quizás algo cambió y prefiere esperar a ver de qué se trata. Quizás, al ver a Jessie, él se dio cuenta que prefiere a su hermana antes que a ella.
―Claro, claro, nos vemos ―contesta aturdida.
El dueño de casa hace un gesto con su sombrero y se va. Jacqueline se vuelve hacia su hermana.
―Y usted, ¿de cuándo acá que escucha las conversaciones ajenas? ―la recrimina la mayor.
―Hermana, no se enoje, no estaba escuchando, fue de casualidad, yo iba a la cocina a tomar agua cuando los oí discutir en su habitación, escuché solo eso y preferí no intervenir, me devolví a mi pieza y...
―Está bien, no se preocupe, pero no quiero que usted se preocupe de nada, ¿me oyó?
―Claro, hermana.
Jacqueline se dirige a la cocina para ayudarle a Anne con las cosas pues la mujer del capataz no se ha sentido bien los últimos días.
Jessie se queda en el pórtico, se sienta en la silla mecedora, con esto de la aparición de esos hombres no puede salir a ninguna parte, peor, pues como los hombres de Morgan andan lejos, viajando con los animales, tampoco está permitido que ella vaya al río con sus amigos.
Cuando el dueño de casa vuelve una hora más tarde, la niña sigue ahí, ella se levanta de inmediato y corre a su encuentro.
―Jessie ―dice lacónico y se aparta.
―Señor Morgan, necesito hablar con usted.
―Dígame.
―Es de mi hermana.
―¿Le sucede algo?
―Es de eso que quiero hablarle.
―Hable.
―Es que creo que ella está con problemas para dormir, creo que está demasiado nerviosa, o algo, no sé.
―¿A qué se refiere? Sea más clara ―insta el hombre que se desespera al no entender el mensaje.
―Lo que pasa es que ella era sonámbula, ¿sabe? Mi mamá siempre tenía que estar al pendiente de ella para que no hiciera tonterías y... Anoche la vi salir. Hacía tiempo que no lo hacía, o al menos yo no la veía, pero anoche, anoche volvió a salir y creo que tiene dificultades, por eso pensé que habían tenido problemas, yo creí que algo había pasado y que ella por eso había salido.
―¿A qué hora la vio?
―A la dos y media. Algo así. Yo casi siempre me despierto a esa hora a tomar agua y por eso puedo sentirla.
―¿No sabe a dónde fue?
―No. La miré por la ventana y solo vi cuando se fue hacia el lado de los rosales.
―¿De los rosales? Hacia donde quedan las caballerizas.
―Sí, pero esas quedan lejos.
―Claro.
―Yo creo que fue ahí a ver las rosas, a mi mamá le gustaban mucho, yo creo que ella se va a hablar con ella. En sueño, por supuesto.
―A las dos de la mañana.
―Sí.
―Claro, claro. Bueno, gracias por avisarme, Jessie, creo que tendré que hablar con su hermana.
―Pero no le diga que fui yo la que se lo dije, por favor.
―Por supuesto que no, quédese tranquila, no le diré nada.
―Ojalá pueda ayudarla.
El hombre afirma con la cabeza. Siente que el rompecabezas se está armando. Y tendrá que tomar cartas en el asunto.


miércoles, 11 de octubre de 2017

La Bandolera. Capítulo 17

Vuelven al rancho y Arturo deja a Jacqueline en la casa mientras él sigue camino al establo. Jacqueline se dirige de inmediato a su habitación, necesita descansar, todavía siente su corazón que parece querer escapársele, tiene miedo de que esos hombres vuelvan por ella, y con mayor razón ahora que querrán vengarse de Pete.
A la hora de la cena, no quiere bajar, entiende que Arturo Morgan esté molesto, ella no ha hecho más que traerle problemas y si antes la odiaba, lo más seguro es que con lo acabado de suceder, será peor.
Unos golpes en la puerta hacen que ella de un respingo.
―¿Jacqueline? ―la llama el dueño de casa.
Ella abre la puerta con algo de temor.
―Me dice Anne que no ha bajado a cenar ―le dice sin enojo.
―No tengo apetito ―responde, avergonzada.
―Debe comer algo, después de lo sucedido esta tarde, debió llegar a comer algo, no se ve nada bien.
―Señor Morgan, por favor, deje esa careta de cortesía y dígame todo lo que tenga que decirme.
―¿Y qué debo decirle, según usted?
―Que fui una estúpida al irme al pueblo así, que debí tener más cuidado, que por mi culpa el señor Herman está herido...
Arturo la empuja con suavidad y entra a la habitación, cierra la puerta con el pie, a lo que la mujer retrocede, él la toma de ambos brazos.
―Sí, créame que quise gritarle todo eso nada más verla en la clínica del doctor Johnson ―afirma con voz dura.
 ―Yo no quería causar problemas.
―¿Cree que no lo sé?
―Yo no quería que el señor Herman resultara herido ―llora―, él ha sido como un padre para mí desde que llegué aquí y... Sé que merezco todo lo que me pueda decir, así que dígame todo de una vez ―exige la joven.  
―No, ya no quiero decirle nada, si quise gritarle fue por miedo, llegaron a decirme que había habido un tiroteo en el pueblo y que usted estaba involucrada, el descontrol se había apoderado de mí.
Soba los brazos de su interlocutora casi con desesperación.
―Y todo el camino de vuelta quise abrazarla, besarla y decirle que no sé qué hubiera hecho si le hubiera pasado algo. Pero ninguna de las dos opciones era adecuada.  
Ella lo queda mirando con los ojos muy abiertos por lo que acababa de confesar.
―No me mire así ―le ruega él―. Me fui de aquí para no hacer ni una cosa ni la otra. Ahora que estoy tranquilo, puedo hablar con usted de forma tranquila acerca de lo que sucedió en el pueblo.
―Quizá debería haberme muerto ―musita.
―No diga eso, ¿por qué? ―se alarma.
―Porque así usted quedaría libre de la carga que represento.
El hombre la abraza con fuerza.
―No vuelvas a decir eso, no eres una carga, ¿escuchas bien? Nunca, jamás, te quiero volver a oír que digas una cosa así.
―Es la verdad, siempre he sido una carga, hasta para mis padres fui una carga.
Él levanta la cara de la muchacha y le da un beso suave y dulce.
―No eres una carga, Jacqueline, no digas eso.
Ella lo mira con los ojos aguados.
―Vamos a comer, después te sentirás mejor, te lo aseguro.
El hombre la toma del codo y la saca del dormitorio.
―Vamos ―le dice y la conduce al primer piso, al comedor, donde la comida les espera.
―¿Y Jessie? ―le consulta al no ver a su hermana.
―Ya cenó y se fue a la cama ―contesta el hombre.
Ella afirma con la cabeza antes de sentarse a la mesa.
Comen en silencio unos minutos, sin embargo, él no deja de observarla durante mucho tiempo.
―¿Mejor? ―inquiere Morgan a su invitada, extendiendo su mano para tomar la de ella.
―Sí, gracias.
―Buenas noches, disculpen, vengo por un vaso de agua ―Jessie aparece ante ellos con ojos somnolientos.
―¿Todo bien? ―consulta el dueño de casa.
―Sí, sí, solo me desperté con sed.
Pasa a la cocina y pocos minutos después pasa de vuelta y se despide de ellos, que aún están unidos por las manos.
―Buenas noches, que amanezcan bien ―se despide.
―Buenas noches ―responden los dos adultos a un tiempo.
Arturo y Jacqueline terminan de comer en amable silencio, no hay mucho más qué decir.
―¿Quiere dar una vuelta? ―le pregunta él al rato.
―¿A dónde?
―No sé, a caminar por ahí, quizás un paseo le haga sentir mejor.
―Bueno ―accede ella, agradecida.
Salen tomados de la mano y enfilan hacia un prado cercano. Aquella noche la luna brilla llena en el cielo.
―Siento mucho haberme ido sin avisar ―dice ella poco después.
―Debiste decírmelo, vives en mi casa y mi deber es protegerte, no puedes irte así, sin nadie que lo sepa. Luna Roja también estaba muy preocupado por ti.
―De verdad lo lamento.
Él se detiene y la mira de frente.
―No lo vuelvas a hacer, es peligroso.
―Sí.
Le toma la mano y vuelve a caminar.
―¿Ellos te vieron?
―Me encontré cara a cara con ellos en la puerta de la casa de la señora Rangel. El señor Herman nos hizo entrar y él se quedó afuera, luego escuchamos los disparos y... Fue horrible ―solloza.
―Lo imagino ―dice abrazándola a su costado―. Pero ya pasó.
―No, eso será imposible mientras sigan vivos.
―Luna Roja fue a buscarlos.
―¿¡Qué?! ―se espanta ella.
―Los traerá aquí.
―¿Qué quiere decir? Me van a...
―Claro que no. ―Le sonríe él―. Bien dices que si ellos están vivos, no podremos vivir tranquilos.
―Yo no quiero que se arriesguen por mi culpa.
―No te preocupes, por lo que supe, Jack Ross es un cobarde.
―Pero no su hermano, mucho menos Pete, que no por nada le dicen “Bala loca”.
―Lo sé, pero no es un peligro, soy mucho más rápido que él con el arma. De todos modos, estoy prevenido, si Pete se dejó atrapar, no fue porque Donovan fuera más rápido, que sí es veloz con su arma; creo que algo busca, por lo que sé de él, tiene un estilo muy particular.
―¿Cree que esté planeando algo?
―No lo creo, estoy seguro.
―En ese caso, no puedo permitir que les pase algo malo, soy yo lo que quieren, quizá si...
―No, Jacqueline ―le dice él con firmeza―. Haré lo que tenga que hacer, además, hace mucho tiempo este pueblo está demasiado aburrido, un poco de acción de vez en cuando no está mal.
―Está mal si alguien puede resultar herido.
―Esos terminarán heridos. Y muertos.
―Arturo, por favor, no quiero que se arriesgue, yo no valgo la pena.
―¿Y su hermana?
Ella baja la cabeza, tanto por no haber pensado en ella como porque su corazón se encoge al rememorar sus temores de él con su hermana.
―¿Ella no vale la pena?
―Yo puedo entregarme con la condición de que la dejen tranquila, así usted se libraría de mí.
―¿Y quién le dijo que yo quiero librarme de ti? ―interroga molesto.
Jacqueline no contesta.
―Y dime, ¿tú crees que ellos van a aceptar condiciones de una mujer?
―Puedo hacer el intento.
―Intento en el que tal vez resultes muerta. No, Jacqueline, ya te dije, yo voy a hacerme cargo y tú harás lo que yo le diga, ni más ni menos.
―¡Usted no me manda! ―reclama ella.
El hombre la sujeta de ambos brazos con fuerza.
―Si yo digo que harás lo que yo diga, harás lo que yo diga; basta de comportarte como una niña caprichosa, yo no soy tu papá para aguantar tus berrinches de mocosa antojadiza ―expresa amenazante.
―Me duele ―rezonga ella.
―¿Y tú crees que los hermanos Ross te tratarán con cuidado? Esto es nada a comparación de lo que ellos te harán, porque no solo se cobrarán con tu cuerpo la deuda de tu padre, también te castigarán por este mal rato que han tenido que pasar.
―Suélteme.
―No sin antes prometerme que no harás nada que yo no diga.
―Señor Morgan.
―¡Promételo!
―No.
―¡Promételo, por Dios! ―ordena con furia, zamarreándola.
―¡Lo prometo! ―grita ella, asustada.
El resopla y la abraza con brusquedad. Ni una palabra sale de su boca durante largos segundos, solo se puede escuchar los bufidos que emite. De pronto, la aparta, busca sus labios con su boca y le planta un beso posesivo que la deja sin aliento. Y sin pensamientos.


La señora Rangel se queda aquella noche con su querido señor Herman en el hospital con la venia del doctor Johnson.
―¿Y tú? ―le pregunta el hombre a medianoche, cuando despierta.
―No hables, tienes que descansar. Yo me quedé para cuidarte ―le informa ella.
―No tenías que hacerlo, ve a casa a descansar.
―Ni de broma, Robert, no te voy a dejar solo, no en este momento que me necesitas.
―Pero has de estar cansada.
―Tú debes descansar y silenciar esa boca tuya. Ya tendremos tiempo para hablar.
―Gracias ―dice el hombre antes de guardar silencio y volver a dormirse.
La mujer toma la mano de su novio. Novio, sonríe ella ante ese pensamiento. Ella, una mujer que fue casada, poco tiempo, pero estuvo muy enamorada; tanto, que en veinte años no volvió a conocer hombre. Hasta ahora, que aparece Robert Herman en su vida. Y no es que no lo haya visto antes, porque sí lo había visto y vaya que sí. Ella, por su posición privilegiada, no solo en el pueblo, también en su casa, tenía acceso a ver mucho más que otras personas del lugar y ya lo había visto trabajar en su aserradero, fuerte, varonil y, cuando iba a su negocio, era muy amable, demasiado quizás para un hombre acostumbrado al trabajo duro, no obstante, eso es lo que más le llamó la atención de él, su virilidad mezclada con dulzura. Y ahora estaba ahí, tirado en una cama, herido por proteger a Jacqueline y a ella misma de esos hombres. Por un instante, le cruza la idea de ser ella la de la mala suerte, pues su esposo falleció apenas unos pocos meses luego de su matrimonio y, a raíz de aquel suceso, perdió a la hija que llevaba en su vientre. Por eso veía en Jacqueline algo así como su hija, una muchacha buena, pero que estaba muy asustada de la vida, por la falta de cariño y contención, la que solo pudo tener, en parte, con Luna Roja, su guardián.
―Señora Rangel, si quiere puede ir a descansar, yo me quedo con él ―ofrece la enfermera del doctor Johnson.
―No se preocupe.
―Usted necesita dormir, él ya despertó, mañana seguramente estará más despierto y la necesitará más, y más tranquila también.
―Tiene razón, quizá sea lo mejor irme a dormir. Mañana vendré temprano.
―Claro y no se preocupe que estaré al pendiente.
―Muchas gracias.
―No tiene por qué, señora Rangel.
―Mañana le traeré el desayuno antes que termine su turno.
―No tiene que molestarse.
―Lo haré con mucho gusto, traeré el mío también, así tomamos juntas y me cuenta cómo pasó la noche.
―Claro que sí. Buenas noches.
La mujer cruza hacia su casa en medio de la noche. Siente un poco de temor y la presencia de Luna Roja la intranquiliza más, aunque a la vez la calma. Es una mezcla extraña, sobre todo cuando lo ve acercarse.
―Señora, ¿cómo está su esposo? ―pregunta con timidez.
―No es mi esposo, Luna Roja, es mi novio ―aclara―; está mejor, por lo menos está fuera de riesgo vital.
―Me alegra saberlo, señora, quedé muy preocupado cuando me enteré que esos hombres llegaron hasta aquí.
―Sí, fue una situación horrible.
El hombre camina hacia la casa de la mujer.
―¿Cómo está Jacqueline?
―Estuvo en su cuarto toda la tarde, no quiso salir, solo cuando llegó el señor Morgan, bajó a comer.
―Debe haber quedado muy conmocionada.
―Así es, llegó muy afectada.
―Espero que Morgan no se haya molestado con ella por haber salido.
―No, estaba muy preocupado, ese hombre está enamorado de mi niña.
―Sí ―responde la mujer con una amplia sonrisa―, y ella también, solo que ninguno de los dos lo quiere aceptar.
―Tiene razón.
Llegan a la puerta de la casa de la mujer.
―¿Quiere tomar un café?
―No, no se preocupe, gracias, vuelvo a la casa ahora que sé que el señor Herman se encuentra bien.
―Yo voy a tomar uno, ¿puede acompañarme?
Entonces el indio se da cuenta que la mujer también tiene miedo a quedarse sola, y con razón, después de lo vivido aquel día y considerando que Pete Bala Loca está preso, no se sabe por cuánto tiempo, y que Jack anda suelto por ahí. Por lo que le obsequia una comprensiva sonrisa.
―Claro que sí, señora Rangel, la acompañaré a ese café.

Y Luna Roja se queda en esa casa hasta el amanecer, velando por la dueña del almacén, y se va antes que la gente del pueblo despierte y se haga una idea errónea de su presencia en esa casa.